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En los últimos meses se ha vuelto usual el empleo del término “estan-flación” entre los analistas económicos, para describir el estado de la economía mundial. Este es un estado temible en el que la recesión económica y la inflación coinciden, dificultando la política económica.
Hace seis meses el panorama era diferente. La principal preocupación era la posibilidad de una recesión en EE.UU, propiciada por la crisis en el mercado de vivienda y la subsiguiente crisis financiera, a la vez que se discutía la posibilidad de un “desacoplamiento” de las economías emergentes con respecto a ese país, pues podrían seguir creciendo a pesar de la mala fortuna norteamericana.
No obstante, el precio creciente de los bienes básicos (commodities), liderado por el petróleo y la progresiva debilidad del dólar, entraron a complicar el escenario, al encender las alarmas de inflación alrededor del mundo. De hecho, empezó a generalizarse la percepción de que si la crisis hipotecaria no generaba una recesión global, la crisis energética y la inflación sí lo harían.
Los temores de estanflación se reflejaron en el comportamiento de los mercados accionarios, que llevan meses deprimidos. Desde su pico en octubre del año pasado, el Dow Jones cayó 18,8%, mientras el S&P 500 18,6%, a pesar de la política monetaria expansiva de la FED. Asimismo, el índice de la Bolsa de Shanghai ha caído 21,4% desde junio, mientras que el Hang Seng de Hong Kong lo ha hecho en 10,9%.
Es conocido el hecho de que la demanda creciente de países emergentes como China e India, cuyas economías son altamente dependientes de la energía, ha presionado el precio del petróleo al alza. Las importaciones de crudo de China han crecido a una tasa anual de aproximadamente 20% desde 2003, alcanzando un nivel semejante al de Japón. Adicionalmente, la existencia de subsidios a los combustibles en muchos países emergentes ha evitado que los crecientes precios moderen la demanda.
La debilidad mundial del dólar es otro de los factores que han incidido en el incremento del precio del crudo. De una parte, la depreciación del dólar resulta en un incremento directo de los precios de los activos denominados en dólares, como es el
caso del petróleo. Igualmente, esa divisa incrementa el atractivo de los bienes básicos vis-á-vis los activos financieros, generando mayor demanda y precios más altos.
El efecto del precio del petróleo sobre la inflación es evidente. Si bien los combustibles no hacen parte de la inflación núcleo, que en principio es la variable que se busca controlar con la política monetaria, los precios de los combustibles, a través de los costos de transporte, eventualmente afectan los costos de otros bienes que sí hacen parte de la inflación núcleo. El resultado es que actualmente la inflación anual de China se encuentra en 8,5% (era 3% hace un año), la de Rusia subió de 8% a 14% y en países como Venezuela alcanzó 29,3%, donde la de alimentos es de 41%.
El país no es la excepción, y aun cuando la inflación anual, en 7,5%, está por debajo que la de estos países, se encuentra muy por encima del límite superior de la meta del Banco de la República (4,5%). Aun cuando el precio del petróleo no es el único responsable de este fenómeno, el crecimiento en los precios de los alimentos a nivel mundial y también por causas locales, como el clima, los derrumbes y los paros, son otros culpables.
En un escenario de desaceleración global la respuesta óptima en términos de política económica de los países desarrollados es una reducción en las tasas de interés, que permite incrementar el valor de los activos. Fue la respuesta de la Reserva Federal en EE.UU, que redujo sus tasas de 5,25% a 2% en 7 meses, para capotear una contracción del crédito propiciada por la crisis hipotecaria, y por esta vía reactivar el consumo y frenar el desempleo. No obstante, hay un límite a lo que la FED puede hacer. Aun cuando el Banco de Inglaterra redujo sus tasas de 5,75% a 5%, entre julio de 2007 y abril de 2008, el Banco Central Europeo las incrementó, a pesar de la fragilidad de la economía europea. Nuevas reducciones de las tasas por parte de la FED tan sólo contribuirían a debilitar aún más el dólar, presionar el precio del petróleo al alza y frenar el crecimiento económico.
A pesar de que las señales de desaceleración siguen, los demás bancos centrales se han visto en la obligación de detener la reducción en las tasas de interés ante la inflación creciente. Aun cuando la inflación en EE.UU, en 5%, se encuentra en su nivel más alto en 10 años, la FED no ha podido –y probablemente no podrá en el resto del año– aumentar sus tasas debido a los temores de recesión.
Aun cuando el crecimiento económico en los dos primeros trimestres del año fue positivo, con base en exportaciones animadas por un dólar devaluado, y el gasto público, las señales de contracción económica en EE.UU son preocupantes. El empleo privado viene cayendo desde enero, mientras que las ventas al por menor están cayendo en términos reales. Adicionalmente, la crisis en el sector de vivienda, que representa el corazón de la crisis económica, aun no ha tocado fondo y
continúa alimentando la crisis financiera. Los precios de vivienda, medidos por el índice Case Shiller, han caído 15,3% en el último año, mientras que el nivel de inventarios de vivienda nueva y usada sigue subiendo, lo que augura una profundización de la crisis. Los mercados esperan que la caída en precios alcance cerca del 30%, haciendo de esta crisis del sector de finca raíz la más profunda de la posguerra.
Entre tanto, la crisis financiera ha cobrado nuevas víctimas, entre las que se cuentan las gigantescas empresas respaldadas por el gobierno: Fannie Mae y Freddie Mac. Estas instituciones son dueñas de US$1,5 billones en activos hipotecarios y garantes de otros US$3,7 billones; por lo que los temores acerca de su insolvencia obligaron al gobierno norteamericano a rescatarlas para evitar una corrida bancaria sin precedentes.
La crisis en el mercado de vivienda se ha extendido al Reino Unido y a España. En Japón el gobierno ya reconoció que la economía está entrando en recesión. En Italia el PIB se contrajo 0,3% en el segundo trimestre del año, mientras que en Canadá la economía decreció 0,1% en mayo. La desaceleración económica en los países del G7 es, pues, evidente.
Nadie se escapa a la desaceleración
Los denominados BRIC (Brasil, Rusia, India y China) se han mantenido relativamente fuertes. Pero difícilmente podrán escaparse de una recesión. La economía de China se desaceleró, la producción manufacturera cae y los costos laborales crecen en línea con la inflación.
En India, con crecimientos superiores a 9%, la tasa de 2008 va a 7%; afectada por una crisis financiera que ha propiciado salida de capitales, además de enfrentar una inflación de dos dígitos.
Brasil se ha mantenido fuerte por el alto costo de los commodities, aunque una desaceleración en la demanda global podría reducir los precios y complicar el escenario, lo cual contagiaría al resto de América Latina. De hecho, en las últimas semanas el precio del petróleo cayó 20,6%, dándole un respiro a los mercados accionarios del mundo y disipando, temporalmente, los temores de mayor inflación.