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Es una mañana fría, con cielo despejado, aunque el sol aún no calienta en el Kansas Speedway. Afuera de este majestuoso escenario, que unas horas después estará lleno con más de 80.000 espectadores, ya hay colas de casi medio kilómetro a la entrada de los inmensos lotes de parqueo. Hay mucha actividad, mientras adentro todavía hay calma y los mecánicos esperan la hora en la que se abrirán los garajes para iniciar la jornada de domingo. En un espacio reservado para las casas rodantes de pilotos, dirigentes y patrocinadores, se ubica la de Juan Pablo Montoya, quien está despierto desde las siete de la mañana. Su esposa Connie y sus hijos Paulina y Sebastián lo acompañan este fin de semana.
Uno de sus asistentes, Mark, un americano que está a cargo de llevar su casa rodante de una pista a otra, prepara normalmente el desayuno. Este fin de semana está Connie, pero la primera comida del día es la misma para él: un sencillo plato de cereal, leche descremada, banano y agua. La agenda para el día incluye algunos compromisos con patrocinadores, prensa, su equipo y luego el protocolo de cada domingo previo a la competencia.
Antes de las 9 de la mañana llegan a su casa rodante su jefe de equipo Brian Pattie y su ingeniero Billy Curwood. Ambos traen sus anotaciones y Billy su computador, con toda la información que han acumulado durante el fin de semana en los entrenamientos y la calificación. Los tres discuten, planeando qué ajustes hacer para iniciar la carrera y programan otros diferentes para las detenciones en pits, que serán al menos cuatro durante las 400 millas. Tanto Brian como Billy plantean diferentes ajustes, Montoya está de acuerdo con unos, con otros no y propone alternativas con las que Brian y Bill asienten. Unos cuarenta minutos dura la reunión, que termina con una broma de Montoya a Pattie. Éste se va sonriendo.
A media mañana, Montoya atiende un compromiso con uno de los patrocinadores del equipo. Un representante de una compañía que tiene su logo en el auto 42 que él conduce, lo visita en su casa rodante junto a una periodista. Es un encuentro amable, en el que la comunicadora aprovecha para hacer algunas preguntas. Paulina y Sebastián, a quienes Connie trata de mantener bajo control, juegan mientras tanto. Un par de fotos y el encuentro termina con sonrisas de parte y parte. Presente está también Shayna Keller, la jefa de relaciones públicas de Montoya.
Luego viene en la agenda la reunión de equipo, en la que se repasan los procedimientos de rutina del día y se comparte información para que todos los miembros estén en la misma página. A la cita asisten, además de Brian y Billy, otras personas de la escudería, como Tony Glover, Steve Hmiel y Tab Boyd, este último encargado de comunicarle vía radio a Montoya lo que pasa a su alrededor durante la carrera.
Paso seguido viene el almuerzo, unas dos horas antes de la partida. Un plato de arroz, carne y ensalada es el menú, junto a una botella de agua. Paulina y Sebastián lo acompañan y también comen de su plato. Luego viene la reunión de pilotos.
Allí llega en un carrito de golf, que no puede ser de ningún otro corredor pues tiene la bandera de Colombia en una esquina del panorámico. Al encuentro asiste con su jefe de equipo, al igual que todos los demás pilotos, por lo que en el recinto hay al menos 86 personas, además de patrocinadores, algunos periodistas y la cúpula de Nascar, encabezada por su presidente Mike Helton. Montoya dialoga con varios de sus colegas y rivales y luego solamente con Brian. Después de presentar a las personalidades asistentes a la reunión, entre quienes hay presidentes de compañías y políticos, se les recuerda a todos los pilotos el horario de la competencia, la distancia, velocidad límite en los pits y otros detalles. La reunión termina con una oración del sacerdote, para lo cual todos los asistentes se ponen de pie.
Montoya regresa a su casa rodante para cambiarse su ropa de civil por la de trabajo: su uniforme rojo, que hace juego con unas botas de un diseño especial que la marca Oakley le ha enviado para el fin de semana. Su esposa Connie, mientras tanto, dialoga con un representante de una firma que está interesada en apoyar los proyectos de la Fundación Fórmula Sonrisas. Sebastián y Paulina quieren jugar con su papá, pero ya no hay tiempo.
Es hora de ir a la presentación, en la que los pilotos son anunciados frente a la tribuna principal, que aún no está totalmente llena. Uno por uno los 43 pilotos salen en orden descendente acorde a su posición de partida. Abuchean a Kyle Busch, también a su hermano Kurt. Se espera una reacción similar para Montoya, quien detrás del escenario dialoga con Mark Martin y Jimmie Johnson. Esta vez está más repartida la afición por el colombiano, pues no lo abuchean tanto. Unos pocos compatriotas agitan las banderas en la tribuna, pero no están dentro del rango visual de Montoya.
Tras dar una vuelta a la pista en el platón de una camioneta, junto a David Reutimann, llega al lado de su auto, donde le esperan su familia y su equipo. También está Chip Ganassi, quien le pasa el brazo por encima y le habla al oído. Montoya sonríe. Paulina y Sebastián no se quieren despegar de su papá y aprovechan los últimos momentos con él antes de tener que subirse al auto.
Paulina se quiere poner el casco y los guantes de su papá y situarse frente al timón. Así lo hace, con la supervisión de Gonzo Mejía, asistente personal de Montoya desde sus años en la Cart. Connie pone fin al juego de sus hijos, pues es momento de los actos protocolarios, que inician con una oración y terminan con el sobrevuelo de los aviones al final del himno nacional estadounidense.
Montoya se retira sus gafas de sol y se despide de Connie. Se pone unos protectores plateados para sus zapatos, sin los cuales la suela de sus botines se derretiría por el calor del piso del auto. Luego se acondiciona los audífonos y entra al auto al estilo de los Dukes de Hazzard, pues no hay puertas para abrir. Adentro se coloca el casco y los guantes antes de dar vida a los casi 900 caballos del motor Chevrolet de su máquina, cuando por el perifoneo se escuchen las conocidas como las palabras más famosas del automovilismo americano: “¡Gentlemen, start your engines!”.
Montoya inicia la marcha después de haber revisado que la comunicación por radio funcione bien. “Los escucho alto y claro”, les responde a su jefe de equipo y a su observador, Tab, quien un par de minutos después le dice: “Listo, listo… Verde”. La carrera empieza. Son casi tres horas en las que Montoya tiene más altos que bajos, cruzando la meta en cuarto lugar. Es su tercer Top 5 dentro del Chase. “Buen trabajo, muchachos”, le dice Montoya a su equipo después de pasar la bandera a cuadros. Parquea luego su auto en el lugar designado para los cinco primeros a excepción del ganador, que en esta ocasión fue Tony Stewart.
Se baja del auto y lo recibe su jefe de equipo junto a sus mecánicos. Shayna está a su lado, pues la prensa quiere hablar con él. Gonzo tiene lista una bebida, pero antes le recibe el casco y los guantes. El canal Espn lo entrevista, luego el canal Speed y después algunos periodistas de varios de los medios más importantes de la prensa americana. Paso seguido se va caminando a su casa rodante, donde lo espera su esposa Connie, quien sufrió las 267 vueltas en compañía de sus hijos. Ella lo recibe con un beso. Los niños están contentos, no porque fuera una buena carrera, sino porque de nuevo está allí con ellos.
Sigue una ducha, ropa de calle y luego, en medio de un grupo de aficionados esperando poder tener su autógrafo, sale en su auto de alquiler rumbo al aeropuerto. Unas cuatro horas más tarde llegará a Miami, donde volverá la calma. Sin embargo, será sólo por unos días, pues el próximo miércoles o jueves tendrá que iniciar de nuevo la rutina que repite durante unas 38 de las 52 semanas del año. Es la vida de nómadas de los pilotos que recorren los Estados Unidos de norte a sur y de costa a costa. Es la rutina de un Montoya que está cumpliendo su segundo sueño americano.