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El desplome de la economía

Se pone de presente que los gestores de la política económica operan con información ligera y criterios equivocados.

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Eduardo Sarmiento Palacio
24 de mayo de 2008 - 04:42 a. m.
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En el segundo semestre de 2007, en la columna titulada “La destorcida anunciada”, advertí que la economía revelaba síntomas de desaceleración. Luego, en varias columnas señale que el crecimiento se manifestaba en tasas constantes de desempleo, revaluación y alza de los precios de los bienes no transables y alimentos, y estaba representado en altas expansiones de sectores que no tenían las características para sostenerlas.

En los primeros meses del presente año ilustré cómo los indicadores más comunes revelaban una rápida caída de la actividad productiva y hace 15 días notifiqué que la economía había entrado en estancamiento.

La información de las encuestas industriales del DANE y la ANDI, divulgadas en la última semana, despejan cualquier duda sobre el diagnóstico. En marzo la producción bajó 9% en la primera con respecto al mismo mes del año anterior y cerca de 15% en la segunda. Semejantes cifras no se observaban desde la recesión de principios de la década. (Véase gráfico).

El resultado generó un gran desconcierto en el Gobierno y en los centros de estudios cercanos. El mensaje a la opinión pública es que la economía venía bien y se desplomó súbitamente. Quienes hace quince días recomendaban subir la tasa de interés, hoy en día cuestionan al Banco de la República por hacerles caso. Lo que era bueno cuando el DANE divulgó el crecimiento de 2007, ya no lo es.

De nuevo se pone de presente que los gestores de la política operan con información ligera y criterios equivocados. Hasta hace ocho días el gerente del Banco clamaba a viva voz que la economía crecería por encima de 5% gracias a las exportaciones.

Como lo mostré en la última columna, este comportamiento obedece a sobrefacturaciones y alzas de precios que no afectan al menos en forma directa la producción y el empleo. La otra ficción es la inversión extranjera. El 75% de los ingresos de capital por tal concepto se destinan al sector petrolero y vienen a sustituir el ahorro doméstico, y el resto se orienta a la adquisición de empresas y, de seguro, se verá compensado por la repatriación de capitales de los antiguos propietarios y de las utilidades.

Tal vez, el mayor espejismo estaba en la composición del crecimiento. Los altos índices del producto se impulsan por la construcción y los automóviles, las exportaciones, las ventas del comercio y las utilidades del sector financiero.

En cierta forma, el desplome de los tres primeros meses revela el desinfle de la especulación. Así lo ilustra la encuesta de la ANDI. Todos los sectores transables revelan caídas del 10%, los materiales de la construcción descienden moderadamente y las actividades metalmecánicas, que crecían a elevadas tasas, han pasado a hacerlo en forma modesta.

Los fenómenos económicos, como los biológicos, evolucionan en forma regular. Los resultados imprevistos son la evidencia natural de teorías equivocadas. En efecto, el Gobierno está montado en la creencia de que el crecimiento basado en la inversión extranjera y la revaluación suministran las condiciones estructurales para sostenerse, y en el dogma de que el dinero no tiene efectos reales.

Los hechos revelan una realidad muy distinta. El modelo se manifestó en principio en un elevado crecimiento económico liderado por las burbujas de la construcción y los automóviles, la sobrefacturación de las exportaciones y los elevados márgenes del sector financiero y el comercio.

Luego, el intento de detener una inflación externa y de bienes no transables con el alza de la tasa de interés y la asfixia monetaria no logró mayormente el propósito y, en su lugar, provocó la desaceleración y el desplome del producto nacional. En fin, el Gobierno montó un modelo especulativo, que no era sostenible, y el Banco de la República precipitó su caída con el alza de la tasa de interés.

La reacción oficial ha sido descalificar al Banco de la República y solicitarle que revierta de inmediato la política. El problema no es tan sencillo. Muchas veces es más fácil subirse que bajarse del tigre.

La baja de la tasa de interés tendría que adoptarse dentro de una estrategia que muestre que las autoridades económicas están en capacidad de conciliar el crecimiento económico y el control de la inflación.

Ante todo habría que reconocer que las teorías que sirvieron para justificar tanto el crecimiento con revaluación como la inflación objetivo son equivocadas y la voluntad de adoptar una nueva concepción.

El modelo está escrito, de tiempo atrás, y se presenta en forma detallada en mi nuevo libro: Economía y Globalización, editado por Norma, que se encontrará la próxima semana en las librerías.

Por ahora, convendría intervenir el tipo de cambio, aumentar los depósitos de divisas y extenderlos a todos los ingresos de capitales, regular en forma directa los precios de los bienes de naturaleza monopólica y avanzar en una política fiscal, monetaria y comercial combinada y selectiva para aliviar las alzas de los combustibles y los cereales.

Por Eduardo Sarmiento Palacio

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