Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
De la magia del fútbol que surgía en Pescaíto sólo quedan los fantasmas. Espectros en el imaginario colectivo de sus habitantes más viejos, quienes en sus buenos tiempos vivían y hasta soñaban con excelsas jugadas fabricadas con los pesados balones de cuero de ese entonces, a los que había que secar cuando les caía agua y coser cuando se rompían. De esas polvorientas y pedregosas calles donde se aprendía el mejor fútbol de Santa Marta sólo quedan los recuerdos y el espejismo sobre un caliente pavimento, de ondulados cuerpos de jóvenes que hoy en día viven de la fama de sus admiradas glorias, pero que no tienen el deseo ni las ganas de ser como ellas.
Con esa misma nostalgia, Carlos Jaricho Valderrama, el papá de El Pibe, recuerda cómo cambió 50 veces el espejo de cuerpo entero que tenía en el escaparate de su cuarto, porque sus hijos, hijas y sobrinos no paraban de “patear bola” dentro de la casa, aun cuando era hora de dormir. Sentado en el bordillo de su casa, Jaricho evoca los momentos en que el fútbol nacional brilló con sus jugadas y las de Toto, Didí, Yicco, Alan, Ronald y El Pibe Valderrama, como también con las de sus sobrinos Julián, Miguel y Édinson González Palacio, y sus cuñados Justo y Aurelio Yeyo Palacio. Hechizo futbolístico que está quedando en la historia, porque sus nietos y bisnietos tampoco han querido seguir los pasos de la dinastía que más jugadores ha tenido en el fútbol profesional colombiano.
El barrio Pescaíto no es el de antes y está muy lejos de volver a ser el semillero donde nacieron por lo menos 50 de los mejores jugadores nacionales. De los 20 y hasta 30 equipos de fútbol que surgían en cada campeonato local, una década atrás, en estos tiempos sólo aparecen cinco o seis con un nivel bastante pobre. Durante los entrenamientos la mítica cancha La Castellana está más llena de mamás con ilusiones que de futbolistas con ambiciones, quienes desde pequeños dejan de ir al campo si sus padres no les compran unos guayos de marca. Los jugadores pescaiteños dejaron de sentir el amor por ese deporte que antes se practicaba en cualquier potrero con los zapatos rotos, descalzos, sin uñas, los raspones tapados con periódico y hasta el balón lleno de chichones.
Julián González Palacio, miembro de la familia que jugó en Millonarios, Santa Fe, Tolima, Bucaramanga y el Unión Magdalena, asegura que el problema obedece a que los dirigentes deportivos no quieren invertir y que los jugadores se aburguesaron. Según él, en Pescaíto se han perdido la armonía y el querer por el fútbol, de tal manera que algunos de los equipos han migrado a otros barrios para jugar torneos organizados. “El jugador hoy en día si no le dan para el pasaje no se moviliza. El técnico tiene que ir a buscarlos a la casa. Los pelaos de 11, 12 o 13 años quieren ir a fiestas, acostarse a la 1:00, 2:00 o 3:00 de la mañana”. Como si fuera poco, afirma que estos jugadores están más pendientes de la novia y de los millonarios contratos que puedan firmar sin antes haber empezado a jugar.
Para Jaricho Valderrama la camada de hijos y sobrinos es muy diferente a la nueva generación familiar y por eso el fútbol en la familia se estancó. De los primeros recuerda que nadie los llevó al estadio y que lloraban hasta por perder cualquier partido en la calle. De los segundos (29 nietos y cinco bisnietos) sólo a Ronaldiño, el hijo de Ángela Valderrama, una de las seis hijas, es al que le ve la malicia futbolística de los que han brillado en la casa. “Cuando el niño Dios le ponía a Alan, a El Pibe o a Ronald una escopeta y a los otros un camión. Esa escopeta, esos camiones y esa vaina se iban al carajo, porque ellos no le paraban bolas sino al balón. Yo pregunto: ‘¿ajá y este nieto mío de qué juega?, él no juegan a nada, me dicen’. Entonces digo yo, ‘eche, pero cómprenle un balón a ver qué pasa’. La verdad, no sé qué ha pasado con los nietos que no han salido con esa ambición”, comenta.
Exceso de comodidad y pocas ganas de jugar son las palabras que emplea Julián González para describir lo que viene ocurriendo en el seno familiar. Por eso, asegura, en estos momentos no hay un jugador que esté mostrando las cualidades técnicas de una familia futbolera. “El hijo de Roba pollo jugó en el Unión y Santa Fe, pero se quedó ahí. Los hijos de Alan, hubo uno que estuvo en varios equipos también, pero no tuvieron ese coraje de querer salir de Santa Marta. El hijo mío estuvo en Bucaramanga, pero se vino, no quiso seguir los pasos de uno. Los hijos de El Pibe hubo uno que intentó, Kenni, y tampoco tuvo. Esto es de corazón y querer (…) los padres a veces tenemos mucha responsabilidad en eso, por ser muy sentimentales con los hijos y los pelaos se estancan”.
Desde la década del 50 el fútbol profesional samario brilló por su calidad. El Unión Magdalena fue el primer equipo de la Costa Caribe en ser campeón nacional y Carlos Alberto Valderrama Palacio, el mejor futbolista colombiano, fue reconocido por la Fifa como uno de los más destacados jugadores suramericanos del siglo. Hoy todos esos triunfos y reconocimientos están formando parte de la historia, al igual que el primer partido a orillas de la playa que se les ganó a los ingleses, quienes vinieron a construir el puerto el siglo pasado. Santa Marta no tiene un equipo en la primera división, al cual se quieren llevar para otra ciudad, y en Pescaíto sus jóvenes están más interesados en rescatar un carnaval local, porque a muchos de ellos lo que más les gusta es parrandear y bailar.
Pese a toda la desavenencia futbolera, no todo está perdido y la tradición se puede recuperar porque los buenos jugadores se rehúsan a vivir del pasado. Sin importar el poco apoyo de los dirigentes deportivos, ellos encaminan sus esfuerzos en las escuelas de formación, porque ese es el nuevo semillero. Algunas mamás siguen llevando a los más pequeños a entrenar o los están mandando a otros barrios para alejarlos de la indisciplina y el desorden. Y en la familia Valderrama Palacio en pocos años algo bueno puede pasar. “Por ahí está saliendo una nueva generación de pelaos a quienes les estamos poniendo empeño, los nietos míos, ahí hay uno al que pongo a entrenar; los hijos de los hijos de El Pibe, los nietos de Jaricho, los nietos de mi hermano, viene una camada nueva y eso es lo que estamos esperando. Lo malo es que varios de ellos son hinchas del Júnior”, comenta entre risa y chanza Julián González Palacio.