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Eran como las tres de la tarde del 25 de diciembre del 89. Estaba en el Instituto Ibero-Amerika de la Universidad de Gotinga en Alemania Federal, preparando la disertación, cuya entrega estaba prevista para febrero del 90. Prendí la radio, preparé un café y escuché algo sorprendente. Habían iniciado cerca de Bukarest juicio al dictador rumano, Nicolás Ceausescu, aprehendido tres días atrás, y a su mujer, Elena. Dos horas después, en las noticias de las cinco, ya los habían fusilado.
Mes y medio antes, el 9 de noviembre, los berlineses se habían tomado el muro y con él caía la Cortina de Hierro (el 9 de noviembre para los alemanes tiene hondos significados: en 1918 se fundó la República de Weimar; en 1923 Hitler intentó un golpe de Estado en Baviera; en el 38 fue la quema de las sinagogas, en la noche de los cristales rotos). No hubo un solo tiro.
En la Alemania Federal de antes, Gotinga quedaba a 15km de la cortina. En la noche del 9 y durante toda la madrugada entraron miles de Trabis, carritos parecidos a los Simca de los sesenta, procedentes de los pueblos vecinos pertenecientes a la República Democrática Alemana, que se extinguía. A medianoche miles de personas de las dos Alemanias caminaban, por la vía peatonal, sin rumbo, dando gritos de júbilo, bebiendo y abrazándose.
Casi un año después, en la noche del 2 al 3 de octubre nacía la nueva Alemania. Tuve la fortuna de estar frente a la que había sido la sede del parlamento alemán, el Reichstag, en un mar de un millón de personas que se extendía más allá de la puerta de Brandenburgo. Dentro del Reichstag se interpretaba, claro, la novena sinfonía, que nos retransmitían por pantallas gigantes a los de afuera. La dirigía Kurt Masur, socialista convencido, director de las orquestas filarmónicas en Leipzig y Dresde, en la RDA, y después de la caída del muro, de las de Nueva York y Londres. A medianoche el canciller Kohl declaraba el nacimiento de Alemania reunificada.
Con la caída del muro cayó una época y cambiaron las coordenadas políticas del mundo. Excepto para algunos, en algunas partes.
Las Farc cumplen 45 años, 20 de ellos después de la caída del muro. Las Farc, contrario a lo que se pudiera prever después del 89, se fortalecieron en los 90. Dieron los golpes más fuertes a la Fuerza Pública (Delicias, Patascoy, Mitú), consolidaron el acceso a las rentas del narcotráfico y su explotación, escalaron sus agresiones a la población civil (secuestros, asesinatos), contribuyeron a elegir presidente en el 98, pusieron conejo en la llamada zona de distensión y, por lo mismo, contribuyeron a elegir y reelegir presidente en un país necesitado de estándares mínimos de seguridad. Tuvieron su contrapunto en los paramilitares y sus alianzas con amplios sectores de la política, del narcotráfico, la política y de algunos agentes del Estado. Hoy están severamente golpeadas, aunque no derrotadas.
¿Hay lecciones de las que deberíamos aprender?
1. El muro no ha caído en la mente de muchos. No sólo son las Farc y aquellos que no condenan la lucha armada y desprecian las formas democráticas. Son también aquellos acostumbrados al estigma, para quienes Amnistía Internacional y Human Rights Watch son comunistas y apoyan el terrorismo internacional. Ciudadanos que han estado en contra de cualquier forma de violencia han sido señalados, por décadas, como brazo de los violentos. Polarización que no apunta hacia la democracia.
2. La política antidrogas sigue generando combustible para los grupos armados, sean las Farc o los ‘paras’ de nuevo cuño. A pesar de que el Plan Colombia ha servido para golpear militarmente a las Farc, la política de fumigaciones sólo ha logrado la rotación regional de los cultivos, permitiendo que las rentas estén al alcance de la mano de los violentos.
3. La legitimidad de las Farc es inversamente proporcional al uso de rentas del narcotráfico y del secuestro. Está, luego, en el suelo. Desde el punto de vista de la ley, ya que el derecho penal se globaliza también, es difícil imaginar para los jefes un destino diferente al de Mancuso (por narcotráfico) o que la Corte Penal Internacional sea indiferente ante las atrocidades humanitarias.
4. El Frente Nacional resolvió de manera temporal un grave problema de violencia, pero generó en enorme boquete de exclusión política y social. La “milimetría” en el reparto de puestos públicos, el estado de sitio, la imposibilidad de que tendencias diferentes a los partidos tradicionales accedieran a órganos legales de representación, alentaron la creación de grupos al margen de la ley con pretensiones de toma del poder. La Guerra Fría y el aparente éxito del modelo cubano fueron factores externos que contribuyeron. La yidispolítica no es patrimonio de algún ministro de la Protección Social. Siempre ha estado presente con las connotaciones de exclusión que el clientelismo encarna. Difícil encontrar en los últimos 50 años un ministro del gobierno que no otorgue dádivas al detal a cambio de solidaridad legislativa, aunque hoy hay menos vergüenza en ello.
5. La no consolidación de partidos sólidos de izquierda democrática, la eterna división entre sus líderes, no contribuyen a generar interés por el escenario democrático. Después de 18 años de expedida la Constitución, es probable que el país viva una segunda frustración en tal sentido.
6. La ausencia de blindaje suficiente a la seguridad de líderes de la guerrilla reinsertados durante las últimas cinco décadas representó la muerte de algunos de ellos (Guadalupe Salcedo, Carlos Pizarro, por ejemplo).
7. La combinación de las formas de lucha (armada y legal) en los ochenta y la brutal reacción a partir de otras formas de lucha que articulaban ‘narcos’, la acción u omisión de agentes del Estado, políticos, y que condujeron al exterminio de los líderes nacionales y regionales de la Unión Patriótica, amén de la impunidad, han generado un nudo de dolor y frustración que no ha sido disuelto.
8. Las Farc han sido duramente golpeadas, aunque están lejos de estar acabadas. Niños y jóvenes siguen siendo reclutados en las zonas de baja presencia del Estado, en los antiguos “territorios nacionales”. Los golpes a la antigua, las emboscadas, las tomas de poblaciones, se siguen presentando, aunque en escala menor.
Quizá tengamos para lustros de este quehacer que no es guerra civil, que tiene raíces históricas de exclusión y violencia partidista, de narcotráfico, prejuicios, irrespeto por la vida, que produce miles de muertos y centenares de miles de desplazados. A menos que aprendamos algo de estos dolorosos 45 años y derribemos, de una vez por todas, el muro en nuestras mentes y corazones.
* Doctor en Ciencias Económicas, ex vicerrector de la Universidad Nacional, ex senador, columnista de El Espectador y director ejecutivo de colombiadigital.net