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La Ciudad Bolívar de Bogotá, en Cali se llama el Distrito de Aguablanca. Allí, un millón de seres humanos conviven con la miseria y la inseguridad, mientras las clases adineradas del Valle se avergüenzan de ese “lunar”.
Y allí, liderando a la comunidad, dando ejemplo de vida franciscana, está desde hace 21 años la hermana Alba Estela Barreto Caro, una bumanguesa que cambió las comodidades de la dirección del Colegio Alvernia en Bogotá por meterse en el lodo, soportar críticas y tener aliento para luchar contra la injusticia.
“¿Voy a regalar mi vida, que es una, para estar en un colegio enseñándoles a niñas ricas? ¡No!”, reflexionó y arrancó a trabajar con los franciscanos en la Universidad de San Buenaventura.
Al frente del colegio estaba ubicada la sede del Consejo Episcopal Latinoamericano, Celam, y por allí pasaban los curas de todo el continente con sus historias de terratenientes y andrajosos, de damas rancias y niños con parásitos. Su inspiración fue la Teología de la Liberación de los años 70, que algunos descalifican asociándola con el fantasma del comunismo.
La felicidad no ha desamparado a esta religiosa ni durante los 34 años que portó los hábitos ni en las dos décadas que han pasado desde cuando se desligó jurídicamente de la orden pero fue a la Arquidiócesis de Cali e hizo votos privados. Sin embargo, no se convirtió en una ‘monja de la reserva’, sino que dio el paso a la vanguardia.
La madre Alba Estela viste como una parroquiana más, de bluyín, sandalias y con una letra Tao de madera (la última del alfabeto griego) que le regaló un monje italiano que a su vez la trajo de Asís y con la cual el santo firmaba sus escritos.
Ella no se amilana ante las dificultades, ni siquiera cuando en el atrio de la iglesia dos sicarios segaron la vida del arzobispo de Cali, Isaías Duarte Cancino, crimen cometido el 16 de marzo de 2002 en la parroquia del Buen Pastor al concluir una boda colectiva y que en su momento se atribuyó a las Farc, pero que la madre Barreto hoy día considera fue orquestado por el narcotráfico y los políticos ante las denuncias que el prelado había formulado sobre la financiación de campañas con dineros de los capos del norte del Valle del Cauca.
Trabajó tres años con los indígenas en Silvia (Cauca), “pero empezó como una urgencia de la congregación para que volviera a los colegios y me mandaron a Cali. Yo no quería ya, así que pedí una licencia pero no me la dieron.
Entonces hablé con el arzobispo —el hoy cardenal Pedro Rubiano Sáenz—, quien me dijo que me fuera a trabajar con él y me pidió que le ayudara en Aguablanca”.
Distrito caleño al que ella califica como “la invasión más grande que ha habido en Colombia”. Un total de 44 barrios habitados por una mayoría de personas provenientes de la Costa Pacífica, desde el Chocó hasta Nariño, pero también de otras regiones del país e inclusos paisanos suyos.
O la radiografía del problema del desplazamiento forzado en Colombia, porque a orillas del río Cauca hay más de un millón de
personas. “Y eso lo hicieron políticos caleños como Carlos Holmes Trujillo, que cambiaron votos por lotes en una zona que no estaba urbanizada. Llevaron la gente a vivir en las condiciones más inhumanas”, dice.
Miles de lotes sin luz, agua, alcantarillado, teléfonos, ni vías fue lo que se encontró la madre Alba Estela cuando aceptó la invitación del obispo. “Los materiales los teníamos que entrar en carretas tiradas por caballos porque nadie quería llevarlo a uno, robábamos la energía de los postes y nos obligaron a levantarnos a la una de la madrugada a coger agua porque pusieron unas pilas pero sólo conectaban el servicio a esa hora”.
Ella, decidida, aceptó el reto de habitar un cambuche con letrinas comunales, mientras el movimiento guerrillero M-19 intentaba edificar su feudo en ese lugar, lo cual les generaba miedo. “Pero la gente no le caminó al Eme, sino que llegaban por la necesidad de vivienda. Se fueron quedando hasta que hoy son parte de la ciudad, con un rechazo enorme de la clase dirigente y empresarial de Cali, que los ven con horror y fuera de eso poblado por negros, haciendo gala de una discriminación tremenda”.
Una capital salsera e industrial en la que la gente iba a pedir trabajo y si decía que vivía en Aguablanca no se lo daban”, señala.
No obstante, contaban con la compañía de una especie de extraterrestres, la mayoría de ellos religiosos suizos, de la India, alemanes e italianos, y como cuota criolla la madre Alba Estela, “porque tampoco el clero caleño iba allá”. No había parroquias y sólo se veía a un jesuita, el padre Alfredo Vöelker.
Forasteros y criollos comenzaron a aplicar la metodología de ver, juzgar, actuar y convocar a la gente. Lo cual se tradujo en un análisis profundo de la situación y luego darles a los laicos responsabilidades en la Iglesia. “No llegamos a construir parroquias ni a rezar, y además teníamos campo libre porque no había ninguna tradición, aunque sí muchas sectas”, subraya.
El arzobispo Rubiano les autorizó realizar un estudio conjunto con el Centro de Investigaciones de los Jesuitas, Cinep. El plan fue construido con la gente, a quienes les preguntaron qué esperaban de la Iglesia.
Resultaron diez retos y en ellos centraron sus esfuerzos. Economía solidaria, porque no tenían un empleo ni subsidios; Mujer y familia, por la violencia intrafamiliar y los papás que abandonaban a sus criaturas; y la parte Pastoral, que consistió en hacer una catequesis renovada, en la que a los laicos se les debía dar el protagonismo que pedía el Concilio Vaticano.
Nadie la saca del convencimiento de que su labor en Aguablanca les permite forjar grupos, comunidades y estilos de vida, diferentes a la corrupción, la delincuencia y el narcotráfico. “Uno comienza a generar valores que se han acabado, a constituir y fortalecer la familia, la organización popular, no politiquera, sino la que empieza a replantearse y amar a su país”.
Sin olvidar la educación, campo inhóspito en una sociedad de consumo en la que los sectores desprotegidos son los primeros en caer en la trampa de comprar todo lo que les vendan, “llegando a ser más importante tener el súper equipo de sonido que comprar la comida”.