Haití: el país zombi

Por donde se revise, la historia haitiana está signada por la desgracia y la violencia. Para entender cómo es el país caribeño, <strong>El Espectador</strong> publica este impresionante relato escrito por un periodista que ha seguido su drama desde los años 90.

Historia de muerte

La violencia, y más aún la violencia política, no es en Haití patrimonio de estos años. Toda su historia está atravesada por la muerte, desde los tiempos remotos cuando los esclavos negros, de la mano de Toussaint Louverture, lograron el fin de la esclavitud, en 1794. O diez años después, bajo la dirección de Jean Jacques Dessalines, cuando la independencia de Francia se abrió paso a punta de machete, pólvora y palos, envuelta en un deseo de venganza contra los blancos.

La primera república negra del mundo no trataría mejor a los de su raza. Por ahí andaba Henry Christophe, quien apenas en una década pasó de cocinero a comerciante para morir en 1820 como Rey de Haití, abandonado por sus oficiales y su corte, y apaleado por una turba enardecida, harta de su despotismo, en el Palacio de Sans Souci, al sur de la imperial y norteña Ciudad del Cabo, hoy Cap Haitien. No fueron mejor las cosas con Jean Pierre Boyer, quien tuvo el raro privilegio de ver cómo en 1844 la zona oriental de la isla La Española se declaraba independiente para dar nacimiento a la República de Santo Domingo, la actual República Dominicana.

La historia posterior se caracterizó por luchas desmedidas, deseos de poder y de gloria entre negros y mulatos, como los de Faustin Elie Soulouque quien en 1849 se proclamó “Emperador Faustino I”. Todo regado con sangre. A excepción de pequeños períodos de calma, Haití siempre pareció encontrar motivos para resolver sus diferencias a punta de pistola. Habiendo desplazado a Francia como potencia dominante, Estados Unidos no necesitó demasiadas excusas para poner un pie en la isla con el pretexto de imponer orden. Era 1915 y la Primera Guerra Mundial recién comenzaba.

Los diecinueve años de ocupación norteamericana finalizaron el 15 de agosto de 1934, pero aquella no sería la última, ni mucho menos. Las tres décadas siguientes serían un compendio de golpes de Estado, renuncias forzadas de presidentes, hasta que en 1957 irrumpe en la política haitiana la figura más diabólica de la historia del país: François Papa Doc Duvalier, quien inauguró una dinastía montada en el terror, con grupos de paramilitares que sembraron la tierra con cinco mil cadáveres hasta la mitad de la década de los años 90. Reformada la Constitución a su medida y poco antes de morir el 21 de abril de 1971, Papa Doc nombró sucesor y “presidente vitalicio” a su hijo de diecinueve años, Jean-Claude Baby Doc Duvalier, cargo que ejerció hasta comienzos de 1986. Destino manifiesto de todo presidente haitiano, el pequeño Duvalier huyó del país hacia la Riviera Francesa, en donde aún hoy sueña con volver triunfante a Puerto Príncipe.

La independencia de Francia fue declarada el 1° de enero de 1804 en Gonaives, al oeste de la isla, por Dessalines, quien tomó prestado el título de “Emperador” para morir asesinado apenas dos años después con su uniforme azulado, salpicado de borlas doradas. Rebelde de nacimiento, hoy la ciudad es la cuarta en importancia, con sus doscientos mil habitantes. Y fue allí, en sus calles polvorientas, en donde se comenzó a gestar el “asesinato político” de Jean Bertrand Aristide cuando el país entero se preparaba para sumarse a los bailes del Carnaval.

Nada de eso parece importarle a Marc. Tiene 5 años, las piernas flacas y la mirada gris. Sin dejar de mirar el suelo pedregoso, se frota la panza una y otra vez en una señal inequívoca. Tiene hambre. El billete de cincuenta gourdes (poco más de un dólar) en sus manos ajadas le devuelve una sonrisa blanca, perdida hace tiempo. Sentado en una lata de aceite, revuelve sus pies negros sobre la tierra y se va sin decir nada camino al mar.

Llegar a la ciudad de Gonaives, a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de Puerto Príncipe, es un viaje al olvido. Hacia una tierra de niños desnutridos, como en todo el país. De hombres y mujeres –en Haití no hay ancianos– de ojos amarillentos y ropas raídas por la pobreza. De olores indescifrables, mezcla de orina, estiércol y queso podrido, que se eleva desde el mar verdoso hacia los cerros color panza de burro, diezmados e inservibles. Es un viaje a la “República Independiente de Gonaives”, en manos de los rebeldes del “ejército caníbal”, los opositores a Aristide. Las distancias en Haití, como el tiempo, son relativas. Hay que pasar por tres horas y media de tormentos en un camino zigzagueante, mitad pavimentado, mitad de piedras redondas color tiza, como las del lecho de un río seco. Una ruta pegada al mar, que al amanecer tiene todos los azules y los verdes.

Puerto Príncipe no es muy diferente. Además de sus callejuelas intrincadas que bajan de los cerros hacia el mar turquesa, tiene una distribución geográfica que parece pensada por un diablo, un urbanista perverso o por Eshu, el Loa (Dios) de la Venganza para el vudú. Y es que los sectores más ricos de este país empobrecido –en donde el ochenta por ciento de la población pasa hambre y la enfermedad más extendida es la desnutrición– viven colgados de los cerros, en sus fortalezas blindadas por muros de concreto. Abajo, en apretadas barriadas casi sin luz y sin agua potable, el “Haití real” se desmaya por el hambre, se muere por la violencia o agoniza porque sí. Blanco y negro de un país dirigido por mestizos y blancos, en un país con noventa y cinco por ciento de negros, de origen africano.

Unos cien kilómetros más al norte de Gonaives se encuentra Cap Haitien, la segunda ciudad del país con sus quinientas mil almas, convertida en “comandancia” de la otra vertiente de los rebeldes alzados en armas que controlan medio país, tan pequeño que sólo es la mitad de Suiza y que tiene ocho millones de habitantes.

Dos veces muerto

De Gonaives era Clervius Narcise. “Ésta es mi tumba, aquí es donde me enterraron. Cuando fallecí me metieron en esta tumba. Yo morí el 3/5/1962 y fui enterrado aquí al día siguiente. Me metieron aquí debajo y estuve más de dos días sepultado. Después vinieron a buscarme. Me llamaron. Oí que me decían ‘levántate’ y yo me levanté y salí de la tumba contestando a los que me llamaban. Estaba muy agitado. Me senté en la tumba y me amarraron los brazos con cuerdas. Después me tuvieron trabajando en una plantación durante dos años y nueve meses”.

Narcise es el zombi más famoso del mundo, y no es para menos. Un informe judicial del 26 de enero de 1980 identifica como Clervius Narcise al individuo que fue hallado el 18 de enero de ese año, vagando semidesnudo y en estado de shock, por las afueras de su pueblo natal. Sin embargo, el 3 de mayo de 1962 se había certificado su muerte en el hospital Albert Schweitzer, de Gonaives. Gracias a una terapia, Narcise se recuperó parcialmente, lo que no ha ocurrido con casi ningún otro caso de zombificación, y pudo de esta forma aportar datos para una investigación posterior.


Narcise contó en detalle cómo su alma había sido robada por un Bokor (un hechicero especialista en el uso de venenos y en “separar el alma del cuerpo”, según la creencia del vudú) y cómo su cuerpo paralizado había sido enterrado vivo. Este “muerto en vida”, un zombi en definitiva, detalló el terror de escuchar a los médicos certificando su muerte, y su incapacidad de gritar que estaba vivo. Relató la agonía de permanecer encerrado bajo una tierra húmeda horas interminables, y cómo fue desenterrado por el Bokor y sus ayudantes, golpeado, atado y vendido como esclavo en una plantación, donde había otros zombis como él. Cuando el capataz de la plantación murió, los zombis comenzaron a vagar durante años por los caminos de Haití, hasta que la fortuna lo llevó nuevamente a su ciudad, donde fue reconocido por su familia. Narcise, casado y padre de un hijo, fallecería para siempre años después. Hasta ahora, no ha vuelto a levantarse de su tumba.

Haití es un zombi. Una muestra más de lo real y de lo fantástico de un pueblo que se dice católico, pero que en el más íntimo de los secretos profesa el vudú, una religión de origen afro que adora a un solo dios, Bondye, y a toda una galería de “seres espirituales” ––los Loas–– como Erzuli, la diosa del amor, o Agw, el soberano de los mares que ––dicen–– ejerce una gran influencia en la política. La zombificación es una pena capital, una condena infamante dentro del vudú. Y el zombi no es otra cosa que una persona a la que le han arrebatado el ti bon ange (la ‘conciencia’ en el mundo occidental y cristiano), como forma de castigo: una justicia a la haitiana, ilegal pero legítima. Tan fuerte y poderosa ha sido la influencia del vudú en la vida política del país que la mayoría de sus presidentes y dictadores fueron Houngan (sacerdotes) y miembros de las llamadas Sociedades secretas, instituciones políticas y judiciales encargadas de imponer las penas. Y tan legítima que el año pasado el Estado debió legalizar su práctica.

Una cosa es lo que creen los haitianos sobre el proceso de zombificación y otra muy distinta es cómo se fabrica científicamente. Muchas familias de Haití, ante el temor de que sus familiares muertos puedan ser desenterrados y convertidos en zombis, los hacen morir por segunda vez: les disparan un tiro en la cabeza o le inyectan al cadáver un poderoso veneno. Otros los estrangulan y hay algunos que han llegado a decapitarlos para impedir que los hechiceros puedan hacerlos resucitar. Para la ciencia, en cambio, un zombi no es otra cosa que un ser vivo narcotizado con un poderoso veneno —tetrodontoxina, sesenta mil veces más potente que la cocaína y quinientas más que el cianuro–– extraído de algunas plantas, algas marinas o peces y que los Houngan utilizan a la perfección. Ciencia o magia negra, el temor a la zombificación ha sido utilizado siempre en Haití como mecanismo de control social y político.

En Gonaives, la tumba del zombi Clervius Narcise recibe la visita de curiosos, médicos, antropólogos y turistas. Murió dos veces y al parecer no piensa hacerlo otra vez, aunque en Haití todo es posible. Haití, el pobre Haití es un zombi, un muerto en vida que camina con prisa involuntaria e incomprensible hacia el abismo.

Un encuentro con Aristide antes de su caída

El sol de las dos de la tarde se cuela por las ventanas del palacio presidencial e ilumina el amplio salón de cortinas blancas y paredes beige. Allí, hace cuarenta años, Simon —la esposa de ‘Papa Doc’ Duvalier— les ordenaba a sus sirvientes refrigerarlo hasta el congelamiento para poder lucir sus tapados de pieles. En el palacio ya no están ni Simon ni ‘Papa Doc’, sino Jean Bertrand Aristide (presidente entre 1991 y 1996 y 2001 a 2004). Sentado en un sillón de cuero verde, rodeado de bustos de la familia Kennedy y custodiado por una enorme pintura de Dessalines —el héroe de la independencia—, me mira con serenidad. Detrás de unas gruesas gafas, su ojo derecho se niega a seguir el recorrido del izquierdo. Las manos bailan en el aire, se enroscan, se cruzan y se estrechan, como las de un sacerdote en misa. Intuye que su suerte está echada si la comunidad internacional no despliega una fuerza militar que detenga el avance rebelde desde el norte hacia Puerto Príncipe. Luego de una larga charla, me despido con una pregunta temerosa.

––¿Daría la vida para defender a su gobierno?

––Sí, claro que sí ––responde en perfecto español.

Aristide huyó del país el último día de febrero de un año bisiesto, a las seis de la mañana, un domingo de saqueos y muerte.

 

* Periodista argentino con 20 años de experiencia cubriendo conflictos en toda Latinoamérica. Con su autorización expresa publicamos este fragmento del libro Morir por todo o por nada. Crónicas de la muerte amaestrada en América Latina, editado en Argentina por el sello Crónicas Planeta / Seix Barral.