Publicidad

Tiger Woods, el genio y el ídolo

Es el más admirado, el número uno, pero el corazón de la gente es del luchador Mickelson.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Juan Morenilla / Especial de El País
05 de abril de 2010 - 10:40 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Es tal la expectación, el morbo, las ganas de ver a Tiger Woods haciendo de nuevo cura de humildad ante el mundo, que el Masters de Augusta (que empezará el jueves) ha convertido la sala de prensa de la casa-club en un set televisivo lleno de cámaras, casi no cabe gente, sólo máquinas frente a la máquina, las palabras de Woods en directo por televisión e internet.

Juega El Tigre por primera vez este año y, todo muy calculado, como su carrera entera, debuta en Augusta, el campo del primero de sus 14 títulos grandes, ahí donde sabe que cualquier estridencia está prohibida, ni siquiera se permite andar deprisa, mucho menos gritar o silbar.

Woods sabe que los oficiales vigilarán de cerca a cualquier aficionado que, a riesgo de perder el pase, se atreva a alzar la voz contra él, recordándole sus escándalos extramatrimoniales. El número uno sin discusión, quiere lavar su imagen. En Augusta le acompañará una multitud, pero respetuosa, o más les vale. Otra cosa muy diferente será que la gente lo anime con fervor, le dedique palabras de cariño. Eso será difícil. Porque la gente, el aficionado estadounidense, admira a Woods, se queda con la boca abierta viéndole jugar, vibra con sus gestas, pero a quien verdaderamente quiere es a Phil Mickelson, ahora número tres mundial. Nadie discute que Woods ha cambiado el golf, que el resto de jugadores le debe buena parte de sus sueldos, pero el corazón del aficionado es de Mickelson.

Hace ocho años, Woods ganó el Abierto de Estados Unidos con tres golpes de ventaja sobre su compatriota. El Tigre ganó su octavo grande, pero cuentan que Mickelson ganó algo mejor, a toda Nueva York, por su cercanía al aficionado, su carácter alegre, su sonrisa. Ver a Woods (34 años) sobre el campo es como ver desfilar a un robot. Apenas mira a los lados, apenas saluda; como mucho, un protocolario gesto levantando el putter, ningún amago de humanidad. Mickelson (39) es otra cosa. Cuando el año pasado el US Open volvió a Nueva York, el torneo entero se vistió de rosa —gorras, polos, bolsas de palos, las camisetas de los jugadores, caddies— en solidaridad con Amy, la esposa de Mickelson, enferma de cáncer de mama. “Bienvenido a casa”, le decían.

“Phil siempre está dispuesto a estrechar la mano, siempre tiene una sonrisa en la cara y encaja con la gente, habla con ella, mira a las personas a la cara. Es como volver a Arnold Palmer”, explicaba un empleado del campo. A Mickelson le cantan el cumpleaños feliz en el green. A Tiger casi nadie se atreve a hablarle.

Mickelson supone la identificación con el aspirante abnegado y luchador más que con el genio. Si las casas de apuestas, los medios y los patrocinadores pagan lo que sea por Woods, el niño de la calle pide el autógrafo de Mickelson. Y ahora, tras el lío de infidelidades de Tiger, Mickelson representa mejor que nadie el nexo con los valores tradicionales estadounidenses, un blanco de buena familia, licenciado en psicología, muy unido a su abuelo, que coleccionaba banderas de greenes, a su padre, que le enseñó a jugar, a la esposa que superó el cáncer, a sus hijos.

Hay quien incluso ve en ellos, en Woods y Mickelson, una reencarnación de Jack Nicklaus y Arnold Palmer. Si Nicklaus lo ganaba todo —ahí están sus 18 grandes—, Palmer era el ídolo popular. Nicklaus tardó en enganchar con la gente por su carácter reservado, su golf mucho más mecánico. Cuando Palmer ganó su primer Masters de Augusta, en 1958, los militares de un cuartel cercano, que se encargaban del marcador, crearon un club de seguidores, el Ejército de Arnie, que todavía vive. Entonces apareció la televisión en el golf y la cámara se enamoró de aquel golfista carismático y atrevido. Si Nicklaus y Woods pasarán a la historia, Palmer y Mickelson también serán eternos.

“Tengo que ser mejor persona”

Con gesto serio y relajado, mencionando una y otra vez a su familia, Tiger Woods compareció ante centenares de periodistas antes de comenzar Augusta: “Estoy aquí para jugar, para competir. Estoy emocionado de poder hacerlo. He echado de menos  la competición, los amigos. Tengo que ser mejor persona que antes, someterme al tratamiento no significa que todo acabe aquí, tengo que seguir luchando. Si gano algún torneo, bien, pero quiero recuperarme. He mentido a mucha gente aunque al primero que he engañado es a mí mismo. La manera en que pensaba no era correcta. Este era mi mundo. Yo negaba la realidad, me mentía a mí mismo y mentía a otros y el hecho de que ganara torneos de golf no significaba nada. Me di cuenta con el tratamiento”.

Por Juan Morenilla / Especial de El País

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.