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Dentro del relato de una historia común que tienen que vivir muchos futbolistas en Colombia y en los países del tercer mundo, aquí sobresale la pasión, pero no sólo la del protagonista, sino la de sus progenitores, quienes decidieron vivir a la par de su hijo un camino lleno de espinas, pero que ahora gozan, sin perder la humildad, en un valle adornado de laureles. Porque el triunfo también es suyo. La familia Motta Váquiro, la morada de Stalin, la figura de La Equidad Seguros, es sinónimo de unión, trabajo y fútbol.
El 28 de marzo de 1984 la alegría arropó el hogar de Stalin y Ana en el barrio La Chucua, al sur de Bogotá. La joven pareja, que pocos años atrás había dejado su natal Ibagué para probar suerte en la capital, recibió, con la ayuda de una partera de confianza, al segundo varón entre cuatro hijos (Andrea, Edwin y Tatiana), el que aumentó las esperanzas de cumplir el sueño de tener a un profesional del fútbol en la familia. Y es que el jefe de aquel hogar quedó con la espinita, pues estuvo en las inferiores del Deportes Tolima, dirigido por Jorge Luis Bernal, pero no llegó.
Stalin significa hombre de acero y así fue llamado el dictador soviético Jossif Vissariónovich, luego de la revolución bolchevique de 1917. Y en la familia Motta también son guerreros los que llevan ese nombre (tres, porque a finales de los 70, así también se llamó un segundo bebé que tristemente falleció con un poco más de un año).
Stalin papá era ducho pintando muebles de madera y así se ganó el pan en varias empresas y hasta en su propio taller. Stalin hijo tenía, desde párvulo, un romance con la pelota, de la que se enamoró dándole patadas en gigantescos potreros llenos de arcos, donde su padre acudía cada domingo a los partidos con sus amigos. “Íbamos a San Mateo, donde había como 21 canchas, pero eso se ha acabado, ahora sólo hay edificios”, dice resignado el señor Motta.
En la casa de La Chucua el fútbol los une, y aunque hoy no se discute que todos siguen el verde y blanco de La Equidad, los gustos fueron diversos en una época por los colores de las camisetas. A Stalin papá le movían la aguja el Tolima y el Santa Fe, mientras que a las hermanas les gustaba Millos y a su hermano el América. Pero, como si fuera poco, Stalin, con sólo cinco años se había dejado seducir por el triunfo de Nacional en la Copa Libertadores. Tremendo lío.
Enredo por 30 balones
A los siete años empezó a cimentarse la carrera futbolística de Stalin Motta, cuando su padre lo inscribió, junto con su hermano, en la escuela Sporting Cristal. Entrenaba junto al coliseo El Salitre dos días en semana, sábado y domingo, y allí comenzó a pulir su talento.
Por eso no tardó en destacarse en varios torneos de la liga. Visitaba El Campín frecuentemente, pero para jugar preliminares, hasta que un día el entrenador Alfonso Sepúlveda lo llevó a Santa Fe. Y fue una transferencia al estilo de las grandes figuras: Rafael Lesmes, dueño de la escuela Sporting Cristal, pidió 30 balones al cuadro ‘cardenal’ a cambio de la carta de traspaso.
El club rojo sólo le mandó cinco y esa diferencia hizo romper las relaciones. Allí tuvo que intervenir Stalin papá, quien aclaró todo con la Difútbol. Al fin y al cabo él era el verdadero dueño de los derechos del jugador.
Resuelto el lío, el pequeño Stalin se vistió del rojo y blanco ‘cardenal’ durante los siguientes ocho años de su vida y, además, se hizo asiduo convocado a las selecciones de Bogotá. “Llegué a Santa Fe a los 11 años, hice todo el proceso de divisiones menores, Primera C, reservas y estuve cerca del equipo profesional, incluso en concentraciones pero no se dio la oportunidad de debutar”, recuerda el volante. “Estoy seguro de que son cosas de Dios”.
Luego de una intensa lucha y de ver que algunos de sus compañeros de formación como Jairo Suárez, Pacho Nájera y Pablo Pachón ya habían tenido su estreno con el primer equipo, Stalin, algo desilusionado, tuvo que ir al Chía Fútbol Club, dentro de un convenio que se tenía con ese club de la Primera B. “Stalin ya estaba que tiraba la toalla esperando turno en Santa Fe”, dice su padre. “Estábamos preocupados por eso, porque el ‘chino’ estaba muy desesperado. Arturo Boyacá no le quiso dar la oportunidad”, añade.
Además, al joven futbolista le preocupaba no tener la posibilidad de devengar para ayudar con los gastos de la casa. “A mis papás les tocaba trabajar mucho y en una época tenían que conseguir 13 mil pesos diarios para que pudiera ir a entrenar y jugar a Chía; yo tenía un sueldo, pero allá nunca me pagaban”, recuerda.
“Yo le decía a Stalin, que si jugaba iba a ser por sus condiciones, no porque uno fuera a pedírselo a los técnicos”, cuenta Ana, la mamá de Stalin. “Porque uno ve cosas y había papás que llegaban con regalos para los profesores”, agrega.
Stalin decidió dejar Santa Fe y le pidió al presidente del club, Eduardo Méndez, que le ayudara entregándole sus derechos. “Con Santa Fe sólo tengo agradecimiento y cariño. Me trataron bien, fue mi casa y salí bien, en buenos términos”, dice Motta.
La Equidad, la puerta que se abrió
El talento y las ganas de Stalin Motta seguían represadas, esperando aquel equipo que le permitiera explotar. Tras un año en Chía, en 2005 llegó a La Equidad Seguros, también de la B, club que era entonces dirigido por John Fáber López y que ya se había propuesto ascender a la primera división. Pero fue en 2006, con Alexis García al comando, cuando Motta empezó a salir del anonimato. Su nombre suena y suena en la radio y se imprime en los titulares de los diarios. Allí ya era profesional, ganaba un sueldo y al fin podía ayudar en la casa. “Apenas empezó a ganar sueldo en La Equidad, él se hizo cargo del arriendo”, cuenta doña Ana, quien hoy, luego de dos décadas en la capital, goza con su familia en casa propia.
“Siempre he tenido mucho corazón para jugar al fútbol, siempre he sido un guerrero”, dice Stalin, quien además de tener como meta ser siempre el mejor, tiene la gran cualidad de querer serlo y lo pone todo de su parte. Él espera que más jugadores bogotanos surjan y triunfen. “No crecí con lujos, pero sí tenía claro lo que quería ser y a dónde quería llegar. El jugador bogotano es a veces un poco acomodado, porque las cosas no le cuestan. Espero que algún día todos cambiemos esa mentalidad”.