Opinión |27 Oct 2009 - 9:54 pm

Ni perdón ni olvido

Por: José Antequera Guzmán

APARECIÓ EN MEDIOS DE COMUNIcación un video en el que los hijos de Rodrigo Lara Bonilla y de Pablo Escobar conversaban y afirmaban su acuerdo como hombres buenos y de paz con la intención de seguir pa’lante. Al acto, ocurrido en el marco de la realización de un documental sobre “el narcotráfico y sus víctimas”, se sumó también un hijo de Luis Carlos Galán, Juan Manuel.

Teniendo en cuenta la talla de los personajes involucrados como referentes de opinión pública, este acto y la manera como ha sido transmitido merecen reflexión.

Colombia camina por la emergencia de la batalla por la garantía de los derechos de las víctimas o su negación; por un sentido del pasado a favor de la apertura inconclusa de transformaciones, o en cambio, de la continuidad de los silencios impuestos. Una forma de sintetizar la batalla que tiene claras consecuencias en el presente, es la disyuntiva general entre memoria y justicia o perdón y olvido. Por eso no deja de ser impresionante la manera como se tituló el video en cuestión en la edición electrónica de la revista Semana: “Hijos de Pablo Escobar y Rodrigo Lara se encuentran para perdonar y olvidar”. Ya que la reconciliación es planteada como un horizonte imperativo en nuestro país, pregunto: ¿Son imperativos el perdón y el olvido entre los hijos de víctimas y los de perpetradores de crímenes? ¿Son posibles?

Juan Manuel Galán afirmó que este acto no implicaba una renuncia a la búsqueda de verdad y justicia. Por supuesto, las acciones jurídicas tienen al victimario como objetivo, no a sus hijos, que no heredan porque sí las responsabilidades de sus padres. Por eso un abrazo o un apretón de manos no implican la renuncia de tales acciones, y por eso mismo, no es con los hijos con quienes se propone la posibilidad de hablar de perdón.

Ahora bien, el perdón con respecto a quien es posible reflexionarlo, es decir, con el responsable Pablo Escobar, ni es deber ni es obligación jurídica ni moral. El perdón, sea lo que signifique en realidad, es una opción personal que no debe ser vista como una condición de la no reproducción de la violencia, de la paz o de la posibilidad de la convivencia democrática. No puede trasladarse a la intimidad lo que se resuelve en el mundo de la garantía de derechos.

De la misma manera, esa afirmación de seguir pa’lante, independientemente del acuerdo que tengamos sobre ella, no puede confundirse con el olvido. Éste último es imposible, y si no, que me desmientan los hijos de Lara, de Galán o de cualquier otra víctima en el país, que hasta el último día de sus vidas tendrán memoria de lo ocurrido, lo cual no significa una perturbación insalvable con la tragedia de ruptura que marcó su experiencia. Se puede seguir adelante, de hecho se sigue todos los días, sin que eso signifique la negación de una marca imborrable, ni la renuncia a la justicia, mucho más en el caso de los hijos (y las hijas), que tenemos en nuestro nombre, en nuestras caras, en nuestros gestos y lunares, los marcos de la memoria misma.

Si entendemos el no reproducir la violencia en las nuevas generaciones como perdón y olvido, le hacemos un pésimo favor a la paz. Porque somos hombres y mujeres de paz, hacemos memoria para aprender y convertir la experiencia personal en legado necesario para la transformación inconclusa de nuestro país.

jose.antequera@gmail.com

  • José Antequera Guzmán | Elespectador.com

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