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Cultura 20 Feb 2009 - 4:08 pm

Leandro Díaz, el compositor del epígrafe de ‘El amor en los tiempos del cólera’

El rey de 'La diosa coronada'

A pesar de la ceguera y de una audición débil, el compositor de los versos de Matilde Lina, Leandro Díaz, aún tiene muy viva su memoria. La aparición de su verso en millones de ediciones de ‘Cien años de soledad’ lo inmortalizan como juglar.

Por: Jaime de la Hoz Simanca / Especial para El Espectador
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Foto: Jorge Chávez

“La luz y yo somos enemigos”, dice Leandro Díaz. La frase, poética y amarga, se expande por la sala de la casa en Valledupar, donde el legendario juglar vive aún con la aureola de los hombres que han tocado la buena fama. La expresión no aparece en sus canciones, ni siquiera en las inéditas, según afirma Ivo, su hijo, sino que surge en esta tarde que se desdibuja lentamente detrás de los cerros, más allá de montes y llanuras.

Su ceguera de siempre está acompañada ahora de una audición débil que lo obliga a exigir la cercanía de los interlocutores a pocos centímetros de su oreja izquierda. Ya no abre los ojos como en otros tiempos, cuando mostraba parte de sus pupilas muertas. Apenas hilillos de agua como lágrimas, que nacen de pestañas ocultas, demuestran que ahí están los sentimientos de toda una vida que el canto y la composición aproximaron a la leyenda.

Aquí está, sentado en una silla de mimbre, moviendo los dedos como si quisiera acompasar la cadencia de las palabras con el sonido leve sobre la madera. Entre frase y frase, revela su sentido del humor que en ocasiones festeja con una inmensa carcajada. “Sé que existe el sol porque me quema”, afirma.

Leandro, este hombre que nació el 20 de febrero de 1928, ya no posee la reciedumbre que lo hizo famoso en la región. A sus tanteos naturales en busca de los espacios libres se suman los estragos de los años y el efecto de enfermedades que aparecen sin avisar. Pero su memoria está intacta. Por eso recuerda el destino de La diosa coronada, canción que habría de universalizarlo a través de una obra literaria: El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

Gabo sabía de Leandro no sólo por sus ancestros guajiros, sino por los múltiples caminos que debió transitar por aquellas tierras en las que el canto vallenato forma parte de la cotidianidad. En la década del cincuenta, cuando la canción comenzó a escucharse a lo largo  de las sabanas del Caribe, el autor de Cien años de soledad vivía preocupado por la construcción de un mundo paralelo, Macondo, cuya historia descrita en su obra más emblemática la comparó con un vallenato de trescientos cincuenta páginas.


En esa época quedó grabada en su memoria la historia de la diosa que mueve el caderaje para que el rey se ponga más engreído. El compositor recuerda que, en su época de adolescente, sus tías leían por toda la casa los cuentos de hadas asomadas en ventanitas o mezcladas entre emperadores y princesas. Con esas historias de fábula que golpeaban sus oídos, supo de la llegada de una hermosa joven que, a sus 16 años, despertó la admiración del pueblo.

Entonces, se acercó con el propósito de ser su amigo, pero fue rechazado. Leandro era un forastero que, meses atrás, había llegado a Tocaimo, un corregimiento del municipio de San Diego (Cesar), en cuyas orillas del caudaloso río que lleva su nombre se sentó varias tardes para preguntarse, a través de palabras que resultaron versos, por qué la muchacha que alcanzó a dibujar en las duermevelas del atardecer se creía una diosa coronada. Así nació la canción.

‘La diosa coronada’

En 1985, tres años después de haber ganado el Premio Nobel de Literatura, García Márquez publicó El amor en los tiempos del cólera con el siguiente epígrafe que sucede a la página dedicada a su esposa Mercedes: “En adelanto van estos lugares: ya tienen su diosa coronada”. Y en la parte inferior, el crédito al autor: Leandro Díaz.   –¿Qué recuerda de eso, Maestro?  –Que la novela de Gabo se iba a llamar La diosa coronada, como la canción –explica–. Él me conoció en el año en que se creó el departamento del Cesar y la canción que más le gustó fue esa. –¿Le han leído la novela?  –No. En ese entonces mis hijos no tenían tiempo. Pero sí me leyeron la más importante: Cien años de soledad.

El nombre de García Márquez lo obliga a reacomodarse en la silla. Pareciera reconocer que sus relaciones con el Nobel y la aparición de su verso en millones de ediciones de una novela famosa, constituyen el sello de garantía de su condición de juglar, moldeado por la melancolía de una vida en penumbras, pero también por el toque de una alegría expresada en metáforas y estrofas.


Por eso se detiene en Cien años de soledad y evoca, mediante las imágenes que desfilaron por su imaginación después de haber escuchado la lectura de las primeras páginas, el regreso de los gitanos a Macondo y el anuncio de Melquíades de que la ciencia había eliminado las distancias.

Leandro Díaz asocia la escena de la novela, que grabó para siempre en su memoria, con su idea de ser clarividente, no sólo para saber dentro de cuántas horas la lluvia caería sobre los arrozales secos, sino para ir de pueblo en pueblo descifrando el futuro a través del recorrido de sus dedos sobre la palma de las manos de su clientela ansiosa.

Pero fue una gitana –como la que llevó Melquíades a Macondo– sentada en el extremo de la aldea, sin catalejo y sin carpa, la que lo obligó a desistir de su empeño de ser un gran prestidigitador.

Entre soledades y cegueras

Cuando la leyenda comenzó a abrirse por los pueblos remotos del Caribe, afirmaron que el autor de La diosa coronada había nacido en una finca del sur del Magdalena, pero él aclara que nació en Hatonuevo, un pueblo de la Baja Guajira ubicado en mitad de la serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta, que alcanzó la categoría de municipio en 1994 en medio de la fiebre carbonífera de El Cerrejón.

También aclara que su más grande amor fue Matilde Lina, la mujer que le provocó innumerables insomnios y la que sirvió de inspiración para organizar las letras de una de las canciones más representativas del folclor nacional. Leandro admite que aquella mujer, que al caminar hacía sonreír la sabana, fue un milagro musical: Un mediodía que estuve pensando (bis) En la mujer que me hacía soñar Las aguas claras del Río Tocaimo Me dieron fuerzas para cantar. Llegó de pronto a mi pensamiento Esa bella melodía…


Y dice, al final, después de entonar los versos de Matilde Lina, que alguna vez le leyeron estrofas de Jorge Luis Borges, el escritor argentino que anduvo sus últimos años tanteando la oscuridad de sus días y sus noches. Cuando indagó  por su vida le informaron que era ciego, como él, que caminaba, como él, pero apoyado siempre en un bastón curvo que lo acompañó hasta su tumba.

   Él, en cambio, nunca ha usado bastón, pues le basta la mano derecha para abrirse camino entre los breves espacios que transita en la soledad. Cuando requiere de un guía, ahí está Ivo, uno de los seis hijos que tuvo Leandro con Clementina Ramos. Ivo fue el único hijo que alargó la leyenda musical del viejo compositor.

Cuando su padre calla, después de haber revelado parte de su historia, Ivo toma la palabra para señalar que todas las mañanas escucha sus pasos lentos que luego recoge en la terraza o en el patio de la casona donde viven desde hace varios años. Allí espera a sus nietos para dialogar y entonarles estrofas de versos antiguos.

Él sabe casi todo sobre su padre. Recuerda que hay centenares de canciones perdidas, de las que sólo ha podido rescatar quince, aún inéditas, que guarda en un archivo especial; que hay una composición, tal vez la única, en la que menciona el tema de la muerte, a la que denomina ‘ave negra’; y que aún evoca, entre lágrimas, a Toño Salas, con quien hizo pareja musical por más de treinta años. –¿Cuándo fue la última parranda de Leandro? –pregunto a Ivo.   –La última no la ha tenido todavía –contesta. Leandro escucha y ríe a carcajadas.

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Opinión por:

Don.Opinador

Dom, 06/23/2013 - 14:18
Video homenaje a Leandro Díaz: www.youtube.com/watch?v=wg704QQ-ITo
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