Internacional |17 Nov 2009 - 10:58 pm
Los conflictos de los soldados musulmanes en el ejército estadounidense
Alá entre las filas de EE.UU.
Por: Juan Camilo Maldonado T.
El asesinato de 13 personas en Fort Hood, Texas, a manos de un musulmán revive el debate sobre el lugar que ocupan los seguidores del islam en Norteamérica y cómo manejan los dilemas de la guerra en Oriente Medio.
Foto: Reuters
Los capellanes de Fort Hood visitaron la semana pasada a este imán, consejero del mayor Hasan, y lo invitaron al funeral de sus víctimas.Cuando a comienzos de noviembre Nidal Malik Hasan disparó sus dos pistolas en una oficina de Fort Hood, Texas, un detalle prendió las alarmas inmediatas de investigadores y periodistas. El psicólogo y soldado de las fuerzas armadas norteamericanas, de ascendencia palestina, había gritado “Allahu akbar” (‘Dios es grande’) antes de asesinar a 13 personas y herir a 30.
“Terrorismo”, dijeron entonces algunos especialistas, incluso el senador independiente Joe Lieberman, quien abrió ayer una investigación en el Comité de Seguridad Doméstica del Senado para demostrar que las motivaciones asesinas de Hasan superaban la mera inestabilidad psicológica. Otros, desde sectores más reaccionarios y amparados por tribunas ultraconservadoras, como el canal de noticias Fox News, lanzaron una propuesta: prohibir que los musulmanes sean admitidos en las filas del ejército estadounidense, como lo enunció Bryan Fischer, director de análisis de coyuntura de la American Family Foundation.
Probablemente, desde los atentados del 9-11 no se vivía en Estados Unidos un clima antimusulmán tan enrarecido como el de estas últimas dos semanas. Tan intenso, que uno de los miembros de la cúpula del ejército, el general George Casey Jr., dijo durante una entrevista con CNN que temía que tanta especulación generará “retaliaciones contra algunos de los soldados musulmanes” que prestan servicio en las filas de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.
Hasta el Presidente se mostró preocupado de que la confesión religiosa de Hasan terminara desbordándose y empeorara la islamofobia norteamericana. Y por eso, durante el funeral de las víctimas de la masacre, y pese a sus críticos, que lo consideraron muy blando, Barack Obama pidió al país entero “no apresurarse en los juicios”, temiendo, quizá, que el episodio desate de nuevo una oleada de prejuicios y hostilidad irracional contra los musulmanes. “Somos una nación que garantiza la libertad de culto. Y en lugar de reclamar que Dios esté de nuestro lado, recordamos las palabras de Lincoln, y siempre oramos para poder estar del lado Dios”, dijo en el funeral de las víctimas.
El episodio de Hasan, sin embargo, también dejó en relieve la dura dificultad que enfrentan en las filas norteamericanas los más de 3.000 uniformados musulmanes, según el Departamento de Defensa. Ocho años después de comenzadas las campañas en Irak y Afganistán, países de mayorías islámicas, muchos soldados musulmanes se ven confrontados por un difícil dilema: ser leales a la bandera estadounidense y al mismo tiempo participar activamente en conflictos internacionales en donde verán morir a militares y civiles pertenecientes a su comunidad religiosa.
“Es como un guerra civil”, decía la semana pasada Abdi Akgun, un ex soldado de 28 años, en diálogo con el diario The New York Times. “Uno no quiere manchar su fe, ni manchar a los compañeros musulmanes y tampoco manchar la bandera de su país”.
No es un dilema nuevo. Desde la Guerra del Golfo, a comienzos de los noventa, el ejército norteamericano buscó reconciliar la necesidad de utilizar tropas árabes que facilitaran el trabajo en Oriente Medio con el conflicto de intereses que esto podría representar. Según The New York Times, el asunto se resolvió justificando la guerra como una “Guerra justa” desde la perspectiva del Corán, según el cual el conflicto es justo en la medida en que busque liberar a los pueblos de la opresión.
Decenas de musulmanes han servido en las operaciones en Afganistán e Irak, ganando incluso medallas de honor incontables veces (se calcula que 212 de ellos han sido condecorados por acciones en Afganistán e Irak). En cambio, son contados los casos como el de Hasan. El más reciente, el de un sargento que en 2003 asesinó a dos soldados al arrojar varias granadas dentro de una tienda de campaña en Kuwait. El sargento, llamado Hasan Akbar, escribó en su diario: “Puede que no haya matado a ningún musulmán, pero ser parte de este ejército es lo mismo. Pronto tendré que decidir a quién matar”.
Preocupada por la manera en la que estos episodios profundizan la estigmatización de los árabes-americanos, la investigadora Alia Malek se quejaba esta semana en The Washington Post: “Los árabes-americanos no son parte de lo que se percibe como norteamericano… y actos como el del mayor Hasan terminan tendiendo una sombra de culpabilidad colectiva sobre millones de musulmanes (en Estados Unidos)”.
Pese a estas protestas, el incidente de Hasan parece haber cobrado ya su cuota en la cultura. Comentaristas y expertos, de la talla del columnista Tunku Varadarajan, de la revista Forbes, juegan con el tema sin importar el peligro. Así, el profesor de la escuela de negocios de la Universidad de Nueva York propuso en estos días un nuevo término, que juega con expresiones como ‘going nuts’ (‘volverse loco’). El término acuñado por Varadarajan significaría “un nuevo fenómeno de rabia violenta” y está inspirado en el episodio de Hasan: “going Muslim” (‘volverse musulmán’).
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Juan Camilo Maldonado T. | Elespectador.com
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