Nacional |4 Ago 2012 - 9:00 pm

‘Iván Márquez’ y ‘Fabián Ramírez’ serían voceros también

Las Farc, un discurso de ambivalencias

Este grupo guerrillero se sigue preparando para un eventual proceso de negociación con el gobierno Santos. No obstante, mientras tanto entrena francotiradores con mercenarios extranjeros e infiltra las instituciones estatales armadas.

Por: María del Rosario Arrázola
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El último fue el coronel Cristian Flórez Hidalgo, comandante de carreteras de Antioquia. Pasando saliva con dificultad, las autoridades del sector defensa recibieron la noticia de que un francotirador había disparado el pasado martes contra la camioneta en la que se desplazaba el alto oficial hacia Tarazá. Recordaron que el 18 de julio el agente Altamirano Rivas había muerto en Bolívar (Cauca) en las mismas circunstancias, compartiendo destino con el patrullero Sammy Muñoz Grueso, ultimado en zona rural de Argelia (Cauca) el 11 de julio. Salió a colación que, finalizando junio, también así les segaron la vida a otros dos patrulleros en Puerto Concordia, Meta, departamento en el cual, en mayo de 2009, dos patrulleros apostados en una garita en zona rural de Vista Hermosa sufrieron igual suerte.

La utilización de francotiradores por parte de la guerrilla —que se ha ensañado con la Policía por ser la institución que lidera la lucha antidrogas— se ha convertido para los mandos militares en una migraña que no desaparece. Este capítulo nuevo del conflicto apenas se empieza a escribir y ya tiene nombre propio: el Bloque Móvil. Un grupo ‘élite’, superior en jerarquía a las columnas guerrilleras, que tiene tres grandes campos de entrenamiento en Meta, Putumayo y Antioquia, que sólo recibe órdenes del Secretariado, en el que sus hombres aprenden a disparar con precisión de relojero en distancias de hasta 800 metros y, lo más grave, que está siendo entrenado por mercenarios europeos y libios: de nuevo, como ocurrió con Yair Klein, combatientes colombianos importan tácticas de guerra.

Son tan abundantes como delicados los datos que en los últimos meses se han recopilado sobre la manera en que las Farc, después de haber perdido a sus más importantes hombres, han reacomodado sus engranajes militares y políticos. Con base en oficiales infiltrados en la organización guerrillera, en desmovilizados y en inteligencia militar, los organismos de seguridad del país tienen claro que así como ellos han logrado cercar a los subversivos a punta de informantes, los guerrilleros también han logrado meter más de un caballo de Troya en las filas militares, especialmente en zonas rojas de Cauca, Putumayo y Antioquia. Fuentes castrenses de alto nivel reconocen que las Farc insisten en su campaña de penetrar las instituciones armadas no sólo por medio de desmovilizados: personal interno también está siendo sobornado con este propósito.

Las Farc de hoy no son las mismas que quedaron resquebrajadas tras la muerte de su máximo líder, Alfonso Cano, y de otras pérdidas significativas como Manuel Marulanda y Raúl Reyes. Las Farc de hoy, bien lo saben los organismos de seguridad, han tecnificado su inteligencia, al punto de que en ocasiones han podido conocer de antemano sobre operaciones en su contra. Pusieron de nuevo sobre la agenda a algunos de sus comandantes. Timochenko es la cabeza, pero una cabeza de Medusa, porque tanto Fabián Ramírez como Iván Márquez están emergiendo con igual notoriedad, buscando garantizar así que, en el peor de los escenarios para Timochenko, la organización guerrillera estaría blindada contra otra crisis. Lo más importante, consideran los guerrilleros, es que su discurso ha tomado un nuevo respiro.

El asunto de los múltiples voceros revela un segundo trasfondo: que los guerrilleros no sólo están pensando en términos bélicos, sino que están pensando en protagonizar unas posibles negociaciones con el presidente Juan Manuel Santos. Como lo reveló este diario en su edición del domingo pasado, el jefe de Estado ya ha dado más de un paso con miras a abonar un terreno de conversaciones con la guerrilla. Así las cosas, de Timochenko, Ramírez y Márquez y de nadie más dependen los interlocutores designados por la guerrilla para dialogar con representantes del Gobierno. Los insurgentes, conoció El Espectador, estarían determinados a entablar conversaciones con la administración Santos. Dejar las armas, sin embargo, no es una opción que les atraiga.

Lo que sí quiere la guerrilla es convertirse en una opción política real. En ese escenario, supo este diario, los intereses de las Farc se resumen en el espíritu del acuerdo de San Francisco de la Sombra, firmado en octubre de 2001 —cuando la zona de distensión estaba vigente—: definir una agenda común, silenciar las armas y alcanzar una solución política negociada. No es la primera vez, sin embargo, que estos temas se discuten. Pero, mientras en los 90 el fuerte de la guerrilla era su capacidad militar, hoy la apuesta es otra: las movilizaciones sociales. “Las Farc han entendido que este tipo de actividades y de acciones logran desestabilizar tanto o más que el mismo terrorismo”, aseveró una alta fuente militar.

Lo que se cree en el sector defensa es que las Farc persisten en su misión de permear movimientos sociales como el indígena, el estudiantil o la Marcha Patriótica —sin decir que estos movimientos son guerrilleros— para tener un as bajo la manga a la hora de negociar con el Gobierno: presión social para conseguir que sus exigencias sean atendidas, o para demostrar que tienen poder sobre ciertas regiones del país. Esas regiones serían fortines históricos como Cauca, Putumayo, Arauca, Antioquia, Valle, Meta, Norte de Santander y Santander. Según inteligencia militar, la guerrilla no ha mostrado ningún interés en fortalecerse en departamentos de la Costa Caribe. Las Farc, es evidente para los altos militares y funcionarios del gobierno Santos, quieren ser a toda costa actores políticos, manejando la habitual ambivalencia del discurso que aplaude la paz mientras entrenan francotiradores, infiltran el Estado y, en resumen, cambian el rumbo de la guerra.

El Acuerdo de San Francisco de la Sombra

El 5 de octubre de 2001, en el marco de las negociaciones de paz del Caguán, el Gobierno —con el entonces comisionado de paz Camilo Gómez como delegado— y las Farc —representadas por  Manuel Marulanda Vélez— firmaron en zona rural de San Vicente del Caguán (Caquetá) el Acuerdo de San Francisco de la Sombra, en el que se comprometieron a estudiar las recomendaciones que había hecho una ‘comisión de personalidades’. Entre ellas, el cese al fuego, a las hostilidades y al secuestro y la convocatoria de un asamblea nacional constituyente. Asimismo, las Farc ratificaron que respetarían a los políticos que hicieran campaña en la llamada zona de distensión, que acatarían la autoridad de los alcaldes de la región y aseveraron que los plagios masivos, tristemente conocidos como pescas milagrosas, “no son política de la organización”. Este acuerdo, como los demás actos del Caguán, terminaron sin efecto al cerrarse la mesa de negociación.

'Hay que dialogar cediendo'

En una entrevista divulgada recientemente por Caracol Noticias, el miembro del secretariado de las Farc Fabián Ramírez aseguró, con respecto a una posibilidad de diálogos de paz con el Gobierno: “Debemos acabar esta guerra llegando a un acuerdo Gobierno y guerrilla, sin odio, sin ventajas, cediendo, mirando quién tiene la razón de fondo. Aquí no es lo que se empecine uno en decir, no es que digan: ‘entreguen las armas y dejen de atacar puestos y la Fuerza Pública’; no, eso no es así. Aquí, para acabar la guerra, hay que acabar las causas que la originaron”.

Por: María del Rosario Arrázola
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