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Construir una familia toma tiempo, pero Eduardo Lara, desde el momento en que decidió ser entrenador, siempre quiso que los grupos a su mando tuvieran algo de casa y ahora, como seleccionador absoluto, no podía ser la excepción.
Sin necesidad de llamar a los jugadores hijos, como sí lo acostumbra hacer en las menores, tiene la autoridad del padre y la sabiduría para ejercerla, aunque nada supera el orgullo que lo embarga al poder reencontrarse con varios de los que vio crecer, ya consagrados o en camino de serlo.
A unos les ha costado más que a otros, algunos se fueron quedando en el camino y tampoco ha faltado la oveja negra, pero a la hora de poner a alguno como ejemplo para que los demás le sigan, el que encabeza la lista es Freddy Alejandro Guarín, producto con sello de exportación y cuya etiqueta es inconfundible: ‘made in Lara’.
Su construcción empezó en Bolivia cinco años atrás, para el Suramericano Sub 17, y desde entonces el vínculo no se quedó en la cancha ni en el vestuario, sino que, como lo dice el propio mediocampista del Porto, “es un sentimiento de amistad y aprecio muy fuerte que con el tiempo se ha fortalecido, por eso puedo decir que lo conozco, pero él me conoce más a mí porque vio mis condiciones y creyó en ellas”.
Después vendrían el Mundial Prejuvenil de Finlandia, el Juventud de América en el Eje Cafetero con vuelta olímpica incluida y la Copa del Mundo Sub 20 en Holanda, suficientes para que Guarín confiese estar “motivado y muy emocionado, porque uno se pone a pensar en cada momento por los que ha pasado y verse hoy en la mayor y con el ‘profe’ que me dio la oportunidad de vestir la camiseta de la selección, es algo lindo y por eso no se puede desaprovechar este reto que el fútbol y la vida nos ponen de nuevo”.
Otro que conoce bastante a Guarín es Rodrigo Larrahondo, preparador físico y mano derecha de Lara, el cual recuerda como si fuera hoy que “recibimos a un muchachito alto y flaco en la primera preselección de la Sub 17 que hicimos y por ese entonces pesaba 63 kilos, ahora ha ganado tanta masa muscular que pesa 87”.
Ese desarrollo en biotipo y obviamente futbolístico, Pinto también se lo reconoció al vincularlo en su proceso, el cual tuvo punto final antes de lo esperado, incluso para Guarín, que no ve la necesidad “de cambiar mucho ahora respecto a lo que se venía trabajando, simplemente es de mentalizarnos en lo que queremos, porque cuando ganamos al principio era más lo positivo que lo negativo, así que con el manejo de grupo ahora, debemos meternos en la cabeza que necesitamos de esos puntos para seguir con posibilidades de clasificar”.
Entiende además que en El Campín la exigencia será máxima, porque al frente estará “el líder de la eliminatoria, un equipo que por esa condición viene muy motivado, jugando bien y sin presiones, pero nosotros necesitamos cortar esa racha, porque estamos en casa y eso es lo que más nos ilusiona para ganar”.
Después ya tendrá tiempo de pensar en Brasil, rival del miércoles en el Maracaná de Río, pero por ahora se conforma con saber que “en juveniles nos ha ido bien contra ellos y recuerdo por ejemplo que mi primer gol con la selección fue ante los brasileños y con ese ganamos, pero obviamente ahora todo será distinto, aunque espero que el final sea el mismo”.
En aquella celebración que tuvo como marco el estadio Tahuichi Aguilera de Santa Cruz, lo primero que hizo fue correr en búsqueda del hombre que le había permitido hacer realidad el sueño de vestir la tricolor y ni el pitazo del árbitro para reiniciar el juego pudo interrumpir el abrazo emocionado.
Y así lo recibió Lara el lunes, estrechándolo entre sus brazos para que sintiera que el afecto paternal no ha desaparecido, ni mucho menos la ilusión de que las celebraciones en juveniles, ahora se repitan lo suficiente para que dentro de un año se consume otra clasificación mundialista, a la cual ya están acostumbrados, pero que no tendría comparación alguna con las anteriores.