Por: Andrés Hoyos

El hijo del minero

GONZALO ROJAS, EL MAYOR POETA vivo de nuestra lengua, murió este lunes en Santiago, lejos de su amado "Chillán de Chile". Tenía 93 años.

Conocí a Gonzalo en 1995 en casa de unos amigos en Bogotá, durante una de sus múltiples visitas al país, y vi con sorpresa cómo me abría de inmediato la puerta de la amistad. Para entonces su trajín de poeta pausado y memorioso se había acelerado en forma vertiginosa porque un día, por ahí a los 75 años, lo atropelló la fama. Antes Gonzalo vivía, como la mayoría de los poetas chilenos, bajo la sombra no siempre benéfica de Pablo Neruda, y era uno de aquellos “secretos mejor guardados”.

La maduración del hijo del minero fue lenta, pues su primer libro, La miseria del hombre, lo publicó a los 30 años. Se trataba de una muy frágil edición de 500 ejemplares que el todopoderoso crítico Alone recibió con un bautizo lapidario: “al paso que llevan, las letras nacionales no prometen nada bueno”. El segundo libro de Gonzalo salió cuando él tenía 46 y le dieron un premio. El golpe militar de 1973 lo convirtió por la fuerza en un ciudadano del mundo, si bien ya lo era del mundo de la poesía. Gonzalo, culto como pocos, nunca quiso ser un poeta intelectual, sino un poeta de poetas, un poeta con antepasados. Formado en los clásicos latinos y en las vanguardias de su siglo XX, saltó de ahí hacia donde se le dio la reverenda gana, guiado por una mirada cáustica, curiosa y en extremo personal. Pronto hizo suya una clara patente de corso, seguro de que “los locos somos hijos de Dios”. Su voz, una vez formada, no sufrió grandes cambios, como no fuera el de admitir en ella un paulatino desliz hacia el escepticismo.

La vertiente más potente de su poesía la dedicó a las mujeres. Bajo de estatura, con gafas y calzonarias, nadie confundió nunca a Gonzalo con un hombre apuesto, lo que no obstó para que tuviera en la materia un éxito arrollador. Uno lo imagina, ya viudo, valiéndose de su bella voz de bajo-barítono para deslumbrarlas y llevarlas sonriendo al desnucadero de su cama china con espejos. Gonzalo no concebía el amor de una manera que no fuera sensual y erótica, y los múltiples poemas dedicados a las vicisitudes de Eros lo comprueban.

Al igual que muchos de sus contemporáneos, pasó por una politización que en su caso nunca fue opresiva ni obsesiva. Más adelante su poesía “comprometida” se fue atemperando, con tal cual regreso explosivo a los ardores del romántico.

Cabe poca duda de que Gonzalo Rojas solucionó su vida haciéndose poeta, pues uno no lo imagina de novelista, de periodista o de dramaturgo. Al igual que otros equilibristas del peligroso mundo del verso, cayó a veces en algún poema flojo, pero por el camino fue adquiriendo las audacias del obstinado y durante su larga madurez trasegaba por la cuerda como si ésta no existiera.

Fiel a la tradición, convocó con frecuencia a la muerte a su poesía, por lo general para burlarse un poco de ella. En “Materia de testamento”, escrito en 1988, o sea hace más de dos décadas, recurre a la tentación legataria inaugurada en tiempos de Villon y le deja a la muerte “un crucifijo viejo de latón”.

Gonzalo Rojas se rehusaba a envejecer, pese a pasar de los 90. Sin embargo, en una de esas le tocó morir. Ahora, cuando tanta gente lo invoca y le manda abrazos, tendría que repetir lo que dice otro verso suyo: “circunstancias adversas impídenme concurrir”.

[email protected] @andrewholes

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