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Algunos se impresionan al saber que desde que comenzó el programa de erradicación manual en Colombia, en 2005, 40 de sus trabajadores han muerto por culpa de las minas antipersonal. Otros 50 han resultado heridos, la mayoría de veces, por los explosivos. De igual forma, policías y soldados que los custodian también se han visto afectados. El pasado 6 de febrero, dos erradicadores de Neira (Caldas) murieron luego de pisar una mina en Puerto Libertador (Córdoba). En octubre de 2007, otro par falleció por la misma causa en Puerto Guzmán (Putumayo), y ocho hombres resultaron lastimados, dos de ellos, patrulleros de la Policía.
El peor golpe al programa fue en agosto de 2006. Una mina mató a seis erradicadores, hirió a siete y a cinco policías en La Macarena (Meta). Y mientras esto genera reacciones diversas, algunas de preocupación, otras de crítica, en lugares como Putumayo o Antioquia los hombres que se encargan de extraer las matas de coca con sus manos siguen como si nada. Se despiertan a las 5:30 a.m., toman un café preparado por los rancheros hombres que cocinan para todo el campamento y media hora más tarde están vestidos con camisetas azules, pantalones de tela y botas de caucho. Durante 12 horas, mientras haya sol, su única faena es arrancar matas de coca, que luego rocían con glifosato para dejarlas inutilizables.
En Putumayo, de acuerdo con la ONU, hay 14.813 cultivos de coca. En el rango de los departamentos con plantaciones ilegales es el segundo y reportó un 15% más que en 2007. Pero quienes están en la zona no tienen que lidiar con las implicaciones políticas de este incremento. A los erradicadores, así como a los soldados y policías que resguardan su seguridad, les preocupa mucho más el agua que beben. En esta región, en su mayoría selvática, el subsuelo tiene tanto hierro que impregna el líquido, el cual, al llegar a la superficie, sale no transparente sino color café. Sin embargo, si a ellos se les pregunta, responden directamente, como lo hace el patrullero Reyes: “Toca tomarla. No hay más”.
En este año un par de eventos muy particulares y poco frecuentes tuvieron lugar en esta área: dos hombres se ‘colaron’ en los grupos de erradicación. Uno, de 26 años de edad, se puso la vestimenta de los trabajadores y logró camuflarse entre ellos durante un par de horas, hasta que fue descubierto, detenido y entregado a las autoridades para que fuera judicializado. El hombre, que se pensó era un infiltrado de las Farc, resultó ser simplemente el dueño de la finca en la que estaban arrancando las matas. El segundo, un joven de 20 años de edad, se robó el traje y la placa de un patrullero de un bus intermunicipal que iba hacia Mocoa. Él, según la Policía, era un miliciano de las Farc.
A cientos de kilómetros, en Caucasia (Antioquia), otras decenas de erradicadores también afrontan las dificultades de su labor. Hace unas pocas semanas, dicen ellos, tres minas explotaron y una escuela de la vereda El Cerro fue rodeada de explosivos. Andrés Giovanny Delgado, un vallecaucano de 32 años de edad que ha removido arbustos de coca en Chocó, Nariño y ahora Antioquia, cuenta que a finales del año pasado un compañero murió en sus brazos luego de una explosión. “No era una mina, era un trampero hechizo”. El artefacto es una escopeta artesanal que, según advierten los involucrados en la erradicación, es de los últimos inventos de aquellos que intentan proteger los cultivos ilícitos. Amarran el arma a un hilo de nailon y cuando la mata es jalada, el hilo la dispara.
El problema con armas como ésta, o con las minas, es que quienes las usan han “mejorado” sus tácticas: las entierran tan profundas que los aparatos no las perciben, las envuelven con plásticos y los perros no las huelen, o si no, las hacen sin materiales metálicos, y así los detectores no las reconocen, porque éstos no identifican explosivos. No obstante, los erradicadores confían ciegamente en sus ‘guardaespaldas’. “Nosotros no entramos a un terreno si ellos no nos dicen que está limpio”, afirma Delgado. Policías y soldados tienen toda su atención enfocada en el tema de los explosivos, así como en las emboscadas. “Los aparatos sirven, pero los perros son la mayor ayuda”, expresa el patrullero Carlos Cuéllar, un “detectorista”. “¿Y si los perros no pueden oler las minas?”, pregunta alguien. “Pues... a la de Dios”.