España, ¡hasta los cojones!

Relato desde el centro de las manifestaciones populares que se extienden hasta este domingo, día de elecciones regionales en el país. Las razones: desempleo, desgaste de los partidos tradicionales y erradas medidas anticrisis.

Ni el diluvio de la madrugada del jueves pasado en Madrid aguó la histórica protesta. En cambio fue un bálsamo para dispersar los olores naturales de una concentración de miles de personas que ya entonces alcanzaba las 76 horas. La tragedia de la muchedumbre, se diría. Un movimiento espontáneo, sin formas, fragmentado, en principio juvenil —después la cosa se volvería más variopinta— que, sin embargo, ha logrado reunir en la Plaza de Sol, ininterrumpidamente, a más de 10 mil almas día tras día, algunas más coléricas que otras, pero en todo caso con un código común: el hartazgo.

Cinco millones de cesantes, 40% de desempleo juvenil, medidas anticrisis insuficientes y un bipartidismo desgastado, alternado en el poder desde el fin de la dictadura franquista, que no ha sabido canalizar la bronca. Una radiografía social que no podía terminar de manera distinta. “Mucho nos demoramos para alzar la voz, ¿no le parece?”, dice, apurada, Vanesa Merino —33 años, desempleada, aún viviendo en la casa de sus padres—. Antes de perderse en esa marea heterogénea se voltea y, a distancia, añade concluyente con sonora onomatopeya de desagrado: “La política es una mierda”.

No hay duda. Se trata del mayor movimiento ciudadano después de la transición a la democracia, en 1978. La llamada Revolución Española comenzó a cuajarse hace tres meses en distintos blogs y foros virtuales en los que se fueron acentuando las protestas y canalizando las movilizaciones. La plataforma Democracia real ya fue tomando cuerpo y sumando seguidores. Internet volvió pública la discusión, se creó una página web en la que los promotores se autodenominaron personas comunes y corrientes, “como tú”, indignados, “como tú”. Se pidió un euro como contribución y pronto recaudaron 2.000 para distribuir pancartas y pegatinas.

La bola de nieve siguió arrastrando adeptos y el 15 de mayo pasado se decantó en una concentración en la Plaza de Sol, en pleno corazón de Madrid. Las organizaciones No les votes y Jóvenes sin futuro se constituyeron en la piedra angular del movimiento que hoy acapara titulares de los medios más influyentes del mundo, algunos con la errónea percepción de que puede ser comparable con las revueltas del norte de África. “Que no se equivoque nadie. Aquí hay democracia. Allá no. Lo cual no significa tampoco que la tiranía del poder legal no sea nociva. ¿Que por qué alzamos nuestra voz? Simple: nuestra generación parece condenada a vivir peor que nuestros padres y muchísimo peor que nuestros abuelos. Y mejor no sigo”, cuenta Alejandro García.

La clase política recibió esta movilización con sospecha. El Partido Popular acusó al PSOE de impulsarla, el gobierno ripostó advirtiendo que no podía impedirla, muy a pesar del veto que le impuso la Junta Central Electoral con la tesis de que podría afectar la intención de voto de los electores; Izquierda Unida, en jugada de ajedrecista, quiso encauzar ese inconformismo, pero todos, al final, vencidos por la autodeterminación del movimiento, buscaron afanosamente el retorno del protagonismo mediático que les arrebató la multitud a escasos días de las elecciones autonómicas y municipales que se celebran hoy. Al cierre de esta edición la histórica manifestación la refrendaban los números: más de 250 mil seguidores en Facebook, casi 40 mil más en Twitter, además de un canal de televisión por internet (Soltv.tv) que transmite en vivo la concentración. “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, se oye arengar con insistencia en la Puerta del Sol.

El lunes pagaron la novatada. Quemaron unos contenedores de basura, la Policía intervino y el saldo dejó 19 manifestantes detenidos por alterar el orden público y un desalojo tranquilo de la plaza. El martes la sociedad del consenso les puso coto a los revoltosos, mejoró los canales de comunicación con los medios, se crearon comisiones de alimentación y agua, infraestructura, acción, coordinación interna, de asuntos legales y hasta de limpieza. Ese día se montaron carpas, muebles y neveras. Los vecinos solidarios, por turnos, dejaron entrar a los urgidos para que aliviaran sus vejigas. La multitud fue compactándose. A los estudiantes, ‘mileuristas’ (trabajadores que tienen como techo 1.000 euros de salario), tribus urbanas de toda estirpe, rockeros, punkeros, nerds, teatreros, deportistas, ejecutivos o mimos —no faltan nunca en estos escenarios—, fueron sumándose jubilados, desempleados, niños con sus madres paseando perros y gatos, empresarias de falda y tacón. Los mercaderes chinos se encargaron de mantener algunas gargantas hidratadas vendiendo cerveza por un euro. Economía de guerra.

También pasaron turistas. Era fácil detectarlos: con contadas excepciones, todos aquellos que tomaban fotos con camaritas sin gran angular. En medio del tumulto, el viernes, podía verse al costado norte de la Plaza de Sol un carro de donación de sangre.

La imagen dio paso a un chiste cruel. “Pobres, sin plata, desocupados, enfurecidos, protestando y ahora también les quieren quitar la sangre”. La ocurrencia es de Gregorio González —44 años, artista, cola de caballo, rastafari converso—. A su lado Justo Gil reparte volantes. “Estoy hasta los huevos, macho, hasta los huevos. No he perdido mi casa, tengo trabajo, vivo muy bien, pero la situación de España está fatal”. Muchos como él, una vez se declaró la ilegalidad de la protesta, dejaron sus cómodos sillones y se volcaron con mayor fuerza a la plaza. Julio —“sin apellidos, por favor”, pide— menea la cabeza en señal de desaprobación y suelta una frase que arranca aplausos: “Las protestas del mundo árabe fueron respaldadas por toda la clase política de España y del mundo. Pero la nuestra la censuran. ¿Los reclamos del primer mundo no valen, acaso?”.

Hay muchos distraídos agolpados. Parecen disfrutar de un espectáculo circense. Un par de señoras se abren paso entre la multitud mientras fuman un cigarrillo y discuten sobre las últimas noticias de Almodóvar y de Cannes. Un despistado más sufre tratando de pasar su bicicleta hasta el corazón de la protesta, justo al frente del monumento de Carlos III. Un grupo de incautos deja ir la tarde mientras comen pizza y escuchan a una gitana que les lee la suerte. Del otro lado un guía espiritual de pantalones blancos y barba nevada hasta el pecho conjuga sus oraciones y reparte padrenuestros. Una chica muy chic corta el ritmo de las arengas mientras grita excitada: “Coño, yo no me quedo, pero qué bien que la gente proteste”. A su lado pasa un grupo de locos que parecen sacados de la legendaria película de Kubrick, La naranja mecánica. Muy cerca de allí las pancartas van y vienen. Una tiene una frase temeraria: “Saquen los rosarios de nuestros ovarios”.

Los más contestatarios se suben a los cristales de la boca del metro. Los medios vigilan y toman notas. Algunos fotógrafos logran colarse a los edificios esquineros de la plaza, obturan y obtienen sus panorámicas. Quizás en alguna de ellas se lea otro cartel muy divertido: “Nos mean encima y nos dicen que llueve”. Algunos más, una vez terminadas las copas y cerrados los bares, llegan a Sol y acompañan la noche atraídos por el imán de la multitud. Quizá consigan otra cerveza por un euro si los comerciantes chinos aún no han cerrado sus mercados ambulantes. En el fondo la pregunta es si sobrevivirá este movimiento ciudadano después de las elecciones de hoy. “Yo creo que se disuelve”, resume apesadumbrado Alejandro García. Apenas a una manzana de allí un joven, mientras toma un whisky, lee imbuido El valle del terror, de Arthur Conan Doyle, y parece un mal chiste.

Las protestas en el mundo

El inconformismo de los españoles con la forma de hacer política de sus dirigentes es tal que poco a poco miles de ibéricos que viven en el exilio han ido sumándose al movimiento ciudadano Democracia real ya, que desde hace una semana acampa en la emblemática Plaza del Sol de Madrid a modo de protesta.

La ola de manifestaciones empezó por Europa. París, Lisboa, Roma y Londres fueron las primeras ciudades en albergar concentraciones ciudadanas en inmediaciones de las embajadas españolas. El efecto continuó en Atenas, Edimburgo y Berlín, entre otras, y se extendió por los demás continentes. En África, Marruecos lideró las protestas; en Asia fue Japón; en Oceanía, Australia, y en América, Colombia, Argentina y EE.UU.

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