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El Mundo 12 Mayo 2009 - 11:00 pm

Suráfrica, el ejemplo regional

Los grandes desafíos de África

El continente no es solo conflicto y tiranía.  Varios países han hecho grandes progresos.

Por: Frederik de Klerk / Especial para El Espectador
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Foto: Reuters

La relación de Suráfrica con el resto del continente es como la de los Estados Unidos con Latinoamérica: es de lejos el chico más grande del vecindario. Su economía es tres veces más grande que la de Nigeria, que le sigue a Suráfrica, y veinte veces mayor que la de Zimbabue. Los surafricanos consumen dos veces más electricidad que el resto de África subsahariana. Con menos del 7% de la población de la región, produce el 33% de su Producto Interno Bruto (PIB).

Lamentablemente, su vecindario —África subsahariana— es una de las regiones más pobres y problemáticas del mundo. Las percepciones internacionales sobre África están dominadas por los malos sucesos que toman lugar más arriba, en Darfur, Somalia y la República Democrática del Congo —a pesar de los progresos que se han hecho al resolver los conflictos en Liberia y Sierra Leona—. Al lado, en Zimbabue, el presidente Mugabe sigue presidiendo el desarme sistemático de su economía, simbolizado por los billetes de cien trillones de dólares que está imprimiendo. Pero el progreso tranquilo y regular que logran muchas otras naciones africanas no llega a los titulares.

La percepción general es que África se está quedando cada vez más atrás en la carrera mundial.  La verdad es que entre 1960 y 2005 el Índice de Desarrollo Humano en el mundo industrializado subió de 0.260 a 0.691 en una escala en donde el 1.0 representa los niveles más altos de desarrollo. Sin embargo, en África subsahariana sólo subió de 0.2 a 0.493.  También es una realidad que entre 1990 y 2005 el Producto Nacional Bruto (PNB) per cápita en Africa subsahariana creció sólo 0,5% cada año, comparado con un crecimiento medio de 3,1% en el resto del mundo desarrollado durante el mismo período. No obstante, según el Banco Mundial, el crecimiento medio de la región el año pasado fue de un impresionante 5,4%. Muy a menudo, el mundo se inclina a mirar sólo los desarrollos negativos en África, y esto genera pesimismo sobre el continente.

Pero si uno lo mira con más discernimiento, empieza a darse cuenta de qué tan injusta es esta percepción. Los países que conforman el estereotipo de pobreza, conflicto y tiranía lo hacen no porque sean africanos, sino porque la pobreza, la tiranía y el conflicto van mano a mano a través de la historia mundial y no sólo en África. Los diez países que han experimentado los conflictos más amargos durante la década pasada tienen una cosa en común: casi todos son pobres. El PNB per cápita de estos países es de menos de US$370, comparado con el ingreso medio de África subsaharina de $845.

La pobreza y el estado de desarrollo político también van mano a mano: el PNB medio per cápita de los países de África subsahariana que están clasificados como “no libres” es US$352; el de los países considerados como “medio libres” es US$552; y el de los “países libres” es US$2.115.

Como corresponde, el problema es la pobreza, no África.

El desafió para el mundo —y más notablemente para África— es enfrentar las raíces del círculo vicioso de la pobreza, el conflicto y la tiranía en el continente.

Y éste es un desafío que  aceptamos. En julio de 2001, los líderes  que se reunieron en la 37 Cumbre de la Unión de Países Africanos (UA) crearon la Nueva Asociación para el Desarrollo de África (NADA) “para consolidar la democracia y una economía sólida en el continente”.

¿Cómo ha progresado África desde entonces para lograr esos elevados objetivos?  La UA —con apoyo fuerte del presidente Mbeki de Suráfrica— ha hecho mucho para tratar los conflictos que quedan en el continente. Ha tenido éxitos notables, particularmente en Sierra Leona, Liberia, Costa de Marfil y el sur de Sudán. Sigue jugando un rol positivo, aunque menos exitoso, en la República Democrática del Congo y Darfur, pero hasta ahora no ha hecho mucho para tratar la situación en Zimbabue.

África ha tenido éxito también en el objetivo central de la NADA de fomentar la democracia.  La Casa de la Libertad, una organización en Nueva York que regula el estado de los derechos civiles y políticos en países a través del mundo, ahora clasifica como democracias “libres” a 11 de los 52 estados de áfrica; 23 son clasificados como “medio libres” y 18 como “no libres”. De modo interesante, el despotismo no es un fenómeno primariamente de la región  subsahariana: cuatro de los cinco países al norte del Sahara son clasificados como “no libres”.

Los gobiernos africanos también se comprometieron a crear un ambiente en el que pudiera crecer la economía del continente. Según la Comisión para África, de Tony Blair, les tocaba mejorar la integridad de sus sistemas legales y su infraestructura física. Tenían que


tratar problemas de mala gerencia y corrupción y dejar de sobrerregular el sector privado. También tenían que estimular el comercio por medio de mayor integración regional y la reducción de barreras arancelarias  y no arancelarias. ¿Cómo les ha ido?

La corrupción todavía es un gran problema en la mayoría de países africanos.  En un sondeo realizado por Transparencia Internacional en 2006, 35% de africanos reportaron que ellos o alguien en su hogar habían pagado alguna forma de soborno durante los 12 meses precedentes. Las cifras correspondientes en los Estados Unidos y la Unión Europea eran de 2%; en Asia y el Pacífico,  7%; en los países recién independizados de Asia y Europa, 11%; y en Latinoamérica, 17%. De modo interesante, la cifra de Suráfrica era sólo 5%.

También hay problemas irresueltos con la política macroeconómica y la buena gerencia.

Según el reporte de 2006 de la Red de Libertad Económica, Botswana tiene la economía más libre de África. No obstante, su ranking mundial es 35. Sólo tres países africanos logran estar entre las 50 economías más libres del mundo. Suráfrica se encuentra en el puesto 53 de este listado; 19 de las economías menos libres del mundo son de África. Todo esto tiene implicaciones serias para el compromiso que hizo la NADA a la buena gerencia y su objetivo de fomentar el desarrollo.

Existen unas facetas de la política económica que las naciones africanas deben tratar de una vez.  Deben parar la huida del capital del continente. Aunque África se queja, con razón, por su carga agobiante de deudas, la realidad es que US$285 mil millones se fueron del continente entre 1970 y 1996. Cada año, África pierde US$20 mil millones más, lo que significa que por cada dólar prestado a África durante décadas recientes, aproximadamente 80 centavos han vuelto al mundo desarrollado.

África debe liberalizar sus propias tarifas que están entre las más altas del mundo. Debe expandir el comercio intrarregional, lo que ahora sólo suma el 10% de su comercio total, comparado con el comercio intrarregional en Europa y Norteamérica que asciende a entre 67% y 40% de su comercio total, respectivamente.

Al mismo tiempo, hay mucho que la comunidad internacional puede hacer para igualar las condiciones de la competencia económica.

Se deben tomar medidas para aumentar la participación de África en el comercio mundial, que ha bajado de 2% en 1980 a 1% en 1999. Aunque las naciones del primer mundo no se demoran en hablar de la necesidad de ayudar en el desarrollo de las economías africanas, frecuentemente son despiadadas cuando éste afecta sus propios intereses de manera adversa. Las tarifas que imponen sobre artículos importados de África son entre cuatro y siete veces más altas de las que imponen sobre artículos de exportación.  Más serio aún, los países desarrollados siguen subsidiando a sus granjeros con US$280 mil millones  por año, así que les hacen difícil a los africanos competir en la única área en que tendrían una ventaja competitiva.

África necesita dos cosas: un descanso justo por parte del resto del mundo y la determinación de tratar sus propios problemas. La NADA está diseñada para hacer exactamente eso. El desafío será aportar sustancia real a la NADA y asegurar que no se deteriore en otra ronda de charlas con una creciente burocracia.

Una cosa que será clave en el futuro éxito de África es el desarrollo de centros prósperos y democráticos en sus regiones principales: Nigeria en el occidente, Suráfrica en el sur, y Kenia en el oriente. Sin embargo, la reciente violencia y la elección fracasada en Kenia demuestran qué tan frágil puede ser este proceso.

Mucho dependerá del éxito continuado de Suráfrica —el chico más grande del vecindario—.  Si puede seguir afianzando su excelente democracia constitucional; si puede persistir con políticas prudentes de la macroeconomía que le han aportado 14 años del crecimiento sostenido y si puede mantener la armonía entre sus razas y comunidades constituyentes, entonces será capaz de jugar un papel crucial en fomentar la paz, el desarrollo y la prosperidad a través de su región, y a la larga, a través del continente.

*Ex presidente surafricano y Premio Nobel de Paz invitado al Foro sobre Liderazgo que organiza este diario.

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