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Justo al lado de donde tiene su cava de vinos personal, están colgados de la pared los grandes de la salsa: Bobby Cruz, Richie Ray, Willie Colón, entre otros. Como buena caleña, este ritmo lo lleva adherido desde que tiene uso de razón. En cambio, el alma de sibarita la aprendió y cultivó de sus padres, que siempre han sido unos aficionados de la buena mesa, de las rutas gastronómicas y de las regiones vitivinícolas.
Con su figura menuda pareciera que el mundo gourmet de gargantúas y pantagrueles no cupiera en su cuerpo. A pesar de que siguió la ruta común de estudiar una carrera como Publicidad, la espina de la vid la tenía clavada desde mucho antes, influencia gratamente debida a los sábados en que su madre se esmeraba para servir una cocina fuera de lo común y su padre conseguía grandes vinos para acompañarla.
Como cualquier universitaria trabajó para conseguir plata de bolsillo, sólo que ella se dirigió a un local especializado en vinos donde una americana daba un curso de cata, el cual claramente no dejó pasar. Tiempo después se fue a Barcelona a terminar su carrera y su primer viaje fue a La Rioja a visitar viñedos. No demoró en encontrar un amor español que resultó ser un chef muy reconocido. De su mano pudo descubrir y experimentar la gastronomía española de los grandes restaurantes con estrellas, las sorpresas culinarias de la calle y las esquinas, probar excelentes vinos y conocer la figura del sommelier. A partir de ahí, el destino lo tenía visionado y era consciente de que tendría que aprender francés para hacer lo que quería. No escogió París como suele suceder, sino que se fue a Champagne, porque quería estar cerca de las casas de la alta alcurnia de las bebidas espumantes que se producen en la región.
Decidió convertir su pasión en profesión y se fue a Bordeaux para formarse como sommelier. De ahí en adelante, el vino se convirtió en su forma de vida. Ha asesorado la carta de vinos de varios restaurantes, dicta clases en la Escuela Argentina de Sommeliers y cada año aprovecha las vendimias para hacer las rutas de los vinos, de las cuales ya ha hecho las de California, Borgoña, Penedés, el Priorato, entre muchas otras.
Su cepa estrella es el Pinot Noir y su casa la Borgoña. Una buena botella puede llegar a emocionarla tanto para activar sus lagrimales. Sin embargo, todos aquellos que saben del buen comer y beber, aseguran que no hay un mejor vino ni un mejor restaurante. Según Alejandra, esas experiencias imposibles de olvidar se basan en un conjunto de factores que hacen extraordinario el momento. “Recuerdo que lloré de felicidad en el restaurante Drolma del hotel Majestic en Barcelona. Un lugar increíble en la época de la trufa con un vino blanco espectacular de L’Emporda”.
Los cocteles de Alejandra Naranjo
Antes que el mundo del vino, estuvo la coctelería. De adolescente, a Alejandra le encantaba jugar con el azul del curazao y volverlo verde con el jugo de naranja. Lo suyo eran las copas grandes y los colores vivos y los libros de mezclas de licores y jugos de fruta.
Siguiendo ese gusto inicial, creó un libro de cocteles donde mezcla colores, texturas y sabores. Las bebidas se dividen en ácidas, dulces, picantes, cremosas, sofisticadas, clásicas y sin alcohol. Sus preferidos son los que contienen espumantes, porque son secos, frescos y ácidos, como por ejemplo el Germain Champagne, que tiene espumante, jengibre, limón macerado y almíbar de limonaria.