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Discreta en sus comentarios sobre su vida privada, Norma Aleandro se limita a hablar de su trayectoria artística, pero llega a ser osada cuando se aborda la injusticia. Sobre todo, si se produce en su Argentina del alma, ese país que la vio nacer, allá en el 36, y al cual siempre regresa. Un apego que le ha costado múltiples lágrimas.
Acostumbrada a luchar por sus convicciones, la diva, que no quiere ser considerada como tal, se apresuró en manifestar sus inconformismos desde su época en el colegio. Aquel que algún día calificó de fascista y del cual fue expulsada debido a su afán por apoyar a un grupo de compañeras judías que apartaban de las clases de religión. En señal de protesta, se paró enfrente de una de sus profesoras y la retó con irse del salón. Razón suficiente para volverse autodidacta y una apasionada de la literatura universal. La idea fue secundada por su abuela materna, quien realmente se encargó de su crianza porque sus padres, Pedro Aleandro y María Luisa Robledo, actores reconocidos, permanecían viajando.
Decir que la vida de Norma Aleandro ha sido fácil sería un engaño. Aunque proviene de una familia de talento teatral, su desilusión fue tan grande, cuando una profesora francesa del Instituto de Arte Moderno en Buenos Aires le dijo que la actuación no era lo suyo, que alcanzó a contemplar el suicidio, pero terminó sumida en la anorexia. Y, a pesar de la aceptación rotunda en diferentes producciones de teatro, televisión y cine que se enamoraron de esos ojos marrones y esa voz profunda, su nombre hacía parte de la lista negra de la Triple A de la dictadura. Rebelde, señalaban.
Fue en el 76, tres meses después del golpe de estado, cuando, a la fuerza, la obligaron a abandonar su país, tras haber emitido unas declaraciones en las que denunciaba algunas desapariciones. La primera advertencia que recibió fue precisamente sobre las tablas, cuando realizaba una función en el Teatro Astral y, de repente, le tiraron una bomba de gas lacrimógeno con unos panfletos que decían: “Fuera de Argentina”. La amenaza se intensificó en la madrugada con la destrucción de la planta baja de su casa y una llamada que le daba un plazo de 24 horas para irse definitivamente.
Exiliada en España durante cinco años con su esposo y su hijo, sumida en una tristeza eterna por la lejanía, Norma Aleandro fue capaz de regresar a Buenos Aires para hacer una de las interpretaciones más grandes de su carrera como protagonista de La historia oficial (1985), la única película argentina ganadora del Oscar. Su personificación de una profesora que, tardíamente, se percata del secuestro de niños en la dictadura le dio varios reconocimientos. Filmarla fue una actitud de coraje y prueba de su amor a la libertad, que superó cualquier tipo de amenaza. O destierro. O norma.
Con un marcado interés por las historias desgarradoras, no es de extrañarse que ahora haga una aparición en Anita, una cinta que evoca los hechos terroristas ocurridos en su país el 18 de julio de 1994, cuando una bomba destruyó las instalaciones de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y mató a 85 personas.
Su participación en el filme de Marcos Carnevale tiene una doble intención. “Estaba interesada en poner sobre el tapete el tema del acto terrorista para que no se olvide y quería trabajar con una chica Down, con el fin de que la gente tenga una conciencia mayor sobre lo que ellos pueden hacer”. Sin caer en melodramas facilistas, Anita recrea la historia de una niña con síndrome de Down que se ve perdida en la ciudad después del atentado y tiene que desenvolverse en un ambiente ajeno a ella, sin la ayuda de su madre, representada por Aleandro. Quien le da vida a la protagonista es Alejandra Manzo, de 36 años, que incursiona en el cine con un personaje conmovedor que hace cuestionarse sobre las percepciones que tiene el otro del mundo. Un acercamiento dramático, intensificado por la música de Lito Vitale, en el que se dilucidan las reacciones de las personas ante una catástrofe y cómo la inocencia puede quebrantar el corazón más cruel.
Norma Aleandro será siempre sinónimo de denuncia. “Los actos terroristas están sucediendo en el mundo entero, ya sea por política, narcotráfico o corrupción. Estamos rodeados de ellos. Anita es el cuento de uno de tantos, mostrado de una manera muy digna. Creo que es una forma de contar algo tan terrible y tan trágico pero con situaciones cálidas, generosas, con personajes que se hacen cargo del dolor del otro sin preguntarle de dónde viene”.