Un libro, por favor un libro

La realidad del debate dentro de los grupos armados colombianos es más pedestre, y presenta peculiaridades.

Al leer el documento acordado por el gobierno con las FARC cualquiera pensaría que en la guerrilla colombiana se discuten permanentemente, y con seriedad, una amplia gama de temas políticos, económicos, sociales y agrícolas. Si al ambicioso texto se le suma el escenario de las negociaciones preliminares, surge la tentación de imaginar una reedición de los barbudos de la Sierra Maestra o, como ya se ha sugerido, de los rebeldes urbanos del M-19.

La realidad del debate dentro de los grupos armados colombianos es más pedestre, y presenta peculiaridades. Por un lado, a las reuniones políticas asisten sobre todo las mujeres y en particular las reclutadas cuando niñas. De acuerdo con la encuesta a desmovilizados de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), las combatientes fueron en promedio unas treinta veces más al año que los hombres a discusiones sobre los objetivos políticos del grupo o de su ideología. Además, a los reclutados con menos de 13 años les tocan muchas más reuniones que a los mayores.
 
La segunda particularidad de estas sesiones de discusión política es que son para quienes no reciben ninguna remuneración por parte del grupo armado. La misteriosa incompatibilidad entre un estipendio y la participación en el debate es mucho más marcada entre las mujeres. Mientras una guerrillera que reporta no haber recibido ningún ingreso regular asistió en promedio a 180 reuniones cada año, algunas mujeres a quienes las FARC o el ELN les pagaron regularmente más de un salario mínimo fueron a menos de una al mes.

Sobre el contenido y la calidad de estas reuniones, Eloisa * da algunas pistas. “Bueno, yo escuchaba, no leía. Estudiábamos la vida del Che Guevara como el hombre nuevo … lo estudiábamos por su compromiso con una causa: la causa noble de la revolución para la construcción del socialismo. Y por su desinterés”.

Un amigo, aburrido con el rollo, le recomendó a Eloisa que buscara un libro de otra cosa y hablaban después. Ella, que acababa de ver su primera película, quedó preocupada. “Yo creía que la guerrilla estaba en todo el mundo y cuando me di cuenta de que no era así pensé que, definitivamente, mi cabeza estaba llena de aserrín”.

Al volver a casa buscó afanosamente un libro, cualquier libro. “Esa misma tarde empecé a preguntar quién tenía uno. Nadie, pero nadie tenía un libro en el pueblo. Creían que me había vuelto loca”. Por fin le sugirieron que en la parroquia podría encontrar algo. El padre Domingo no salía de su asombro. En todo el tiempo que llevaba en el pueblo nadie le había hecho tan insólita solicitud. No desaprovechó la oportunidad y le endosó la vida de un santo. También le recomendó ir a la biblioteca de Neiva, aclarándole que se trataba de un lugar en donde había muchos libros. “Uno va allá, pide el que quiera y se lo prestan”.

La encuesta FIP y el testimonio de Eloisa permiten sospechar que más que debate, lo que se da actualmente en los grupos armados es simple adoctrinamiento para párvulos que apenas leen. Tal vez se recurre a herramientas pedagógicas similares a las utilizadas para atraerlos a las filas. “La música de los niños, de los jóvenes y de los más viejos son canciones guerrilleras y canciones de narcos. Punto”.

No sorprende que los combatientes reclutados después de la adolescencia asistan poco a las reuniones políticas. Y tampoco sorprende la alegría de Eloísa cuando, ya reinsertada, la bibliotecaria de Neiva le recomendó sus primeras lecturas: El sapo enamorado, El cocuyo y la mora y Yoco busca a su mamá.

Para los sesudos diálogos que se inician, y como contrapunteo al último hit, "Ay, me voy para La Habana, me voy para conversar la suerte de mi nación", sería útil acompañarlos con algún coro escolar entonando a Carlos Puebla: “pero la reforma agraria va, de todas maneras va … y se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar …”