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Deportes 16 Sep 2012 - 8:00 pm

A propósito de los 51 años del legendario jugador colombiano

Dios salve a 'El Pibe'

Carlos Valderrama no fue un goleador sino un estratega del balón.

Por: Óscar Domínguez G.
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‘El Pibe’ Valderrama terminó su carrera en el equipo Colorado Rapids. / Archivo

Carlos El Pibe Valderrama (Santa Marta, septiembre 2 de 1961), el hombre que convirtió en obra de arte y de eficiencia el liderazgo, la estrategia y la lentitud para jugar fútbol, decidió cortarse los rizos de número 10 cuando todavía le quedaban restos de genialidad en los guayos. Al hombre que acaba de cumplir 51 años lo vimos hace poco en Londres, en compañía de los participantes en los Juegos Olímpicos.

Su ilusión era despedirse de la tribuna haciendo goles o siendo cómplice de ellos en el equipo en el que se inició como profesional, el Unión Magdalena, de su Santa Marta natal. Pero el hombre propone y el azar —uno de los alias de Dios— dispone.

El pragmático Valderrama asumió que no estaba para el fútbol la mañana que había sido convocado para una primera práctica en el Unión, después de una dieta de fútbol de varios meses. Se despertó una hora y media después de iniciada la tocata balompédica.

“Cuando uno llega a esta situación (quedarse dormido) lo mejor es irse, y yo me fui”, resumió El Pibe.

Nostradamus de su propio destino, descifró que su reloj biológico le había sacado tarjeta roja y se marginó del activismo futbolístico. Lo hizo tan bien en su oficio que Pelé, su colega del número 10, no vaciló en incluirlo entre los mejores 120 jugadores de esta pelota de fútbol llamada Tierra.

En tiempo triple A de televisión, un domingo, el país lacrimoso y agradecido despidió al silencioso y al mismo tiempo extrovertido crack nacido en el popular barrio de Pescaito, en Santa Marta, la caribeña capital del Magdalena, que ha dado otras figuras 10 como el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y el cofundador del M-19, el fallecido Jaime Bateman Cayón.

Estos ojos que ha de consumir el horno crematorio vieron al Pibe celebrando en la madrugada de un nuevo año. Departía con su gente de Pescaito. Invita la casa Valderrama.

Como es ritual entre futbolistas, la despedida de Valderrama, quien permaneció 21 años metido en el rectángulo de juego de unos cien metros por cincuenta, fue un desafío entre colegas de todas partes del mundo. “Amigos de Colombia” y “Amigos del mundo” fueron bautizados los fugaces equipos. Nunca tantos jugaron tanto sin tanto estrés. Habrían podido jugar el partido de corbata.

El contingente foráneo estuvo encabezado por uno de los más grandes números 10 desde que los ingleses inventaron este esperanto de las patadas que es el fútbol: Maradona, importado de Cuba para la ocasión.

Sobregirado en kilos, Maradona jugó desde la tribuna el partido que terminó en un diplomático 3-3. “No haber venido habría sido una traición”, declaró antes de regresar a La Habana.

Para el adiós del Pibe sólo faltó el vino argentino con su nombre que se vendió, firmado, en varios países de América.

Valderrama cerró su despedida a lo mero macho: llorando abrazado a su padre, Jaricho, a quien le dijo, según delató un imprudente micrófono que invadió su privacidad: “Viejo man: se acabó como queríamos: con el estadio lleno”. Su silenciosa y discreta mujer, Claribeth, desde la tribuna hacía trío, también llorando. Los agradecimientos también eran para ella.

Los últimos cartuchos como jugador en ejercicio los quemó El Pibe en septiembre de 2002, con el equipo Colorado Rapids, de Estados Unidos, a donde había emigrado a sacarle dividendos al insomnio americano siguiendo la línea de otros colegas, incluido otro 10 inmortal: Pelé.

En un jugador de fútbol, la lentitud debería ser un defecto como para ser titular eterno del banco de suplentes. Valderrama convirtió en virtud esta aparente flaqueza.

Alfio Basile, técnico gaucho, tampoco ahorró epítetos: “Si metiera goles, habría sido el mejor 10 del mundo”. Pelé y Maradona no lo dejan mentir. Tal vez por generosidad, El Pibe, antes que hacer goles, prefería hacérselos fáciles a sus compañeros.

Sin hacer numerosos goles fue declarado el mejor jugador de América en 1987 y 1993. Hizo pocos goles en los 112 partidos que jugó con la selección y en tres campeonatos mundiales. En dos ocasiones, “divorciado de la red”, como dicen los cronistas deportivos, fue campeón con el Júnior de Barranquilla y con el Montpellier francés.

Pocos goles, frustración y una “tocata” de testículos le dejaron su desteñida andadura por el Real Valladolid. En vivo y en directo por televisión, los espectadores vimos cómo Michel Salgado, del Real Madrid, le tentaba los testículos al rubio. “¿Tú eres marica?”, le preguntó Valderrama. De pronto, el buen Salgado quería comprobar in situ si es verdad que los costeños están mejor dotados entre las piernas que el resto de los mortales colombianos.

El disciplinado 10 (convertido actualmente en imagen de diversas marcas) siempre supo estar en el lugar indicado en el campo de juego. Y en centésimas de segundo, sabía resolver qué jugador estaba en mejor condición para abochornar al contrario con sus goles. Él sabía mejor que nadie el destino inmediato del cuero, otro alias del balón.

Al Pibe podríamos endosarle la metáfora que el cronista dramaturgo brasileño Nelson Rodrigues acuñó para Garrincha: “Cuidaba el balón como si fuera una orquídea rara”.

El Pibe parece haber escogido el escueto lenguaje telegráfico para expresarse. Más que hablar prefiere hacer. Es el credo de los pragmáticos.

El Pibe acuñó la célebre frase “todo bien, todo bien”, pronunciada cuando no le podía ir peor a la selección. Era la forma muy personal de no dejar cundir el pánico entre sus huestes. La frase sigue siendo una especie de dosis personal de optimismo.

El Pibe quisiera perpetuarse como técnico de la selección de Colombia, si se cumplen sus sueños de pibe. Su celular siempre está a la espera de la llamada, que no entra.

Otro de sus biógrafos de los últimos tiempos, el argentino Jorge Valdano, defenestrado director deportivo del Real Madrid, consideró que “Carlos (Valderrama) sabe de fútbol más de lo que él cree y cuando esté delante de un jugador sabrá expresar un mensaje coherente”. Sin duda, “habremus” Valderrama para rato. Dios salve a El Pibe...

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