Por: Pascual Gaviria

Centros de acogida

LA PUBLICACIÓN EN 1948 DE UNA mujer de cuatro en conducta causó revuelos literarios y sociales en Medellín.

La novela relata el azaroso recorrido de una campesina en las calles de una ciudad presuntuosa y arribista. Casi nadie resulta bien librado en medio de esa sociedad de patronas avaras en las casas, supervisores lascivos en las fábricas, maestras tiranas en las escuelas tutelares. El capitalismo incipiente y la crisis de 1930 —fecha de inicio de la historia— corrompen los vínculos sociales y la moral que ha dejado el catecismo.

Helena Restrepo baja hasta Medellín arrastrada por las urgencias económicas. Los silleteros todavía no son una estampa regional y el cultivo de las flores en su vereda es un oficio de hambre. Como sirvienta tiene problemas por sus fantasías con el hijo de sus patrones. En la fábrica de tejidos recibe sus 50 centavos diarios y se entera de que las exigencias de su jefe van un poco más allá del manejo del telar. El embarazo, el acoso permanente y el fastidio que le provocan las manos de los supervisores la llevan de nuevo a la calle. Era justo que la fábula de una ciudad que muestra sus dientes frente a una campesina cándida, terminara en la mendicidad y la prostitución. Medellín ha convertido a Helena Restrepo en Doris de la Fontaine. Unos alardean con sus casas y otras con sus nombres.

Han pasado ocho décadas desde que Helena cambió la miseria de las montañas por la desgracia del valle. Ahora el 75% de los colombianos vive en las ciudades. El campo sigue entregando salarios que invitan a tomar el riesgo de coger la flota. Un reciente estudio dice que 9 de cada 10 trabajadores rurales ganan menos de un salario mínimo. De otro lado, la ciudad se ha hecho menos misteriosa, ha perdido algo de sus aires siniestros y ofrece a gritos la opción de los sanandresitos y otros huecos. Rebuscar es un verbo que se conjuga con facilidad en las capitales. No es raro que el remolino de la informalidad en Bogotá absorba cada vez con más fuerza a los varados de las ciudades intermedias y los pueblos vecinos.

Hace poco me enteré de la historia de tres jóvenes recién llegadas desde Urrao a vivir a Medellín. Su caso no es el de los 30.000 desplazados que aterrizan cada año en la ciudad. Para ellas Medellín es un sitio para encontrar oportunidades de trabajo y estudio, y para ampliar la oferta de posibles partidos. En el pueblo no había mucho de donde escoger. Por supuesto que ya no son las campesinas inocentes que dejan sus flores para encontrar las espinas en la ciudad. Bailan reguetón como las citadinas, hablan su misma jerga e, incluso, se visten muy parecido. Saben lo que se pueden encontrar, no están forzadas, añoran la ciudad.

Sin embargo, lo normal es que reciban tratos similares a los que sufrió Helena Restrepo en sus años de obrera en Coltejer. Dos de estas jóvenes llegadas desde el occidente de Antioquia consiguieron trabajo como vendedoras y muy pronto fueron contempladas por sus jefes con regalos y promesas. Unos días después, cuando se negaron a entregar su promesa, fueron despedidas. Han cambiado las maneras de los jefes, han cambiado las mujeres que llegan del campo, han cambiado las ciudades antes misteriosas. Pero en las oficinas y las fábricas, de puertas para adentro, todavía se conservan terribles obligaciones para los recién llegados.

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