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Picasso se desnudaba escribiendo

Reediciones, libros y un disco revitalizan la faceta literaria del artista malagueño. El trabajo discográfico ‘Pablo de Málaga’ es una selección de sus escritos a los que Enrique Morante les ha puesto música y que saldrá a la luz el 10 de junio.

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Joseba Elola/ El País Internacional
03 de junio de 2008 - 01:06 a. m.
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José Antonio Primo de Rivera se cruzó con Pablo Picasso en San Sebastián y le preguntó: “¿Qué diría usted si en un futuro lejano una enciclopedia lo definiera como gran poeta andaluz, mejor conocido en vida como pintor?”. Aquella pregunta, formulada en 1934, probablemente como una broma, resultó casi premonitoria. Un año más tarde, Picasso empezó a escribir. Y, ya en los años cincuenta, aquella pregunta reverberante llevó al genio malagueño a hacerle a su amigo, el fotógrafo Roberto Otero, una confesión: “Creo que mi obra como escritor es tan extensa como la de pintor. Materialmente dediqué el mismo tiempo a ambas actividades. Quizá algún día, cuando yo desaparezca, apareceré descrito en los diccionarios de esta manera: Pablo Ruiz Picasso: poeta y autor dramático español. Se conservan de él algunas pinturas”.

El episodio lo recuerda Enrique Mallén, dedicado en cuerpo y alma al estudio de la obra pictórica y literaria de Picasso, impulsor del On-line Picasso Project, una biografía viva (en la red) del pintor malagueño. Mallén explica que los poemas de Picasso son como cuadros cubistas: tienen distintas interpretaciones según qué línea se lea, son textos abiertos. “En términos literarios Picasso me parece fascinante: sus poesías esconden múltiples significados, es innovador, de vanguardia, una mina sin explorar”.

Se le emparentó con la escritura automática de los surrealistas, con el dadaísmo nihilista, sí. Y se le infravaloró, a decir de múltiples estudiosos de la cuestión. Pero en los últimos dos años emergen intentos de rehabilitar su faceta literaria. Edición en alemán de sus textos (2007), estudios sobre su obra (La guerra y el cosmos en los textos de Picasso, de Lydia Csató Gasman, 2007), estreno en Sevilla de su obra de teatro El deseo atrapado por la cola y una apuesta de riesgo que está a punto de ver la luz el próximo 10 de junio: Pablo de Málaga, disco del maestro Enrique Morente, quien se ha atrevido a cantar sus textos.

Fue una terapia. La escritura se le presentó al genio malagueño como una vía de escape ante una situación personal convulsa, un momento de estancamiento creativo y un período histórico que anunciaba tormentas. Año 1935: Picasso se está divorciando de la bailarina Olga Koklova. Tiene 54 años, Marie-Thérèse Walter está embarazada, los trámites del divorcio propician el cierre del taller parisiense, está deprimido. Escapa al castillo de Boisgeloup, al espacio en el que se encontraba con Marie-Thérèse, y escribe el que se supone es su primer poema. El primero en el que se siente poeta. Abril 18 de 1935. Si yo fuera afuera las fieras vendrían a comer en mis manos y mi cuarto aparecería sino fuera de mi otros sueldos irían alrededor del mundo...


Hay una mujer que dedicó nueve años a dar vida al Picasso escritor. Nueve años en contacto con sus herederos, recopilando viejos ejemplares de la revista Cahiers d’Art, buceando entre los fondos del que sería el Museo Picasso de París. Se llama Marie-Laure Bernadac. En 1980 caen entre sus manos los viejos manuscritos, los textos mimados como si fueran ideogramas chinos, los poemas con dibujos en los márgenes, los cuadernos de espiral repletos de anotaciones. Desde su actual despacho en el Museo del Louvre, del que es conservadora general desde 2004, Bernadac responde: “su poesía es muy confidencial, muy privada, esconde muchas cosas. Habla de su vida con una libertad total, con argot, hace alusiones terribles a su vida privada, a su infancia, las mezcla con reflexiones políticas... es apasionante”.

Gastronomía, sexo, tauromaquia. Málaga, el horror de la guerra, la escatología. La infancia, el clero, la España negra. Las obsesiones del genio fluyen a borbotones en sus escritos. Escribe en francés y en español, ajeno a la ortografía. Concibe los poemas como obras plásticas, adorna las letras, dibuja en los márgenes: “Si hubiera nacido chino, no sería pintor, sino escritor. Escribiría mis pinturas”, declara a Claude Roy en 1954.

Antonio Jiménez Millán, autor en 1983 de Poemas de Picasso, dice: “La obsesión por el sexo se refleja en su tendencia a la escatología”, y sostiene que la escritura picassiana no es surrealista, ni dadaísta, ni siquiera escritura automática, sino que surge de la digestión de las sucesivas escrituras de vanguardia de la época.

En esos años vive rodeado de una élite de escritores e intelectuales: Max Jacob, el poeta y escritor que le acoge y le enseña francés; Apollinaire, el autor que le dice que tiene que saltarse las reglas y hacer caso a su corazón; Reverdy, Jean Cocteau, Paul Éluard. Ése es el ambiente en el que se mueve. Al principio le da cierto pudor publicar sus textos, pero en cuanto publica los primeros en la revista Cahiers d’Art, en enero de 1936, el surrealista André Breton celebra la llegada de una nueva voz. “Es que quería atraer a Picasso a las filas del surrealismo”, explica Rafael Inglada, estudioso del genio y quien inició a Enrique Morente en los mundos del Picasso escritor.

Inglada desfila entre los pasillos de la Fundación Picasso de Málaga, donde trabaja. “Es importante rescatar al Picasso escritor, está infravalorado”, dice. Hace cinco años, recibió la llamada de Enrique Morente. Buscaba poemas. De Picasso, de amigos de Picasso. Inglada, editor de Textos españoles (1894-1968), una compilación de poemas del artista, le pasa material.

Los recuerdos de infancia de Picasso, sus juegos en la plaza de la Merced, en eso pensó Morente para inspirarse. “Picasso escuchaba cante, le gustaba el flamenco”, explica el cantaor granadino, hombre en deuda eterna con Picasso, intentando devolver con su arte lo que el artista malagueño le había hecho sentir, se lanzó a la aventura de musicarlo y cantarlo. Se puso a bucear en el flamenco popular, el que pudo haber oído el Picasso niño. Y lo fundió con los textos del pintor. “Vi que había arte y calidad en sus textos, había espontaneidad. Me sorprendió la gracia, el atrevimiento, la libertad para pasar de un tema a otro en el mismo renglón”.

Por Joseba Elola/ El País Internacional

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