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Nacional| 20 Sep 2008 - 1:41 am
Sobrevivieron a la barbarie de las Farc y hoy están postuladas al Premio Nacional de Paz 2008
Ellas eran prostitutas y vencieron la guerra
Por: Laura Ardila Arrieta/ Enviada especial
Podría decirse, sin temor a equivocaciones, que Beatriz Rodríguez Rengifo nunca se resignó a ser una prostituta. Después de todo, fue un oficio que ella jamás escogió. Su inicio en la llamada vida fácil, que más bien es todo lo contrario, hace parte de una época negra a la cual poco le gusta referirse: cuando tenía 15 años y crecía en el seno de una familia muy humilde de Dosquebradas (Risaralda) perdió la virginidad con un novio de cuyo nombre ya no se acuerda. Su madre, indignada, dolida e ignorante, creyó que luego de eso la muchacha “ya no servía para nada” y que su destino irremediable, a partir de entonces, eran los prostíbulos. Y hasta allá la llevó.
Allá la llevó la madre y allá la mantuvo la falta de oportunidades durante casi 20 años. Las carencias de todo tipo también la arrastraron hasta la, por aquel entonces, capital favorita de las trabajadoras sexuales: Florencia, Caquetá, ciudad en la que no había dios o ley diferente a las Farc. Región donde estaban en auge el narcotráfico y el dinero. Las putas compartían con los altos mandos de la guerrilla y a veces eran remuneradas con coca. El famoso ‘polvo por polvo’. Era 1992.
Por supuesto, la mujer comenzó a ganarse lo suyo. En ocasiones, hasta 400.000 pesos por fin de semana ‘pasando mercado’, que es como le llaman en esta zona del país al acto de viajar de municipio en municipio alquilándose en una cama. De lunes a viernes, entre las nueve de la mañana y las siete de la noche, trabajaba en el bar California, en el centro de Florencia, adonde llegó a vivir con sus tres hijos.
Hoy, a sus 40 años, Beatriz, cabello corto, contextura gruesa, formas generosas; cuenta que si, ciertamente, alcanzó a percibir algún dinero, también le tocó pagar un precio muy alto. El precio de mezclar de manera explosiva el drama de la prostitución con el de la guerra.
El mismo conflicto que le quitó a muchas de sus compañeras y que la llevó a ella a tener que hablar con los propios autores de la violencia para que las dejaran vivir tranquilas, para que no las mataran.
Beatriz es la representante legal de la Asociación de Mujeres Productoras de Cárnicos del Caquetá, más que una microempresa, una opción de recuperación para decenas de ex prostitutas que no se resignan a sus pérdidas. Un proyecto que casi una década después de su fundación recoge frutos con una postulación al Premio Nacional de Paz 2008 y, más allá, con varias vidas restablecidas y reivindicadas.
Me encuentro con ella en el llamado Mirador de Florencia, desde donde se puede ver la zona suroriental de la ciudad. La tarde cae hermosa y, apenas por un instante, Beatriz se ve un poco triste cuando dice que a su madre no tiene nada que perdonarle. “Mi mamá estaba sujeta a una cultura”.
Con sus hijos, de 16, 24 y 25 años, tampoco ha tocado nunca el tema de su antiguo trabajo. “Ellos viven. Solamente viven. Y me ven vivir, y me ven hacer y me han visto llorar y sufrir”.
Magola Ríos, compañera de luchas de Beatriz, retoma el relato de la historia de la violencia en contra de las prostitutas de Florencia. Cuenta que fueron muchas a las que tocó ir a recoger literalmente en pedazos. Todas las semanas, sin falta, desaparecía una. Salían a los pueblos a ‘pasar mercado’ y no regresaban. No las dejaban regresar. Después, había que recoger dinero entre los propios clientes, y algunos pocos amigos, para traer los cuerpos y enterrarlos, o devolverlos a su ciudad de origen.
Magola tiene 54 años y luce como una abuelita viuda. Viste pantalón negro, camisa gris, zapatos café y usa lentes de aumento. Si no fuera porque de alguna manera sus cejas tatuadas revelan un pasado agitado, jamás hubiese creído que se tratara de una ex prostituta. Nació en Cartago (Valle) y también como Beatriz llegó en busca del dinero que parecía sobrar en Florencia. Fue en 1998.
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