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La nueva tercera vía

Islandia es el primer país en elegir a una lesbiana como jefa de gobierno. Hoy, dos gays lideran las encuestas electorales en Francia y Alemania. Un nuevo capítulo en la política europea.

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David Mayorga
03 de febrero de 2009 - 07:56 p. m.
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El domingo pasado los diarios islandeses salieron a la calle con una primicia. Jóhanna Sigurdardóttir, la hasta entonces ministra de Asuntos Sociales, era confirmada como primera ministra después de que los partidos de izquierda se pusieran de acuerdo en el nombramiento. Como es natural, la noticia se difundió por todo el mundo. Pero los medios internacionales añadieron un nuevo detalle a la información: era la primera persona declarada públicamente homosexual en asumir la jefatura de un gobierno.

Este dato no causó revuelo alguno en su país; de hecho, los medios de la isla se enteraron de la orientación sexual de su nueva jefa de gobierno por las noticias del exterior. “Con quien duerme la primera ministra en las noches no está dentro de la lista de prioridades de las personas”, le dijo el periodista Ingo Sigfusson a la cadena británica BBC.

La reacción de los islandeses no es de extrañar. Desde 1940 se anularon todas las leyes que discriminaban a los homosexuales, y en 1996 el matrimonio entre personas del mismo sexo dejó de considerarse como delito.

El ascenso de Sigurdardóttir al poder no obedece a una decisión desesperada ante la grave crisis económica que decapitó la economía islandesa. Mientras el gobierno saliente del conservador Geir Haarde capoteaba sin éxito la abultada inflación, el debilitamiento de la moneda y la gigante deuda bancaria, la entonces ministra era el único miembro del gabinete con un índice de popularidad positivo: 70%.

Desde su designación, Islandia parece haber encontrado una nueva esperanza para su futuro. La historia de la nueva gobernante es todo un ejemplo de persistencia y tenacidad (ver recuadro), pero también es una prueba contundente: la orientación sexual (al igual que la raza) de sus candidatos es un tema poco relevante para los electores del siglo XXI.

Del odio al liderazgo

Los años 60 marcaron la historia de los Estados Unidos. A la par que miles de jóvenes se enlistaban para derrotar al comunismo en Vietnam, la contracultura se tomaba el país. El sexo y las drogas dejaron de ser un tema tabú, así como la defensa de los derechos civiles.

Fue cuando Harvey Milk dejó un cómodo trabajo como analista de Wall Street y probó suerte junto a su amante Jack McKinley en la ciudad de San Francisco, reconocida por sus múltiples comunidades para homosexuales.

A los pocos meses de su llegada, Milk encontró su vocación política y fue convirtiéndose en un referente dentro de los suyos. Su estilo de hacer política, comparado con el teatro, le valió para postularse a varios cargos de elección popular, aspiración


que concretó en 1977 al ser elegido concejal de San Francisco. Se convirtió así en el primer homosexual en alcanzar un cargo de elección popular en el país del norte.

Uno de sus primeros logros fue la aprobación de una ley que prohibía la discriminación por razones de orientación sexual. Pero su carrera política, y su vida, terminaron nueve meses después de su posesión, cuando uno de sus colegas le disparó cinco veces.

Milk se convirtió en un ícono de la comunidad homosexual y de la defensa de los derechos civiles en E.U. En su honor se filmó el año pasado la cinta Milk, del director Gus Van Sant, nominada a ocho Premios Oscar. Pero éste no es el único caso de agresión o persecución a un servidor público cuya orientación sexual sea conocida públicamente.

 Ole von Beust, alcalde de Hamburgo, tuvo que revelar públicamente su orientación sexual después de ser chantajeado y presionado por Ronald Schill, vicealcalde de la ciudad. El escándalo hizo que su popularidad se elevara, siendo reelegido por el 47,2% de los votos en las elecciones de 2004.

 Algo parecido le ocurrió a su colega Klaus Wowereit, quien en la campaña por la alcaldía de Berlín en 2001 le dijo a la prensa local: “Soy gay y estoy bien así”. Tras ganar en las urnas, se supo que la revelación fue realizada para evitar un escándalo mayor en las páginas amarillistas alemanas.

El actual alcalde de París, Bertrand Delanoë, corrió con peor suerte. Fue acuchillado en 2002 por un hombre que, una vez capturado, confesó: “No me gustan los políticos, y menos los gays”.

Tanto Wowereit como Delanoë lideran hoy las encuestas para llegar a la jefatura de gobierno de Alemania y Francia. Ellos, junto con Sigurdardóttir, serían los protagonistas de un nuevo capítulo en la política europea.

Una líder paciente

En 1994, una vez supo que había perdido el liderazgo de los socialdemócratas, Jóhanna Sigurdardóttir exclamó: “Mi momento llegará”. Sus palabras se convirtieron en un referente para los islandeses en los tiempos de crisis.

Esta mujer de 66 años obtuvo su diploma de Comercio en una universidad local. Su primer trabajo fue en el aire: se desempeñó como azafata de la aerolínea estatal por nueve años, convirtiéndose después en líder sindical.

Su carrera política inició en 1978 al ser elegida al Parlamento islandés. Desde entonces ha ocupado el Ministerio de Asuntos Sociales y Seguridad Social en dos ocasiones.

En 1994 abandonó a los socialdemócratas para fundar el Movimiento Nacional.

Tiene de dos hijos de su primer matrimonio. Actualmente está casada con la periodista y dramaturga Jónína Leósdóttir.

Por David Mayorga

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