Por: Carolina Sanín

El más allá (II)

HACE DOS SEMANAS TRATÉ AQUÍ DEL encanto que ejercen sobre mí las revistas de celebridades.

Hablaba de las fotos de esas revistas como indicios de lo numinoso, y decía que al ver a las estrellas me figuro como espectadora de un lugar en el que no existo. Esta semana pienso que el interés por las imágenes de los famosos puede estar relacionado también con la presencia; que, a través de la contemplación de imágenes de rostros reconocidos por todos, efectivamente participo de una celebración celestial. Si los retratos de esas personas, que son más que personas, representan a todos los que somos sólo personas, entonces, a través de la mirada que pongo sobre ellos, yo puedo ubicarme donde ellos se encuentran; eso es, no en Hollywood ni en otro lugar geográfico, sino en una utopía.

Las celebridades, que están en mi lugar en el territorio de la imagen, donde no tengo ni cuerpo ni voluntad, me representan poéticamente y no políticamente. Mientras que en el teatro político se representan necesidades, en el teatro de las celebridades los personajes son sueños que no sufren de necesidad alguna. La ilusión de ese teatro de la plenitud, que puede incluirme aunque yo esté aquí y esté despierta mientras lo miro, es claramente irresistible.

Esta configuración de espacios reversibles (en un espacio está la imagen del célebre y en otro su espectador convertido también en imagen por gracia de aquello que contempla) está en la antípoda de la territorialidad de las nacionalidades. Hace dos semanas decía que deploraba la inadecuación de los medios de comunicación nacionales que apelan a un orgullo patriótico cuando hablan de celebridades porque, al querer suscitar el deseo de existencia de los colombianos en “el mundo”, arruinan la ilusión de inexistencia de quien contempla a las celebridades. Esta semana lo deploro porque arruina la ilusión de una existencia no política y trueca la fantasía del “más allá” por una arribista fantasía del “más” o una inconforme fantasía del “allá”.

Pero, si estos argumentos le parecen demasiado abstractos al lector, puedo lamentarme en otros términos de la costumbre de reseñar a cualquier colombiano que haga cualquier cosa en el exterior. En busca de un consuelo al complejo de inferioridad y exclusión, los medios no sólo desenfocan la información (es el caso de la reciente noticia de El Tiempo titulada “Juan Camilo, colombiano que hizo parte de la persecución a Osama”, en la que se cita al soldado colombiano profiriendo la maravillosa novedad de: “La misión era altamente sensible”), sino que también, al sugerir que tenemos embajadores en el mundo, nos hace olvidar que, aunque sea un charco infecto, el nuestro es un país más y conforma, junto con los otros, el mundo.

La prensa colombiana asume que la palabra “colombiano” es, en sí misma, interesante. De mi niñez recuerdo el orgullo con que los medios anunciaban que el manager de Julio Iglesias era colombiano. Todos los periódicos reprodujeron hace unos meses la huera noticia de que el diseñador Haider Ackermann nació en Colombia y fue adoptado por franceses. Hace un mes, El Tiempo traía en primera plana la noticia de que Barack Obama tiene en su ipod música de Juanes. Pero mi favorito es un artículo titulado “Soles colombianos que brillan en cielos ajenos”, que incluye el perfil de una obstetra caleña que trabaja en EE.UU. y el del astronauta George Zamka, que, aunque nació en New Jersey, por ser hijo de una compatriota lleva en su sangre al espacio exterior “una significativa huella colombiana”. Día a día, la prensa se sorprende de que los colombianos hagan cosas —y entretanto redescubre asombrada la inmigración, la adopción y, en fin, la internacionalidad del ser humano y sus artes—.

En la próxima entrega de esta inspiradora saga de 123 partes, cumpliré mi promesa postergada de escribir sobre la relación de estos afanes provincianos con la ley Lleras. Entretanto, le pido al lector que me crea que la relación existe.

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