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Internacional| 10 Ene 2009 - 10:00 pm
La isla era el símbolo del planeta que se disputaban fuerzas imperiales
Cuba: cincuenta años de una aventura (I)
Por: William Ospina / Especial para El Espectador
En esta primera entrega, Ospina relata cómo la Revolución le dio voz al oprimido pueblo cubano. Desde 1959, cuando los guerrilleros entraron en La Habana, el país se convirtió en símbolo de un sueño histórico.
Cuando en 1991 se desplomó el llamado mundo socialista, nadie se hacía ilusiones sobre la suerte de Cuba. Había sobrevivido tres décadas a un bloqueo infame de los Estados Unidos gracias a proclamarse socialista y a unir su destino al de las naciones que gravitaban en torno a la Unión Soviética, pero había vivido de vender su azúcar a unos aliados que la compraban a precio de oro. La caída de la Unión Soviética y de sus satélites dejaba al país de repente flotando en el vacío; era una isla dependiente, que sólo producía azúcar y tabaco, y no parecía estar en condiciones de soportar el bloqueo mucho tiempo más.
En esos años, Cuba había resistido también, gracias a la solidaridad internacional y al prestigio de sus dirigentes, una campaña de difamación continental que mostraba a los gobernantes cubanos como tiranos sangrientos y al cubano como un pueblo humillado y aplastado por la tiranía. Yo tenía ocho años en 1962 cuando oía por la radio esos programas difundidos por “La voz de los Estados Unidos”, que propagaban en todo el continente la imagen de Cuba como un infierno inhabitable.
Pero la verdad es que, gracias a la Revolución, por primera vez en mucho tiempo el pueblo cubano tuvo derecho a la educación, a la salud y a la esperanza. Por primera vez vivió la certeza de ser dueño de una isla donde sus padres habían sido esclavos y peones durante siglos, donde la riqueza y el goce de la vida sólo fueron posibles para unos pocos colonizadores peninsulares, para esa aristocracia criolla que hizo del Caribe su paraíso sobre un mar de desdichas y para esos magnates norteamericanos que tenían en Cuba su Jauja y su Sibaris.
Desde enero de 1959, cuando los jóvenes guerrilleros cubanos, barbados y llenos de proyectos, entraron en La Habana fumando sus puros enormes y rodeados por leguas de entusiasmo colectivo, Cuba se había convertido en el símbolo de un sueño histórico. Legiones de jóvenes solidarios venían del mundo a participar en las zafras, a sumarse al entusiasmo de esos dirigentes, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara, que estaban tratando de instaurar la justicia sobre largos años de humillación y de tiranía.
Los Estados Unidos, habituados a ver caer a los dictadores que ellos mismos habían instalado sobre las repúblicas bananeras, azucareras y cafeteras, ya se disponían a apoyar estratégicamente al nuevo aliado, cuando advirtieron que la Revolución cubana quería de verdad contrariar unos siglos de desprecio hacia la gente humilde, discutir el derecho de los privilegiados, y empezaba a confiscar propiedades norteamericanas, sobre todo de los grandes capitales que, aprovechando las crisis económicas, prácticamente se habían comprado la isla.
Era como si en Cuba, contra todas las previsiones meteorológicas, hubiera surgido de repente un ciclón, y las consecuencias de la nacionalización de las empresas fueron la fuga de capitales, el desplazamiento de los magnates anexionistas hacia la vecina península de la Florida y, finalmente, el bloqueo económico, impuesto por los Estados Unidos pero exigido por ellos también a las otras naciones, un bloqueo que prohibía desde entonces todo comercio, incluso humanitario, y condenaba a la isla a la extenuación y a la derrota.
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Opinión por:
Alvaro sepulveda
12 Enero 2009 - 11:25am
Opinión por:
carmen arevalo
12 Enero 2009 - 5:54pm
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