Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Un ciudadano por encima de toda sospecha

POR NO ESTAR EN EL PAÍS, NO COMENtaré la Ley de Víctimas, cuyo potencial transformador es muy grande, pese a sus limitaciones. Pero para que dicho potencial se haga realidad, sus apoyos y promotores tienen que ser conscientes de que la verdadera carrera de obstáculos comienza, no termina, con la aprobación de la ley. Espero volver al tema la próxima semana.

Por el momento, un poco de vaudeville, pero también un poco de tragedia: la detención de Dominique Strauss Kahn (DSK), el expresidente del Fondo Monetario Internacional, bajo el cargo de agredir sexualmente a una camarera del hotel donde se hospedaba en Nueva York. No se habla apenas de otra cosa en la primera plana de los periódicos europeos: un espectáculo con connotaciones pedagógicas para aquellos que, con desgarrado gesto de gran señor, se hacen cruces sobre nuestras pequeñas peleas provinciales. Porque en el novelón DSK ha habido de todo menos lo que podría llamarse estética de lo público. Sobre todo en Francia, políticos, intelectuales, periodistas y militantes de una u otra causa se han lanzado unos sobre otros, yendo directo a la yugular apenas las condiciones lo permiten.

Es que, cuando las apuestas son tan grandes, es fácil empezar a olvidar las formas. DSK no era un personaje cualquiera. Presidente de una agencia multilateral enormemente poderosa, tenía en sus manos delicadas negociaciones de alcance global, pero era a la vez el candidato presidencial más prometedor del socialismo francés. Sus partidarios consideraban que su papel iba mucho más allá: alrededor de él se reconstituiría una izquierda moderna en Francia, quizás en Europa, capaz de olvidar las nostalgias del viejo estatismo, pero a la vez consciente de la necesidad de poner al día las nociones de regulación y de justicia. Nada de esto sonaba grandielocuente. DSK era perseguido por los (otros) poderosos de Europa para que les explicara cómo se iba a llevar a cabo la cuadratura del círculo en Grecia. También era una estrella para una parte significativa de la intelectualidad gala, que a raíz del episodio ha emitido un alarido de dolor (la mayoría; la minoría, uno de dicha). Y subía mientras tanto constantemente en las encuestas. Quería no sólo ganar, sino encantar. Por el momento, estaba empeñado en una labor de seducción, no de violación.

El hecho de que DSK fuera exhibido como una fiera en cautiverio en los Estados Unidos desató tres oleadas de amargas reflexiones en Francia. En la primera, predominaron abundantemente las declaraciones enojadas sobre el anómalo comportamiento de la justicia gringa, la rabia nacionalista y la sugerencia de que todo era un complot. Varios sondeos confirmaron la impresión: la mayoría de los franceses creían que estaba en presencia de una gran conspiración para hundir a DSK (todavía hay quien lo diga). En la segunda oleada las voces alternas se hicieron sentir. ¿No había de por medio una víctima? ¿No era la reacción de los franceses la expresión de una cultura que banalizaba la violación, o al menos brutalmente machista, o que, alternativamente, aprobaba los entronques entre políticos, jueces y periodistas, y se escandalizaba cuando alguno de éstos era juzgado como cualquier otro mortal? En la tercera oleada, todos empezaron a pelear con todos, y a matizar, sub-matizar, sobre-matizar, ultra-matizar...

Mientras el affaire DSK se disuelve en la cacofonía, han aparecido más evidencias contra él. Pero en el ínterin DSK se ha conseguido a un famoso abogado, el mismo que defendió exitosamente a varios mafiosos de la familia Gambino, y a cantantes como Puff Daddy. Adiós, pues, también al mito de la discreción de los banqueros. Para aquellos afortunados que hayan visto la vieja y fabulosa película italiana Un ciudadano por encima de toda sospecha, una sensación de déja vu ante esa rara amalgama de indignación genuina, comedia y desconcierto.

 

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