Por: Juan Gabriel Vásquez

Lecciones del fútbol

LLEVO YA CUATRO AÑOS ESCRIBI-endo semanalmente esta columna, y sólo hace unos días me di cuenta, o se dio cuenta un lector y me lo dijo, de que nunca he escrito sobre fútbol, a pesar de que el fútbol ocupa una parte nada despreciable de mis preocupaciones semanales.

Durante el Mundial pasado escribí un artículo extenso para este periódico y tres cosas más breves para una revista norteamericana, pero mi columna nunca se ha metido con el tema. Incluso el narrador de una de mis novelas evoca el asesinato de Andrés Escobar, uno de los momentos que más me han entristecido o enfurecido sin tocarme de manera directa (y cualquiera apreciará que Colombia no es un país donde falten esos momentos). Pero en las columnas, el espacio quizá más personal, donde uno no se esconde detrás de narradores ni otras máscaras, no he escrito nada. Al mencionado lector le pareció curioso, y ha logrado que también a mí me lo parezca.

Pues soy de los que sostienen, sin ninguna intención poética ni búsqueda de legitimación intelectual, que el fútbol dice mucho acerca de la vida, y no nos vendría nada mal escuchar algunas de sus sentencias. Siempre he tenido por cierta la mil veces repetida frase de Camus, y estoy convencido de que el gran hombre no estaba posando ni haciendo demagogia al decirla: “Cuanto sé de importancia acerca de la moral humana lo aprendí en el fútbol”. Todos los días el mundo del fútbol nos lanza oblicuas lecciones de vida. Hace poco, mientras el patán de José Mourinho achacaba las victorias del Barcelona a una confabulación de los árbitros, la UEFA y Unicef, se me vinieron a la cabeza incontables situaciones de la vida extrafutbolística en que los hombres preferimos la Teoría de la Conspiración a la aceptación resignada de que otros tienen más talento, o más suerte, o trabajan más duro. Y en estos días, leyendo una columna vieja de Javier Marías sobre los hinchas en los estadios, algo parecido me sucedió. “Se atreven a insultar y humillar en tanto que masa, confundidos con otros de su misma especie, jaleándose y envalentonándose mutuamente”, escribe Marías. “Se sienten impunes porque en esos lugares es casi imposible que sean individualizados”. Con el perdón de los foristas más decentes (pero no sé por qué me disculpo, si seguramente compartirán mi opinión), la descripción de Marías se acerca preocupantemente a lo que yo veía en los foros de los medios colombianos. Lo que yo veía, digo, porque hace meses dejé de leerlos.

El otro día le dije a un periodista que entre mis modelos literarios estaba Pep Guardiola, y el periodista soltó una risotada y tardó un momento en entender que le hablaba perfectamente en serio. Lo sigo pensando: en un mundo donde la maledicencia y el resentimiento son pan de todos los días, y donde la calumnia y la mentira barata van impunes, y donde hay periodistas que mienten y calumnian en Facebook, por decir algo, pero no se atreven a repetir sus calumnias ni sus mentiras en los medios convencionales, a mí me ha fascinado ver a Guardiola, la serenidad zen con que sigue haciendo su trabajo, la solidez mental con que se desentiende de las sucias estrategias de sus enemigos. Y claro, eso los irrita más: nada irrita tanto a un camorrero como el silencio desdeñoso de su supuesta víctima. Esto también se aprende en el fútbol.

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