“Mi causa no es la sangre humana”

El escritor Fernando Vallejo habló abiertamente de su rechazo por el catolicismo. Crónica de la jornada. Vallejo ya no escandaliza como antes. Ahora se dedica a captar adeptos para defender animales.

Faltan 15 minutos para las 3 y el teatro está a reventar. 1.252 personas sentadas y otras 200 de pie. Por los altoparlantes nos advierten, cortesía de la casa, que bajo ninguna circunstancia debemos consumir sustancias sicoactivas.

Hay de todo. Profesores y directivos. Fotógrafos y camarógrafos. Estudiantes desgarbados, con celulares que registran cada detalle. Y garotas de Ipanema. Este teatro, el Presbítero Camilo Torres Restrepo, de la Universidad de Antioquia, está repleto de garotas y no deliro: muchachas esbeltas, de caras bonitas y cuerpos espigados, risueñas y seguras. A mi lado hay una. Le pregunto lo obvio: “¿Por qué te gusta Fernando Vallejo?”. “Pues porque dice la verdad”. “¿Cuál verdad?”, me atrevo a contrapreguntar —tendrá pinta de garota pero es sólida y fibrosa y me mira no sin suspicacia—. “La mía… la de todos”.

En ese momento nos interrumpe una algarabía: “¡Llegó!, ¡ahí está!”. Vallejo avanza hacia el escenario con la vitalidad e insolencia de sus casi 66 años. Lo acompaña su hermano Aníbal, uno de sus más leales escuderos. Detrás de ellos, un grupo de voluntarias de la Sociedad Protectora de Animales conduce a una docena y media de perros: Layka, Julio, Támara... Los perros se distribuyen por el escenario, delante de las pancartas de la causa: “Comer carne te mata” y “No más sangre en tu plato”. El escritor se larga a disertar.

Es una erudita, mefistofélica, contradictoria e hilarante perorata sobre el cristianismo y sus secuelas. Para empezar, hace un rápido recuento de los avances de las ciencias, desde Jean Baptiste Lamarck, a principios del siglo XIX, pasando por Pasteur y Mendel, hasta la formulación del modelo del ADN, a mediados del siglo XX, todo en procura del bienestar del homo sapiens —hombre sabio—, al que, propone Vallejo, más bien deberíamos llamar homo mendax, hombre mentiroso. Después resume algunas de las asombrosas semejanzas entre animales y humanos. “¿Qué nos diferencia? La palabra, que, por lo general, usamos para mentir”.

Hay barbarie cristiana

Sin transición alguna, con su vocecilla aguda, casi cortopunzante, la emprende contra el catolicismo, una impresionante retahíla de datos y argumentos históricos, que arranca los primeros aplausos. “En los Evangelios no hay una sola palabra de compasión por los animales, y eso que al Cristo lo presentan como a un cordero y al Espíritu Santo como a una paloma”. Con serenidad, agrega: “La existencia de Cristo se la han tragado hasta los ateos. No hay registro histórico de Cristo. Ni en Tácito ni en Suetonio ni en Plinio, el joven. Sólo aparece en un texto del fariseo Flavio Josefo, nacido en el año 37, que escribía en griego, historiador espurio y falsificador”.


Se saca las manos del bolsillo y cruza los brazos. “La secta católica ha sido la gran ramera del Poder. Desde Constantino, Carlomagno y Carlos V —vacila un instante y pega un brinco—, Hitler… Uribe”. El auditorio se estremece de felicidad. A cada blasfemia, una nueva salva de aplausos, sobre todo de los jóvenes. Los más adultos, la verdad sea dicha, respiran con cierta precariedad. Vallejo no cambia de tono y se riega en denuestos contra los papas de la Iglesia. Desde Lotario de Conti, ‘alias’ Inocencio III, hasta Joseph Alois Ratzinger, ‘alias’ Benedicto, el XVI. No los baja de miserables, cabrones, genocidas, granujas.

Va casi una hora y ya nada lo contiene. “Hace un año le levanté un prontuario a la secta católica con mi libro La puta de Babilonia. Recorrí varios países rogándoles a obispos y sacerdotes que debatieran conmigo. Incluso les pedí a los tres cardenales colombianos que contestaran mis acusaciones. Ninguno se atrevió. Ni la alimaña esa que se acaba de morir, Alfonso cardenal López Trujillo, y que ahora ha de estar en los más profundos infiernos. Lo podrían reemplazar con Álvaro Uribe”.

Vallejo reitera su posición. “Mi causa no es la sangre humana. La causa de los animales es una causa perdida, pero por eso me gusta. Soy quijotesco”. Y concluye: “Nací en la religión de Cristo, pero en ella no voy a morir. Los animales son mi prójimo y la secta católica es mi enemiga”.

Le cede la palabra al público. Sobran los elogios. Ya al final, una niña, tal vez la única presente, se empina ante el micrófono: “¿Usted cómo se inspira para copiar?”. Vallejo parece confundido y luego sonríe: para ella, copiar es escribir, o viceversa. “Yo copio en una computadora, pero las palabras que me salen son mías”. La niña no queda satisfecha. “¿Pero cómo se inspira?”. A Vallejo se le ilumina el rostro: “¿Cómo me inspiro? Pues con la rabia que me hacen dar aquí en Colombia”.

Sobre Carrasquilla

Tomás Carrasquilla nació en 1858 en Santo Domingo, Antioquia, “un pueblo frío, feo y faldudo”, según sus propias e imperecederas palabras. Escribió de viejo y retrató con escrupulosidad la solapada alma de los antioqueños, sin concesiones ni exageraciones. Ahora, en el sesquicentenario de su nacimiento, todos hablan de él, hasta Fernando Vallejo, antirreligioso y zoólatra casi por naturaleza: “Siento gran afecto por Carrasquilla. Fue un hombre noble, discreto y modesto que escribió tarde porque le daba vergüenza que se ocuparan de él. Poco conocido en Antioquia, muy poco en Colombia y nada afuera. Este año lo hemos sacado del olvido; el año entrante volverá a él”.

¿Y Fernando González? “No lo conocí, pero estuve en su entierro. Veinte personas. Un nadaísta de la época, para escandalizar a las señoras, citó una frase que al maestro le gustaba mucho: ‘Putísima es la vida’. Le pasó lo mismo que a Carrasquilla. Mal leído en Antioquia, poco en Colombia, nada afuera. Se diluyó en el tiempo y en el aire. Por lo demás, andaba errado de pe a pa. Quería que los católicos fueran buenos o mejores, un imposible ético y moral”.

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