Las mil guerras del Llano

El último atentado al zar de las esmeraldas volvió a poner de presente la tragedia repetida que ha vivido la vasta región de los Llanos Orientales por cuenta de los violentos que se multiplican.

De milagro volvió a salvarse el zar de las esmeraldas, Víctor Carranza, después del atentado de que fue objeto el pasado lunes en el kilómetro 42 de la vía entre Villavicencio y Puerto López, en el departamento del Meta. Dicen que fueron los secuaces de Pedro Oliverio Guerrero, alias Cuchillo, ex comandante del Bloque Guaviare de las autodefensas y, junto a Daniel El Loco Barrera, uno de los dos narcotraficantes más buscados de Colombia.

Lo cierto es que en la vasta región surcada por los ríos Meta, Upía o Ariari; a lo largo y ancho de los Llanos Orientales que extienden sus fronteras más allá del Casanare, Guaviare o Arauca, la noticia confirma lo que todos saben, que se veía venir, o mantiene en ascuas a quienes creen que llega otra guerra. Y han sido tantas en las últimas décadas, que los llaneros saben que tampoco será la última. A la paz de sus hatos o el júbilo de sus arpas, desde hace rato se cruzan acechantes el odio y la ambición de los violentos.

Sin contar los días bicentenarios en que los Llanos Orientales fueron la retaguardia de los ejércitos patrióticos, ni añadirle al recuento las horas en que las guerras civiles del siglo XIX también enlutaron estas tierras, de quien primero se reseñan sus andanzas en la región es del combatiente liberal en la Guerra de los Mil Días Avelino Rosas Córdoba. Después de defender a muerte a los radicales liberales o de pasar por Cuba, donde acompañó al general Antonio Maceo, el caucano Rosas apareció en el Llano.

Se dice que por Santa Elena de Upía organizó dos escuadrones de caballería y sucesivamente obtuvo triunfos en Medina, San Martín, Uribe y Villavicencio. Pasó de largo por el Meta y reapareció después en el Huila en los albores del siglo XX. A su paso dejó un manual sobre la guerra de guerrillas que hizo imprimir en Támara (Casanare) como el Código de Maceo. Cuando murió asesinado en septiembre de 1901 en Puerres (Nariño), al otro lado de Colombia muchos rememoraron su saga temible.

La Violencia

Casi medio siglo después, cuando los odios partidistas liberales y conservadores volvieron a encenderse, los Llanos Orientales sintieron de nuevo el rigor de la violencia. Primero fue la policía chulavita arrasando a su paso con fundos o colonos; detrás llegaron “los pájaros” con ganas de tierras. Los llaneros de a pie se armaron para hacer una revolución liberal argumentando que “los godos estaban empeñados en barrer de Colombia con todo un principio de organización y de progreso de las masas”.

Fue la época de la Ley del Llano, proclamada por los guerrilleros liberales que hicieron de la región un fortín inexpugnable. Guadalupe Salcedo, Dúmar Aljure, Eduardo Fonseca, Berardo Giraldo, entre otros, así como más de 3.000 hombres y mujeres en armas, después de mucha sangre, depusieron sus armas en las históricas jornadas de septiembre de 1953 en Meta o Casanare, gracias a una ley de amnistía proclamada en los primeros meses del gobierno militar del teniente general Gustavo Rojas Pinilla.

Cuando cayó el telón de la barbarie de los años 50, ya en la región cobraba forma una futura confrontación de colonos armados. Desde Cundinamarca, Boyacá, Tolima, Huila, Cauca o Valle, huyéndole a la violencia, empezaron a llegar centenares de familias que, atraídas además por planes de colonización promovidos por los gobiernos, poblaron una vasta zona a lo largo de los ríos Ariari, Meta, Duda y Guayabero. Entre los recién llegados aparecieron muchos de los posteriores guerrilleros de las Farc.

Hacia 1955, cuando el gobierno de Rojas Pinilla declaró ilegal al Partido Comunista, comenzaron las “columnas de marcha” que fueron llevando a la región a centenares de pobladores de zonas con tradición de luchas agrarias. Por eso, cuando en 1964 se anunció la formalización de la guerrilla de las Farc, la cuenca del río Duda fue el epicentro de su expansión. Entre 1969 y 1982, allí mismo, en los límites entre Meta y Huila, tuvieron lugar cinco conferencias de las Farc. Durante años Casaverde, en Uribe, fue su cuartel general.

La mafia

A lo largo de los años 70 y principios de los 80, la guerrilla extendió su presencia en los Llanos Orientales. Sin el mismo despliegue, pero con enorme poder económico, también empezó a hacerlo el narcotráfico. La figura de José Gonzalo Rodríguez Gacha, proveniente del occidente de Boyacá, se hizo notable en muchos municipios llaneros. No sólo como comprador a las buenas o a las malas de extensos hatos y tierras, sino porque detrás suyo comenzaron a arribar los paramilitares y, con ellos, la muerte a diestra y siniestra.

La confrontación se hizo inevitable y desde mediados de los 80 la peor parte la llevó la población civil y, particularmente, los líderes o simpatizantes de la Unión Patriótica. Hasta San Martín, Granada, Puerto Lleras, Vistahermosa, El Castillo, Mesetas o Lejanías llegaron la mano negra de las autodefensas y los ajusticiamientos y secuestros de la guerrilla. En el río revuelto de la violencia generalizada se consolidaron las bandas que fueron expandiendo el flagelo del narcotráfico.

Para los años 90, mientras la guerrilla replanteaba su poder en los Llanos después de perder su fortín de Casaverde, el paramilitarismo que sucedió a Rodríguez Gacha se desdobló en dos estructuras básicas: el centro del Meta y la mitad inferior de Casanare, a partir del río Cravo Sur, para las autodefensas de Héctor Buitrago, alias Tripas. El norte del Casanare y el resto del Meta para el Bloque Centauros, comandado por Miguel Arroyave y Manuel de Jesús Pirabán, alias Jorge Pirata.


En medio de estos siniestros personajes, como el zar a la sombra, siempre se movió Vicente Castaño Gil. Su hombre clave en el bloque Centauros fue Daniel Rendón, alias Don Mario. Y como sucedió en buena parte del país, con el cambio de siglo también se les vino la noche a las autodefensas. Divididas frente a la opción de negociar su desarme, persistir en el narcotráfico o capotear la extradición, en el Llano terminaron en una guerra fratricida que dejó más de tres mil muertos.

 La ley de la selva

Las autodefensas de Tripas, ya comandadas por sus hijos Martín Llanos y Caballo, se enfrentaron al bloque de Arroyave. En octubre de 2004, lo que no pudieron hacer los del Casanare lo lograron los segundos de Arroyave: deshacerse de su jefe. Entonces emergió el mandamás Pedro Oliverio Guerrero Castillo, alias Cuchillo, desertor del proceso de paz con el gobierno Uribe y socio del ‘narco’ El Loco Barrera.

Hoy, junto a la guerrilla de las Farc, que no se deja ver mucho pero que conserva latente su poder en el Llano, Cuchillo es el bandido a capturar. Sin embargo, en la zona, además del Estado o sus enemigos naturales, tiene un contradictor que ha sobrevivido a todas las guerras y que representa una influencia innegable: el zar de las esmeraldas, Víctor Carranza Niño, quien desde los años 80 consolidó un imperio económico entre Puerto López y Puerto Gaitán, en el Meta.

Además, Carranza ha sorteado todas las investigaciones posibles de la justicia por su presunta financiación del paramilitarismo y actualmente se rumora en la zona que terminó por convertirse en un inmenso apoyo del Estado contra el mismo Cuchillo y El Loco Barrera. Incluso, no se descarta que esa sea la razón por la cual ha sido blanco de dos violentos atentados en menos de nueve meses. Aunque otros dicen que un tal Pedro Orejas también lo quiere ver muerto para heredar su poder en el mundo de las esmeraldas.

Nadie tiene la última palabra y en las calles llaneras se percibe un ambiente de calma chicha. Cuchillo y sus hombres, ahora agrupados en el Ejército Revolucionario Popular Antisubversivo Colombiano, quieren mandar a cualquier precio, aun a sabiendas de que el propio presidente Álvaro Uribe ofrece por su cabeza hasta $5.000 millones. En la otra orilla, Carranza sigue diciendo que no está en guerra —así  haya sobrevivido a todas— y el Llano continúa ese sino trágico de la violencia que no cesa.

La amenaza latente de alias ‘Cuchillo’

Su incursión en la ilegalidad empezó en San José del Guaviare, pero pronto se vinculó a los grupos de autodefensas hasta llegar a comandar el llamado bloque Guaviare. Tiene 40 años, se llama Pedro Oliverio Guerrero Castillo, le dicen Cuchillo y hoy es el hombre por capturar para el Estado colombiano.

Desertor del proceso de paz con el gobierno Uribe, además de ser el autor material de la muerte del jefe del bloque Centauros, Miguel Arroyave, hoy Cuchillo quiere imponer su ley en los Llanos Orientales. Cobra impuestos, ajusta cuentas y está asociado con Daniel El Loco Barrera.

Tiene varias órdenes de captura vigentes y además es el enemigo número uno de las Farc en la compleja región del Guaviare. Por estos días se le atribuye la autoría de los dos atentados que en nueve meses han intentado asesinar al llamado zar de las esmeraldas Víctor Carranza Niño.