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Satisfacer actualmente los gustos o los deseos infantiles cuesta y mucho. Ya las niñas no se conforman con Barbies, porque prefieren iPods, y ni hablar de los pequeños, a los que dejaron de atraerles los carros para distraerse con las consolas de juegos de video. Algunos padres pueden y otros hasta se endeudan con tal de verlos sonreír, pero, ¿qué haría aquel al que algún hijo le pida un caballo de regalo?
“Obviamente te sorprende, aunque en cierta forma me lo esperaba, porque Vanessa venía practicando la equitación en el colegio inglés de Estambul donde estudiaba. Al principio como hobbie y luego ya como deporte”. Así explica Óscar Eduardo Córdoba el momento en que comprobó que la menor de sus dos hijas había heredado de él hasta el último de los genes.
Acababa de firmar por una temporada con el Atalanyaspor de Turquía y sin saber si era su última temporada como en efecto lo fue, accedió al pedido y le regaló a Glisin “una yegua francesa muy bonita que ya venía montando en el club. Entonces, al conocerla, lo mejor era tener un ejemplar que le transmitiera esa confianza”.
De todas formas, la seguridad que le brindaba el equino no la sentía Vanessa de sus padres cuando a sus nueve años les dijo que “quería montar y no les pareció muy buena idea por aquello de las caídas”. Igual ambos terminaron apoyándola por completo y con una lección de vida incluida… “Mi papá me dijo: ‘Yo no pude terminar el colegio, pero mis papás siempre me respaldaron en mi sueño de apostarle todo al fútbol y salimos adelante. De la equitación es más difícil poder vivir, pero cuenta con nosotros’”.
Ese temor no ha desaparecido del todo en el arquero que se reestrenó con Millonarios, ya que sufre como nadie en las graderías al carecer por completo del “control de lo que hago y eso me altera un poco, pero igual intento brindarle toda la confianza del mundo a ella”, asegura.
Entre cada obstáculo que supera su hija encima de un animal, él contiene la respiración al invadirle la incertidumbre por saber la reacción del caballo, al cual le tiene “respeto porque por mi profesión no se me da para montar, a veces trato de cabalgar, pero siempre le tengo temor a un accidente y por eso tampoco ando en moto ni me subo a un jet sky, por ejemplo”.
Caer no es sinónimo de cobardía
Vanessa tampoco ha sido ajena a los sustos y más cuando terminó en el suelo por primera vez, un momento definitivo en la carrera de cualquier jinete, ya que “si te caíste te toca volverte a montar y eso sin duda da nervios de pensar que vuelva a pasar, pero el profesor es de mucha ayuda porque te enseña tu error y si te vuelves a caer es por otra cosa”.
Igual el grado de confianza es pleno en el animal, porque ella es de las que piensa que “en este deporte la responsabilidad es como un 50-50 y un ejemplo claro es que hay cosas que el caballo sólo puede hacer con su decisión y ahí viene el entreno para saber inducirlo a que lo haga”.
De ahí que la relación con el equino se estreche, pero sin llegar a extremos en el caso de Vanessa, quien prefiere no apegarse y tener siempre claro que “un caballo no es eterno”. Además, la misma experiencia en Turquía terminó por demostrárselo con la yegua que alcanzó a disfrutar apenas un año.
En cierta forma nostálgica recuerda que “al comprarla, sabíamos que con 14 años de edad era para tenerla allá y no era muy conveniente traérmela para Colombia, de todas formas era muy buena, te enseñaba muchas cosas, aunque desde un principio me preparé para separarme algún día de ella, porque no sabes cuánto la vas a tener a tu lado o si la vas a volver a ver algún día”.
Óscar también reconoce que le resultó duro el adiós, pero al mismo tiempo admiró la fortaleza de su hija, quien una vez instalada de nuevo en Cali intentó olvidarse de Glisin a través de pelotas... “Probé en el fútbol y jugarlo no me llama la atención como sí verlo, en cambio en el voleibol, que me atrajo por mi abuela y tías abuelas que jugaron en la Liga del Valle y llegaron a estar incluso en selección Colombia, me fue muy bien y me gustó mucho, pero terminaba a las cuatro y media de la tarde y de ahí debía irme al hípico-colombiano, entonces la jornada era larga y terminaba muy cansada”.
Sin necesidad de más indicios se quedaba definitivamente con la equitación y no a cualquier precio, porque Vanessa sueña con seguir los pasos de su padre y convertirse “en una de las mejores de Colombia, y ojalá representar al país afuera, algo que es difícil porque acá no se practica tanto”.
El caleño confía en que lo logrará, primero por el amor que le tiene, pero fundamentalmente por la vocación que le nota: “A ella le gusta, le apasiona su deporte porque madruga para ir a hacer los ejercicios y eso es fundamental si quieres pensar en grande”.
Él lo sigue haciendo y el regreso a Bogotá para vestirse de azul no deja duda alguna, como tampoco en Vanessa, quien podrá continuar también su carrera en la capital del país, donde ya está buscando la inscripción a algún club y la posibilidad de tener nuevamente su propio caballo.
De todas formas, contará con el tiempo suficiente para elegir las mejores opciones, ya que recién dejará Cali dentro de mes y medio por una razón familiar que le genera más ansiedad que saber propiamente dónde va a montar.
Después de 13 años, el hogar Córdoba Arteaga tendrá un nuevo integrante que le quitará el reinado de ser la menor a Vanessa y hará sentir más madura a Tatiana (18). Mami Mónica dará a luz en dos semanas a Adrián, en cuya cuna ya hay un balón que le espera.
El nuevo heredero los unirá aún más y mientras el tiempo decide si se va detrás de la pelota o los caballos, padre e hija seguirán dando saltos, cada quien a su manera, claro está, y con rumbos bien distintos, porque ella recién da los primeros pasos en busca de la gloria y él empieza a contar los últimos de una dilatada carrera en la que hace rato la alcanzó.