El Mundo |7 Ago 2012 - 9:00 pm
Se cumplen 67 años del ataque nuclear estadounidense a Hiroshima
El holocausto japonés
Persisten muertes por cáncer y otros efectos de la radiación en los sobrevivientes de las bombas y no han sido pocos los accidentes en las plantas nucleares.
Por: Pío García*
Un joven observa una gran fotografía de la ciudad de Hiroshima, oeste de Japón, devastada por una bomba nuclear en 1945. / EFE
En las últimas semanas, cientos de miles de manifestantes se han volcado a las calles japonesas a protestar contra la reapertura de las plantas nucleares en Fukushima, dañadas por el tsunami en marzo de 2011. La tragedia de las villas y ciudades arrasadas por la ola de más de 12 metros, desencadenada por un sismo de 9 grados Richter, resultó agravada por las fisuras en las plantas atómicas y la fuga radiactiva. Las emisiones continuaron durante los meses siguientes y aún hoy no es del todo fiable la información oficial que reportan los organismos de control de dichas plantas, debido a los intereses aparejados de las grandes corporaciones y algunos políticos profesionales que obstruyen la vigilancia empresarial.
Fue lo que, en efecto, ocurrió con el grupo Daiichi, propietario de la planta de Fukushima, que mantuvo en operación equipos obsoletos y plantas sin suficiente mantenimiento, con base en informes de seguridad maquillados pero aceptados por funcionarios venales. Desde hace 67 años, el poder nuclear representa para los japoneses un asunto aciago.
El 6 de agosto de 1945 empezó su tragedia atómica. A esas alturas de la guerra, sus grandes ciudades estaban destruidas, lo mismo que las principales instalaciones militares y las fábricas, mientras los primeros contingentes estadounidenses ya ocupaban las islas del extremo sur del país, en Okinawa. No había manera alguna de evitar la derrota; sin embargo, el emperador y el alto mando persistían en continuar la guerra, de modo que el mensaje de rendición no llegaba.
Resuelta la guerra en Europa, la carrera entre los vencedores se volvió competencia de posiciones, y era necesario usar un arma definitiva para detener a japoneses y soviéticos por igual. El 5 de agosto el destino de las urbes menos afectadas quedó decidido; serían el objetivo del arma salida del Proyecto Manhattan. “Padre todopoderoso, que escuchas los ruegos de quienes te aman, te pedimos que asistas a quienes se aventurarán en las alturas del cielo y se adentrarán en las filas enemigas, guíalos y protégelos”, rezó el piloto William Douney antes del despegue del Enola Gay, desde la isla de Guam, con los primeros fulgores del día en el inmenso Pacífico. A las 11 de la mañana, tras descargar el Little Boy, 150.000 personas perecieron calcinadas en Hiroshima. Tres días después, un vuelo similar arrojó el Fat Man en Nagasaki, con un saldo de población incinerada cercano al anterior holocausto. Sin más dilaciones, el Gobierno claudicó y Estados Unidos continuó con la ocupación del resto del país.
Desde los años de su recuperación económica y anímica, los japoneses han mantenido una relación ambigua con la energía nuclear. Aún ocurren muertes por cáncer y otros efectos de la radiación en los sobrevivientes de las bombas, y no han sido pocos los accidentes en las plantas nucleares generadoras de electricidad. Pero la dependencia de esa energía les parece inevitable. Es la mayor fuente de electricidad, con un aporte del 30% de la generación total. Tras años de investigación propia, en 1991 empezó a operar la primera central de tecnología local, en Aomori, al norte del país, elevando el orgullo nacional. El plan de expansión nuclear antes del accidente de Fukushima contemplaba duplicar la electricidad de origen atómico hasta alcanzar 137 millones de kilovatios en 2030.
El desarrollo industrial japonés demandó influjos energéticos diversificados, desde el petróleo y el gas hasta la energía hidroeléctrica, eólica y solar. La mayor parte de ese aporte es importado. En estas circunstancias, el lobby de las empresas para producir energía atómica ha sido exitoso y hasta ahora ha logrado el patrocinio de los gobernantes de turno. Un programa de ahorro, allá como en todo el mundo, permitiría mermar en un tercio el consumo, para obviar el riesgo de la zozobra nuclear. El problema es que sus inversiones no se aprecian con el ahorro sino con el consumo. De ahí que prevalezca el derroche y no el ahorro de la energía, aún en Japón que se caracteriza por ser un pueblo disciplinado y cívico.
Superar la dependencia de la energía atómica es perfectamente posible, como lo ha demostrado Alemania, que tampoco tiene petróleo. Para tal propósito, los japoneses tienen la opción del ahorro energético y el uso intenso de fuentes alternativas, pero ante el poder económico de las grandes empresas el Gobierno es rehén y el ciudadano corriente paga su propio desasosiego.
* Docente e investigador, Universidad Externado.
Por: Pío García*
Última hora
-
Editorial | Mayo 24 - 11:05 pm Festejo (poco) democrático
Lo más compartido
-
Opinión | Mayo 11 - 11:00 pm “Para el Vaticano es urgente canonizar colombianos”
Opiniones
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.
Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado.
Regístrese o ingrese aquí








Opinión por:
danilov0127
Mie, 08/08/2012 - 09:56
Opinión por:
jamegar
Mie, 08/08/2012 - 08:25
Opinión por:
chuchofenix
Mie, 08/08/2012 - 07:27
Opinión por:
Cadicamo
Mie, 08/08/2012 - 02:53