Tota entre dos aguas

Mientras en internet cientos de personas exigen la declaración del Lago de Tota como sitio Ramsar, Minambiente y agricultores de la región consideran que el modelo de conservación es inviable.

La pesca de trucha arcoíris, una de las prácticas más criticadas por los ambientalistas, emplea directamente a más de 200 familias.
La pesca de trucha arcoíris, una de las prácticas más criticadas por los ambientalistas, emplea directamente a más de 200 familias.

El rumor de que el Lago de Tota se había ganado un reconocimiento internacional se mantuvo sólo los primeros días de julio en Aquitania, Boyacá. Que el galardón respondía a la majestuosidad del paisaje, pensaron algunos; que seguro quieren destacar al empuje de los campesinos que cultivan la mayor despensa de cebolla larga del país, murmuraron otros. (Ver galería aquí)

Lo que desconocía la mayoría de los habitantes de Cuítiva, Aquitania y Tota —municipios aledaños al espejo de agua— es que cientos de personas en el mundo votaron a través de internet para que este lago fuera el ganador del premio Globo Gris, que la Red Mundial de Humedales entrega a los más descuidados y amenazados del planeta.

La campaña fue liderada a través de las redes sociales por la fundación ambientalista Montecito, dirigida por el antiguo habitante de la zona Felipe Velasco. La fundación argumenta que el uso irracional e incontrolado del agua de Tota que hacen la industria siderúrgica, la minería y la explotación de hidrocarburos, unida al desarrollo de prácticas insostenibles de los cultivadores de cebolla y de trucha, están poniendo en riesgo la calidad del recurso hídrico de más de 400 mil habitantes de Boyacá, Arauca, Meta y Casanare. Los votos sumaron 560 y Tota recibió el Globo Gris.

—¿Qué es eso de oso gris?

—No es oso, es Globo. Dijeron que el lago estaba podrido. Que el lago, del que toda la vida hemos tomado agua, estaba vuelto nada. Que era culpa de los cultivadores y de la cebolla. Que esto, mejor dicho, no tiene arreglo.

—¿Pero ya es verdad? O sea, ¿ya dijeron que eso era cierto?

—Sí, ya le dieron ese Globo Gris.

Sentado sobre el furgón de un camión, que mañana transportará cebolla a Corabastos, Carlos Urrutia, “arrancador” de cebolla, le explica a uno de sus compañeros lo que sabe de la noticia, que se extendió en Aquitania por radio e internet y causó indignación en la población campesina. También provocó la caída de los pedidos de trucha cultivada en el lago y la cancelación de las reservas en los hoteles.

“Leímos con tristeza cómo nos insultaban con los comentarios en internet, nos culpaban de haber vuelto nada el lago, cuando no es cierto. No vamos a negar que aquí hay problemas, pero el daño ambiental no es como lo están pintando. La trucha no podría vivir en un aguas contaminadas. El ‘premio’ desconoce que hay quienes llevamos siete años implementando prácticas agrícolas sostenibles”, dice Mario Balaguera, productor de cebolla y miembro de Parcela, asociación certificada en buenas prácticas agrícolas.

Pero los campesinos a los que representa Balaguera no son los únicos indignados. Estudiosos del lago como el biólogo y profesor de la Universidad de los Andes José Efraín Ruiz, quien ha caracterizado sus ecosistemas desde 1984, asegura que Montecito se equivocó con su iniciativa.

Ruiz reafirma que la supervivencia de la trucha es uno de los principales bioindicadores de la calidad del agua y que el nivel de transparencia del humedal comprueba las buenas condiciones en las que se encuentra. “Si soltamos un plato pesado en el Magdalena, y comienza a hundirse, sólo lo seguiremos viendo hasta que esté 15 cm por debajo del agua; en Tota podremos verlo a 8,5 metros”.

Pero para la Fundación Montecito la realidad es otra: “La gente ya se acostumbró a vivir mal. Les parece normal crecer en medio de la basura, de los tarros de plaguicidas. También les parece normal que el lago sea su alcantarilla. La sociedad estaba dormida y el premio fue como un cacerolazo”, dice Velasco, para quien el Globo Gris es el primer paso para lograr que Tota sea declarado sitio Ramsar en 2013. Si este sitio tuviera esta distinción no podría ser intervenido por ninguna industria a gran escala: ni los cebolleros, ni la minería, ni la pesca podrían desarrollarse allí. Este reconocimiento internacional promueve un uso sostenible del lugar, pero que el Ministerio de Ambiente, los cultivadores de trucha y cebolla y otros pobladores lo ven inviable. A pesar de esto, en internet ya cuenta con 657 firmas que apoyan la postulación, y una organización internacional, la Red Mundial de Humedales, es una de sus principales abanderadas.

En cambio quien no está tan seguro es Ómar Franco, director de gestión de recurso hídrico del Ministerio de Ambiente, quien cree que la declaración Ramsar es una de las formas más radicales para proteger un humedal. Según él, la declaratoria prohibiría los vertimientos directos al lago y no permitiría la producción a gran escala. “¿Qué hacemos con las 12 mil personas que, en promedio, le entregan al lago sus residuos y con la producción cebollera que tendría que trasladarse hacia otro lugar? No se puede desconocer el aporte de la actividad económica de esta zona para Boyacá”.

Para el Minambiente, Ramsar no es el modelo de conservación más adecuado y lo que se necesita es fortalecer la gestión de la Corporación Autónoma Regional de Boyacá (Corpoboyacá).

Estos argumentos son desmentidos por Felipe Velasco, de Montecito, quien asegura que sí es necesario “sacar los cultivos del lago y de las zonas de páramo. Ramsar no va a convertir a Tota en una ‘tacita de plata’ intocable, sino que va a obligar a cultivar de forma sostenible. La producción sigue y se fortalece”.

Lo cierto es que en Aquitania, Cuítiva y Tota la acelerada expansión desde hace 40 años de los monocultivos de cebolla larga —o “paturra” para los campesinos— ha vuelto a la región la proveedora del 80% de la cebolla que consume el país, con ganancias anuales de $400.000 millones. La hortaliza es dueña de los jardines y solares de los pobladores, de un 95% de los terrenos cultivables del valle que limita con el lago y hasta de los bordes de los páramos. Hay cebolla hacia donde se mire, hasta en el aire.

Pero si se tienen en cuenta los innumerables lotes cultivados, son pocas las medidas implementadas para el manejo de sus residuos. Se estima que por cada tonelada de cebolla extraída, las tierras que rodean el lago reciben la misma cantidad en gallinaza (abono procesado de los desechos orgánicos recogidos en galpones), que en parte, junto a los residuos de los pesticidas, terminan contaminando las aguas del Tota.

Frente al otro motor económico, la trucha, los empresarios estiman que por cada una de la 4.000 toneladas que se extraen al año, se pagan $9’000.000 que emplean directamente a unas 200 personas y abastecen todos los restaurantes.

Sin embargo, frente al vertimiento de estos residuos, los expertos indican que el único lago de Colombia (con 60 kilómetros cuadrados, donde caben 1.900 millones de metros cúbicos de agua) aún tiene la capacidad de autodepurarse y controlar el problema. Lo que no quiere decir que no se necesiten acciones de conservación mejor proyectadas por parte del Gobierno.

Para el Ministerio, lo que necesita la región es llamar a los campesinos a la discusión y concertación sobre la expansión de las prácticas agrícolas sostenibles y avanzar en el mantenimiento de las rondas de las quebradas y en reforestación. Pero además hay otro actor que también tiene una responsabilidad: el Ministerio de Vivienda, que debería gestionar la construcción de las plantas de tratamiento de agua residual de Tota y Cuítiva, y la adaptación de la insuficiente planta de Aquitania.

Lo cierto es que para los campesinos, la cebolla y la trucha son más que un negocio. Desde los 70, cuenta el agricultor Carlos Montaña, “los papeles se cambiaron, desaparecieron los ricos-poderosos y la tierra se volvió de campesinos empleadores. La cebolla y los truchicultivos permitieron que hoy podamos mandar a los hijos a la universidad. No estamos en contra de la conservación. Sabemos que nuestra tierra será la de nuestros hijos, pero si tenemos que salir de aquí, entonces que el Estado asuma el costo de trasladar a las 20 mil personas que dependemos de la agricultura”. A su lado, desde una de las montañas de Aquitania, su amigo Mario Balaguera mira hacia el pueblo, después al Lago, y concluye: “La raíz de este problema es la eterna falta de Estado, su gestión sí merece un Globo Gris”.

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