Economía |23 Jun 2012 - 9:00 pm
Préstamos bancarios y bajo interés
El quiebre de una tradición
En los últimos ocho meses el Banco Central Europeo ha roto con la rigidez que identificó desde siempre sus políticas. Esta decisión, influenciada por EE.UU., prevalecería.
Por: David Mayorga
El italiano Mario Draghi tomó el control del BCE en noviembre de 2011. / Fotos: EFE
El mundo, como lo conocemos hoy en día, estuvo a punto de fragmentarse el 21 de diciembre de 2011. Y quien lo impidió fue un italiano de 64 años, cabello entrecano y ojos rodeados por ojeras. Su nombre es Mario Draghi, el responsable de quebrar esa tarde la rígida política fiscal del Viejo Continente al anunciar que el Banco Central Europeo (BCE), la entidad que dirige, destinaría 489.170 millones de euros para prestarles a los bancos en apuros.
Las beneficiadas fueron 523 entidades afectadas por la crisis de confianza que comprometió a todo el sistema financiero de la Eurozona, desatada por los rescates financieros a Grecia, Portugal e Irlanda, así como por el debilitamiento progresivo de las economías de Italia y España, y por las perspectivas negativas con que las agencias calificaron la deuda de Francia, la segunda economía más fuerte de la unión monetaria.
El crédito les permitía no sólo financiarse para cubrir los faltantes en sus balances sino aceitar las ruedas desgastadas de la economía, para que las empresas pudieran cumplir con sus sueldos y los padres llevar comida a la mesa. A cambio, recibieron un cómodo plazo de pago de tres años con un interés del 1%.
Fue apenas el primer guiño. El segundo se dio el pasado 20 de enero, con un nuevo préstamo de 529.531 millones de euros que terminaron en las arcas de 800 bancos. Ambas maniobras tuvieron un efecto positivo en los mercados, que respondieron con subidas inmediatas en sus índices.
En efecto, todo indicaba que el mundo, como lo conocemos hoy en día, seguiría girando. “Lo peor ya pasó, pero sigue habiendo riesgos”, reconoció el propio Draghi en una entrevista con el diario alemán Bild, en la cual, con suma prudencia, hizo una advertencia. Una premonición: “Ahora es el turno de los gobiernos, tienen que lograr que la Eurozona sea a largo plazo resistente a las crisis”.
Su petición, por desgracia, fue desatendida. En Grecia, dos intentos infructuosos de formación de un nuevo Ejecutivo trajeron consigo recuerdos del dracma, la antigua moneda nacional, y generaron un profundo temor entre la población, que acudió en masa a sus bancos y retiró alrededor de 5.000 millones de euros en tan sólo dos meses; en Francia, la victoria del socialista François Hollande en las presidenciales, con un discurso de desobediencia a la rigidez fiscal impuesta por Berlín para fomentar el crecimiento, puso a circular rumores de un choque político entre las principales economías de la región.
Pero lo peor sucedió en España, donde a pesar de los 19.000 millones de euros prometidos para salvar a Bankia (el cuarto banco más grande del país), el gobierno tuvo que aceptar la fragilidad de su sistema financiero y pedirle a la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y al propio BCE un salvavidas financiero que podría ascender a 100.000 millones de euros.
Por supuesto, los mercados volvieron a deprimirse. Y esta vez, fue evidente quién era el gran responsable de mantener la cohesión monetaria y estimular la economía común. “Lo único que pasó es que un prestamista del sector público, el BCE, reemplazó a los prestamistas privados”, consignó Robert Preston, editor económico de la cadena británica BBC.
El banco
La primera vez que los europeos hablaron de una moneda común fue en 1929. Su autor fue Gustav Stresemann, por entonces ministro de Exteriores alemán, quien lanzó la idea en una reunión de la Liga de las Naciones (la precursora de la ONU) previa al famoso “martes negro” que desencadenó la Gran Depresión.
Aquella idea sucumbió cuando cada país adoptó medidas para desvalorizar sus monedas y fomentar las exportaciones. Pero fue progresando a medida que todo el continente se embarcó en el proyecto que derivaría en lo que hoy es la Unión Europea. Para 1998, cuando se estructuró la unión monetaria y se determinó que su guardián institucional sería un banco central común, quedó en evidencia el papel protagónico de Alemania en cada una de sus instancias. De hecho, el nombramiento de Wim Duisenberg, exdirector del Banco Central de Holanda, un fiel aplicador de las políticas monetarias alemanas, desató el disgusto político de Francia, que reclamó una mayor participación en la dirección. Y la obtuvo: tres asientos en su junta directiva y la promesa de que uno de los suyos, Jean-Claude Trichet, lo sucedería en el cargo (como efectivamente ocurrió en 2003).
“El BCE fue creado en época de bonanza, con la misión principal de soportar la moneda única, cuando nadie concebía una crisis económica de la magnitud de ésta que estamos viviendo”, asevera César Ferrari, exdirector del Banco Central del Perú y Ph.D. en Economía, quien añade que entre las metas fijadas estuvieron siempre el control de la inflación y de la política monetaria de los países que, con el tiempo, adoptaron el euro.
El euro comenzó a regir los destinos europeos oficialmente el 1° de enero de 1999, desafiando en pocos años el dominio que el dólar, la moneda estadounidense, había desempeñado como patrón de cambio durante los anteriores 50 años. Claro que, en aquellos tiempos, sus dictados eran acatados por 11 países. Con el tiempo, siete nuevos países se acogieron al euro, economías en desarrollo que comenzaron a beneficiarse de la riqueza común, lo que pudo haber influido para que aquella estricta mística con la que nació se relajara al cabo de una década.
“El BCE siempre estuvo influido por el modelo del Deutsche Bank, el banco central alemán, caracterizado por el ultraconservadurismo a la hora de definir y ejecutar la política monetaria”, explica Alejandro Gaviria, decano de Economía de la Universidad de los Andes.
Pero aquella rigidez llegó a un fin con el estallido de la crisis de deuda de Grecia, que rápidamente se extendió por el continente y obligó a las autoridades políticas y financieras a traicionar su estilo para no permitir que todo el conjunto de la economía se desmoronara.
Y el traidor (y de alguna manera, salvador) fue un italiano: el propio Mario Draghi, que tomó el timón de un barco a punto de hundirse en noviembre de 2011.
“La respuesta inicial del BCE fue equivocada. Cuando todo el mundo vio que la recesión se avecinaba sobre Europa, a lo mejor siguiendo instrucciones desde Alemania, el banco subió las tasas de interés en dos oportunidades. Pero Draghi ha sido más laxo con la aplicación de la política monetaria, y aplicó medidas expansivas cuando más se necesitaba”, comenta Ferrari.
Su estrategia inicial fue deshacer las últimas decisiones de Trichet, su antecesor, calificado por los analistas de “conservador y ultraortodoxo”, para bajar los tipos de interés y reavivar la confianza por medio de préstamos a un sistema financiero aquejado por las perspectivas negativas de las agencias de calificación.
Ambas movidas rompieron una tradición, pero seguían otro modelo: el estadounidense, donde la Reserva Federal (Fed), su banco central, se tomó la tarea de incentivar una economía sumida en el desempleo, bancos en quiebra, una débil actividad industrial e inversionistas desilusionados de sus acciones, bajando tasas de interés e inyectando capital donde se necesitara.
“El modelo estadounidense está centrado en apoyar la política del pleno empleo, en mantener en bajos niveles los tipos de interés y controlar la inflación. Y hacia allá va la política monetaria europea, al fomento del empleo”, dice Ferrari.
Este viraje ha estado delineado por la misma evolución de la crisis financiera, que de la ruptura de una burbuja inmobiliaria en Estados Unidos derivó en crisis de deuda en toda Europa y un auge de las inversiones en commodities (‘materias primas’) por cuenta de los inversionistas internacionales. Y cuando ésta a su vez mutó en crisis generalizada en el Viejo Continente por los rescates financieros, faltantes en los bancos y falta de liderazgo político (agravada por el recalentamiento de los otros motores mundiales: el país del norte, China, India y Brasil), los inversionistas abandonaron sus apuestas para elegir bonos, y contar con el respaldo de una país para sus capitales (y, eventualmente, pescar en río revuelto si se quiebra).
“Esta crisis ha llevado a reinventar la política monetaria mundial. No estaba en los planes de nadie operaciones como las de la Fed, de vender bonos a corto plazo para comprar deuda a más tiempo. La situación ha obligado a los bancos centrales a abandonar la cartilla”, asegura Gaviria.
Este parece ser el destino más seguro del BCE: darle la espalda a una estrategia conservadora de disciplina en las cuentas y procedimientos fiscales, fomentada por Berlín, para tomar acciones más proactivas que incentiven la economía. Las mismas que catapultaron la llegada de Hollande a la presidencia francesa.
“Las autoridades comunitarias no le dieron al BCE competencias distintas a realizar operaciones de cambio y gestionar reservas internacionales. Por el contrario, la Fed goza de competencias plenas en materia monetaria y puede aprobar préstamos. De ahí que se diga que la vía más factible para superar la crisis en Europa sea con mayor institucionalidad; esto es, transferirle nuevas competencias, entre ellas la de prestar”, explica Eric Tremolada, titular de la cátedra Jean Monnet, de derecho comunitario, en la Universidad Externado de Colombia.
¿Qué tan probable es que esto ocurra? Por lo pronto no está claro. Ni la forma como sucederá ni el tiempo que tomará. Lo que sí está probado es que el Viejo Continente comienza a despertar poco a poco del letargo mortal en el que se encontraba y que ha deteriorado gran parte de los indicadores fundamentales de su propia economía. El tiempo dirá si el propio BCE tiene éxito en romper la férrea tradición que lo ha caracterizado desde su creación.
Por: David Mayorga
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