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Un rumor recorrió por varios meses los lugares glamurosos de Europa, desde las playas de Cannes hasta las colinas de Mónaco. Un millonario ruso, cuyo nombre se desconocía hasta esta semana, compró por 300 millones de euros La Léopolda, una suntuosa villa en el sur de Francia. Mucho se especuló con que hubiera sido Román Abramóvich, pero finalmente la propiedad más cara del mundo quedó en manos de Mikhail Prokhorov. La transacción se constituyó en un verdadero récord mundial en la compra de una propiedad de estas características.
Así son los millonarios rusos, los zares del siglo XXI: extravagantes, gastan con ostentación, opulencia y derroche. Les encanta que sus compras sean rebuscadas y sorprendentes, para impresionar a sus amigos. Este consumo desenfrenado se refleja en un chiste ruso. Describe a un empresario adinerado que le cuenta a un amigo que compró una corbata en US$100. “Qué tonto —le responde el otro—. Puedes comprar la misma corbata por US$200 en la acera de enfrente”.
Moscú se convirtió en la ciudad más costosa del mundo y con la mayor concentración de multimillonarios. Superó a Nueva York. La capital rusa tiene ahora 74 frente a los 71 de la ciudad más poblada de Estados Unidos. “Lo más fascinante es que cada millonario ruso que aparece en el ránking de millonarios se ha hecho a sí mismo”, señalaba la editora de la revista Forbes, Luisa Kroll, a The St. Petersburg Times. Se calcula que hay, además, cerca de un millón de personas, sobre una población de 134 millones, con más de un millón de euros en la cuenta bancaria y unas 20.000 con patrimonios por encima de los cien millones.
Todos ellos poseen una fortuna conjunta de US$470.000 millones o, lo que es lo mismo, más del doble del PIB cuando Vladimir Putin llegó al poder en 2000. Hace dos años, entre los Top 20 del ránking de millonario de la revista Forbes, 10 de los ciudadanos con más ceros en sus cuentas corrientes eran estadounidenses. Ahora sólo hay cuatro. La novedad es que también hay cuatro de Rusia.
En Moscú abundan los concesionarios de Rolls Royce, Ferrari, Porsche y Lamborghini. Invierten en propiedad raíz, en especial en Londres, aunque en su mapa también figuran Francia, España, Italia y Estados Unidos.
Las grandes fiestas, con artistas famosos, les encantan. El cantante británico George Michael recibió US$3,25 millones por una presentación de menos de una hora en la fiesta de fin de año nuevo de Vladimir Potanin. Y Suleimán Kerímov invitó a Shakira y a Cristina Aguilera a su fiesta de cumpleaños; cada una recibió US$1 millón por una actuación de 45 minutos.
Las casas de subastas londinenses Christies y Sothebys se disputan por ejemplo a Elena Baturina, esposa del alcalde de Moscú, Yury Luzhkov, que es una de las principales coleccionistas de arte del mundo.
Las fortunas vienen de los caóticos años 90, cuando una reducida élite bien posicionada se hizo con el grueso de las industrias boyantes durante las privatizaciones y subastas de empresas estatales. Es conocida la historia de cómo ex oficiales de la ex KGB se apoderaron de las grandes empresas ante la desintegración del Estado en el final de la URSS; luego Boris Yeltsin ayudó a “blanquear” esas tenencias, y Vladimir Putin, otro ex oficial de la KGB, no ha entorpecido a quienes
aceptaron su liderazgo. El boom de los precios del petróleo y otras materias primas hizo el resto. Dos tercios de los millonarios rusos sacaron sus enormes fortunas del sector petrolero.
La privatización de las antiguas riquezas estatales abrió el acceso a los enormes recursos naturales a las compañías privadas y, con ello, las fortunas de los nuevos ricos crecieron como la espuma. Sin embargo, según opina el consejero del presidente Vladimir Putin, Andrei Illarionov, la clave del enriquecimiento fueron las privatizaciones de los años 90. La venta del patrimonio nacional heredado del comunismo por Boris Yeltsin y su equipo fue uno de los procesos más escandalosos de la Rusia moderna. Según Illarionov, el 90% de las empresas estatales fueron privatizadas con violaciones de la ley. Entre 1992 y 1998, más de 22.000 empresas se vendieron a un precio medio de 15.000 euros.
Vladimir Lisin
Ilustra el sueño americano en Rusia: comenzó como mecánico en una mina de carbón. Luego trabajó en una fábrica de acero. La fortuna le sonrió cuando su jefe fue nombrado, en 1991, ministro de Metalurgia y se lo llevó con él a Moscú desde Siberia. En 1992 se vinculó al grupo inversionista Trans-World Group, que dominó las exportaciones de aluminio y acero, porque la compañía dominaba las fábricas de estos productos. En 2000 les compró la participación a sus socios y así se originó Novolípetsk (NLMK), la tercera productora de acero rusa. Se ha mostrado interesado en Arcelor, según indicó el ministro de Economía y de Comercio de Luxemburgo, Jeannot Krecké, en unas declaraciones al diario luxemburgués Tagleblatt.
También buscó la integración vertical de su conglomerado con la compra de un puerto en San Petersburgo en 2004.
Mikhail Prokhorov
El viernes pasado se conoció que fue este “playboy” ruso quien compró Villa Léopolda, la propiedad más costosa del mundo, ubicada en la Costa Azul, por la que pagó 300 millones de euros, cifra que superó los 147 millones de euros que el indio Lakshmi Mittal pagó por un apartamento en Londres. Es dueño de Norilski Nikel, la factoría de níquel y paladio más importante del planeta. Son famosas sus juergas en la estación de esquí francesa de Courchevel, con prostitutas de lujo traídas desde Moscú. Esas preferencias le costaron ser detenido por la policía gala por sospechas de proxenetismo, aunque rápidamente fue liberado sin cargos. Cada temporada, Prokhorov, soltero, hace la lista de invitados y paga por adelantado las habitaciones de un hotel completo.
Este año también creó la revista Snob, con una inversión de US$150 millones, que tratará temas de estilo de vida, negocios y viajes.
Se ha enriquecido gracias a las materias primas a través de su participación en la compañía Norilsk Nickel, tiene fama de mujeriego y con frecuencia se le ve acompañado de famosas modelos rusas.
Mikhail Fridman
Cuando era joven solía revender entradas para espectáculos. Su éxito está basado en el consorcio de banca y telecomunicaciones Alfa Group, que fue fundado por él y en el cual es uno de los mayores accionistas. Su a menudo sonriente cara oculta su dura manera de ver los negocios, revelada en una entrevista televisiva en 2002: “Nadie es amigo de nadie —dijo—. Porque en mayor o menor grado todos somos competidores. El año pasado fue demandado por calumnias por Boris Berezovsky ante un tribunal londinense. Fridman había venido disfrutando de buenas relaciones con el Kremlin, hasta que el gobierno ruso confiscó una dacha (casa de campo asignada por el gobierno soviético a personalidades) que Fridman habría privatizado de manera ilegal. El grupo Alfa tiene también participaciones significativas en la unión petrolera anglo-rusa TNK-BP, una enorme cadena de supermercados y varios operadores de telefonía móvil.
Alexei Mordashov
Es el principal accionista de Severstal, la tercera compañía de acero de Rusia. Trató de comprar al gigante Arcelor, que perdió con su archirrival Lakshmi Mittal para convertirse en el primer productor de acero del mundo. Ha adquirido empresas en EE. UU. e Italia.
Su carrera en la industria de acero comenzó como asesor financiero de la compañía que hoy es de su propiedad, cuando llegaron las privatizaciones de empresas en los 90. A partir de allí estructuró un conglomerado que tiene compañías de autopartes, negocios de carbón, actividad portuaria y logística de carga. Quienes han tenido negocios con Mordashov dicen que es un verdadero sabueso que olfatea dónde están los grandes negocios. Esa característica lo llevó a extender sus actividades fuera de Rusia y compró Rouge Industries, la italiana Lucchini y está detrás de cualquier negocio grande que se mueva en su industria.
Roman Abramovich
Es el indiscutible oligarca de los oligarcas; tiene negocios de petróleo y acero. Es además dueño del club de fútbol inglés Chelsea. Y por orden del presidente Vladimir Putin tiene el cargo de gobernador de Chukotka, situada frente a Alaska. Su mayor excentricidad es volar a la Luna. Ofreció a Roskosmos, la agencia espacial rusa, 220 millones de euros por el viaje.
Convirtió en extravagancia el mito del jet privado, regalándose un Airbus A380, por el que pagó 350 millones de euros. Su actual avión, un Boeing 767, se le quedó pequeño. También posee tres yates y se hizo construir un velero de 200 metros de eslora, que le costó US$200 millones, el mayor del mundo.
Su origen judío lo ha llevado a invertir en muchas empresas israelitas. Es representante en la Duma de la región extremo oriental rusa de Chukotka. Dicen que aunque gasta tiempo y dinero en el Reino Unido, está en buenas relaciones con Putin. En Londres, posee una casa en Belgravia, un apartamento en Knightsbridge y una casa de campo en Sussex. Evita los medios y los actos de sociedad, aunque salió a la palestra el año pasado tras la ruptura y carísimo divorcio de su mujer, Irina, madre de sus cinco hijos, con una bellísima segunda rusa de por medio. Compró el castillo de Bran en Rumania, el que perteneció al héroe nacional rumano Vlad Tepes (el Drácula real), por 50 millones de euros, aunque dicen que no va nunca.
Oleg Deripaska
Es el ruso más rico del mundo, según el ránking de la revista Forbes, también conocido como “El rey del aluminio” por ser el mayor propietario del consorcio Rusal y de la compañía Basic Element.
Empezó su carrera como vendedor de mercancías varias. Tiene intereses en la industria maderera y en la automovilística. Los competidores de su compañía, Basic Element, dicen de él que usa tácticas de presión intimidatorias en ofertas de compra hostiles. En 1999 el entonces presidente Boris Yeltsin le impuso la medalla de la Orden de la Amistad. En 2001 se casó con la nieta del ex presidente Yeltsin y está bien relacionado con la élite de la clase política rusa. Vive, junto con su esposa y sus dos hijos, en una lujosa casa londinense en Belgravia. Entre sus amigos se encuentra Román Abramóvich, que fue su socio, y con el que ve los partidos del Chelsea desde la grada presidencial.