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Cartas de los lectores

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Cartas de los lectores
30 de enero de 2008 - 09:43 p. m.
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Los nadaístas y la Armada

Leo en una nota de Alto Turmequé, de El Espectador (enero 6-12/08), que en la celebración de los 71 años de la Infantería de Marina, el azote de baldosa se hizo al son de “Mi decisión”, “No más terrorismo”, “Te lo mereces” y “Ya se va el marino”, canciones grabadas en CD por un suboficial y dos de sus infantes. “Algunos apartes de sus letras —termina con hiriente gracejo el informe— hacen fila para reemplazar un texto de Gonzalo Arango que adorna la entrada de las instalaciones de la Marina en Bocagrande, Cartagena, pues algún alto oficial ha dicho que la Armada no puede hacerle la apología a un izquierdista”.

La historia comienza el 7 de septiembre de 1968, en Cartagena, cuando el ‘profeta’ —creador del Nadaísmo hace 50 años— deambulaba sin un peso por la ciudad vieja y fue invitado a la botadura del navío insignia de la Armada Nacional, el velero Gloria, con presencia del señor Presidente de la República. En su discurso, tristemente célebre en los archivos del movimiento, y que ocasionó grave crisis en nuestra precaria ideología, el orador calificó de “Poeta de la acción” a Lleras Restrepo, quien acababa de cerrar la Universidad Nacional y de expulsar del territorio patrio a la valiente y ácida crítica Marta Traba.

Finalizada su intervención, el poeta puso en el libro de visitantes ilustres la frase que después utilizó la Armada como placa que pende en el mismo buque y, ahora veo, en la entrada de sus instalaciones en Cartagena: “Colombia es un país rodeado de mares por todas partes, menos por el corazón de sus marinos, donde la patria es amor”.

Consciente de que la había embarrado con su generación por entonces contestataria, consintió en viajar a Puerto Rico, en desarrollo de la Operación Unitas, en un barco de la Armada, el ARC Antioquia, a sabiendas de que no era ningún lobo de mar, para ir trasbocando mareado sobre la cubierta durante toda la travesía, incluso sobre el mantel del comandante, lo que significaba vomitarse sobre la Armada. Por eso le levantamos el veto.

Luego del episodio solemne con corbata prestada, fue como si el Buque Escuela de nuestra Armada hubiera recibido ‘la maldición de Garabato’. La mafia se aprovechó de la inmunidad del navío —quien sabe con cuántos éxitos—, hasta que el 22 de junio de 1976 la Aduana de los Estados Unidos lo pescó con 28 kilos de cocaína. En 1992, el almirante Mauricio Soto halló restos de cocaína en el velero cuando se preparaba para sumarse a la regata mundial que celebraría el V Centenario del Descubrimiento de América. Y en 2004, pese a haberse instalado un escáner para detectar estupefacientes a bordo, fueron pillados 16,5 kilos de heroína y 10 de cocaína dentro de un tanque de la sección de motores diesel del barco insignia, cuando se preparaba a viajar hacia los Estados Unidos con 75 tripulantes a bordo, el capitán y 13 oficiales, 49 suboficiales, 5 infantes de marina —de los que ahora componen canciones en honor de la institución— y 7 civiles. Todos fueron suspendidos hasta que se identificara a los responsables (información obtenida de Google. Enlace: Gonzalo Arango Barco Gloria.

Es por esto que, para empezar las celebraciones de nuestro cincuentenario, exigimos que se retire la placa con la que nuestro profeta nadaísta, que no izquierdista, quiso honrar a nuestra patria en los mares. Le contesto al alto oficial de la Armada que no es nada respetable que un nadaísta haga la eterna apología de un cacharro del cual podría decirse que ha sido nuestra coca (cierta embarcación usada en la Edad Media. DRAE) en los mares.

Debería hundirse la placa que por 40 años dignificó a la Armada con barco y todo.

Jotamario Arbeláez.  Bogotá.

De la UMB

En la edición correspondiente al fin de semana del sábado 19 de enero de 2008, El Espectador publicó el artículo titulado “Nexos de narco y un rector”. En dicho artículo, el periodista se refiere a las supuestas relaciones del rector de la Universidad Manuela Beltrán, Dr. Alfonso Beltrán Ballesteros, con personas ligadas a negocios ilícitos.

En el pasado estos mismos hechos fueron publicados por periodistas de El Espectador en distintas ocasiones. Y también fueron investigados, a petición primero de la Fundación Educativa de Estudios Superiores (FEES) y luego de la Fundación Universitaria Manuela Beltrán, por la Fiscalía General de la Nación. El resultado fue la preclusión de las investigaciones en diciembre 18 de 2000, confirmada en segunda instancia por la Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá. Por consiguiente, la investigación fue archivada de manera definitiva e hizo tránsito a cosa juzgada.

Guido Echeverri P. Rector, Universidad Manuela Beltrán. Bogotá.

El suicidio de Antonio

El martes, mientras caminaba por la calle 53 en dirección a “La Eneida”, escuché en la radio que un hombre se había suicidado en la Biblioteca Virgilio Barco, más conocida  como “La Eneida”. En la emisora se decía que lo más grave era que hubieran fallado los sistemas de seguridad al no detectar la entrada de un arma de fuego. La mañana siguiente, por televisión, la gerente de Bibliored, visiblemente consternada, declaró que: “…en el lugar no están habilitados los detectores de metales, por lo que no fue posible detectar el ingreso del arma al lugar”.

Dicho hombre se llamaba Antonio Naranjo. Si la Biblioteca Virgilio Barco hubiera sido un templo al estilo de Xul Solar, en lugar de “detectores de metales”, tendría “detectores de afectos”, y quizá Antonio aún estuviera vivo. Tal vez haya alguno que proponga utilizar un polígrafo a la entrada de la biblioteca, para hacerle a los lectores la pregunta: ¿piensa suicidarse hoy aquí?

Del hombre se dijo que era: “Antonio Naranjo, un visitante habitual de la biblioteca y (que) solía leer el periódico y novelas”. Vale la pena recordar que, durante siglos, la Iglesia Católica condenó y persiguió a los suicidas, argumentando que era un pecado contrariar la voluntad divina de crear y terminar la vida. En Colombia, durante la época de la Regeneración, cuando el poder político fue seducido por el religioso, incluso a nuestro gran Silva se le negó la sepultura dentro del Cementerio Central, por considerarlo indigno. Hoy, más de un siglo después: ¿quién asistiría al entierro de Antonio Naranjo? ¿Qué palabras se leerían en su última morada? ¿Cuál es nuestra actitud, como una sociedad laica, frente al suicidio?

Evitemos la moral en este tema y pongámonos un momento en el lugar de Antonio. ¿Cuál era su vida? ¿Durante cuánto tiempo estuvo contemplando la idea del suicidio? ¿Por qué decidió llevarlo a cabo en “La Eneida”?  Así como en la red de bibliotecas se ofrecen servicios como: “oigo, siento y me comunico “, “el rincón de los abuelos”  y “momento cultural”, entre muchos otros que propician espacios de reflexión y esparcimiento en sus instalaciones, me pregunto si no valdría la pena crear otros espacios destinados a fomentar lazos entre las personas, en tantas ocasiones, tan solitarias.

Aquiles Cuervo. Bogotá.

Carrasquilla

En el artículo sobre Tomas Carrasquilla (“A la diestra de Dios Padre”, El Espectador, semana del 13 al 19 de enero) hay algunas imprecisiones. 1- Él no murió solo y abandonado. Vivía en la casa de su hermana Isabel, casada con Claudino Arango Jaramillo, de familia numerosa. Uno de sus hijos, Gabriel Arango Carrasquilla, fue la persona que le sirvió de amanuense de sus últimas novelas. 2- Él vivió en Medellín desde 1900. Aunque en algunas oportunidades estuvo en la mina de Argelia, de la familia Arango Jaramillo, donde él ejercía el oficio de contador. 3- A Tomás Carrasquilla le amputaron una pierna, y la familia le acondicionó una silla con dos ruedas de bicicleta que se volvió la entretención y juguete de sus familiares menores, que jugaban con ella, en la calle Bolivia.

Luis Álvaro Gallo M. Medellín.

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