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Hernán Rivera Letelier nació en el desierto de Talca en Chile, en la casa de un padre minero, evangelista, de vez en cuando predicador, y de una madre que para ayudar a sobrellevar la precariedad de la vida daba posada y servía comida a algunos otros mineros. Aprendió a leer en una escuela en donde los pupitres eran cajas de manzanas y fue ahí, en esa inhóspita realidad, que el ganador del Premio Alfaguara 2010 presenció los primeros atisbos de lo que sería una pasión irrefrenable: la escritura.
Aunque en su casa el único libro consultado era la Biblia, en un viejo texto de la escuela encontró un par de párrafos, que nadie le dijo que eran poemas y que él leyó toda su infancia, deslumbrado como si fueran una especie de oraciones nocturnas. “El desierto fue fundamental para convertirme en escritor, la soledad del desierto me enseñó a estar conmigo mismo, a conocerme, a conversar conmigo desde muy niño, yo era el extraño de la patota de hijos de mis papás que se iba al monte a oír el silencio”, recuerda Letelier, que está de paso por Colombia promocionando el libro que lo convirtió en ganador de US$175.000, El arte de la resurrección.
A los 18 años, tras ver en el cine la noticia de que miles de jóvenes se unían a un movimiento conocido como la Revolución de las Flores, que dejaban sus trabajos y sus familias para practicar el amor libre, Rivera Letelier se enfrentó a una triste certeza, su mundo no iba más allá del puerto de Antofagasta, una extensión del desierto que alcanzaba la costa. Nunca había salido de ese lugar arenoso y caliente y era hora de hacerlo. Esa decisión de dejar la mina salitrera en donde había pasado sus primeros años de adolescencia lo llevaría a tener su primera y gran experiencia real con la escritura. “Una noche durmiendo en una playa, llevábamos una semana de no comer nada caliente, nos había ido muy mal, y de repente escucho por una radio portátil, que había un programa de poemas al que la audiencia mandaba sus versos y los sábados se premiaban los tres mejores de la semana, y el primer premio era una cena doble en un hotel. Yo dije “me gano esto”, escribí un poema de cuatro páginas, inspirado en una morena que había dejado en el desierto y sin corregir una sola palabra —yo ahora que corrijo 70 veces un texto— me gané la cena”, recuerda este hombre de 60 años que parece llevar sobre su cara las venas de esa tierra que tanto escarpó. Con una sonrisa y su acento casi imposible añade: “No podría decir si algún premio, incluso el Alfaguara, ha superado la felicidad de esa cena”.
Escribió luego un libro de poemas y otro de cuentos que intentó vender diariamente en la calle. En las noches empezó a escribir un cuento sobre toda la realidad de la Pampa, la vida de esos mineros olvidados, de sus hermanos. Las páginas empezaron a sumarse hasta darse cuenta de que tenía en las manos lo que sería su primera novela: La reina Isabel cantaba rancheras. “Lo que hago en mi obra es contar esa gesta, la gesta heroica de esas personas que conquistaron, amansaron y humanizaron el desierto. Es una historia llena de injusticias sociales, morales, llena de masacres que se estaba olvidando porque a muchos sectores políticos de mi país les parecía una historia incómoda, estorbosa, pero yo la desenterré y se las restriego aún en la cara”, confiesa el escritor.
Esta novela, que recibió el Premio del Consejo Nacional del Libro en Chile, en 1994, y las otras que vendrían: Himno del ángel parado en una pata, Los trenes se van al purgatorio, están todas impregnadas de un unos ambientes que se tambalean entre lo divino y lo profano. Letelier hizo de las prostitutas de su pueblo, de esas mujeres fantasiosas que mantenía en sus recuerdos de niño, las asistentes infaltables a su literatura. “Es que en ese desierto las prostitutas fueron un aporte indispensable, estamos hablando de un desierto inhóspito en el que el único oasis posible fueron las prostitutas. Eran 100 hombres por tres mujeres y ellas fueron sus salvadoras; si ser prostituta en cualquier parte del mundo era reprochable, serlo ahí era heroico”. Pero además de estas mujeres, otro personaje se le coló entre las páginas de sus libros: El Cristo de Elqui, un polémico “profeta” que apareció en Chile que decía ser la reencarnación de Cristo, a quien la gente siguió en multitud y del que los diarios publicaron hasta 1953 múltiples entrevistas. Rivera Letelier creció oyendo las historias de este hombre y aunque su mundo se fue ampliando y viajó a otros lugares y leyó otros libros, la historia del falso Cristo de alguna forma le marcó el puño.
Después de haberlo acechado durante años, Letelier por fin le dedica una novela de 254 páginas a este personaje que desempolva del pasado. La vida de Domingo Zárate, un hombre que empieza a advertir formas apocalípticas en las nubes y de Magdalena, una prostituta beata, lo llevan a ganarse uno de los premios más prestigiosos para la literatura hispanoamericana. “Fui a la biblioteca a leer unos libros que el Cristo de Elqui había dejado y al final me encontré con esta frase: ‘Yo sé que algún día estudiosos vendrán y revisarán estos papeles y escribirán sobre mi vida’. Con El arte de la resurrección la profecía se ha cumplido.