Por: William Ospina

Borges: el universo paralelo

EN UNO DE SUS RELATOS, JORGE LUIS Borges nos habla de un mundo exterior que se está interpolando en el nuestro y empieza a introducir aquí sus mapas, sus religiones, sus lenguas y sus cosmogonías.

Aparece entre nosotros la enciclopedia de Tlön, que termina siendo el artificio de una cofradía de sabios terrestres, pero después de que la mente humana ha diseñado ese mundo fantástico, objetos inconcebibles surgen de improviso en la realidad, metales más pesados de los que conocemos, nuevos recursos del lenguaje.

Borges dijo que el arte no debe estar hecho de prodigios sino de verde eternidad; pero sabía que la mente humana está ávida de prodigios. Los pueblos creen más en los milagros que en la ley de la causalidad, admiten con mayor facilidad las fantasías de la religión que las verdades demostrables de la ciencia, y un escritor debe tejer la trama de sus prodigios de tal manera que no repugnen a la inteligencia.

 El instrumento que utilizó Borges para escribir sus obras fue sobre todo la perplejidad: desde niño lo asombraban las cosas elementales, que a los demás parecen obvias y carentes de misterio: las rayas del tigre, la belleza de las espadas, el silencio de las arenas en el reloj, la manera siniestra como están los espejos atentos al primer movimiento. Sentía el horror de los espejos, el pavor de la belleza, espiaba el rumor del tiempo en la quietud de las cosas, no podía entender por qué, cuando el cuerpo descansa, el alma recorre regiones resplandecientes y ve las maravillas y los muertos. Borges contagió de ese asombro las historias que se le iban ocurriendo. Construyó un orbe tan fabuloso y tan nítido que bien podemos decir que inventó un universo paralelo y lo ha ido interpolando en el nuestro: ahora vivimos en su biblioteca de Babel, nos comunicamos a través de su Aleph, y estamos cerca de adentrarnos en la cascada de temporalidades paralelas que sugiere su relato El Jardín de senderos que se bifurcan.

El suyo es un Atlas de países mágicos. En la India de El acercamiento a Almotásim, un hombre sencillo va acercándose a otro de gran perfección a través de los reflejos que éste ha ido dejando en los otros. Se entiende que Borges no situó por capricho en la India esa metáfora de la búsqueda espiritual y de la influencia de unas almas sobre otras. En el mundo maya de La escritura del Dios, un sacerdote cautivo descubre que las manchas del jaguar son un mensaje secreto de la divinidad. En un lugar cerca de Praga, el universo físico se detiene para que un poeta pueda terminar su poema antes de morir. En la Andalucía de La búsqueda de Averroes, un filósofo descubre que está hecho sólo de lenguaje, y desaparece. Borges muchas veces nos recordó que algunos de los seres más presentes en la historia, como Hamlet o Don Quijote, nunca fueron otra cosa que palabras en un libro, pero existen más para el mundo que los hombres de carne y hueso que los crearon. En la Holanda del soneto a Spinoza, un artesano laborioso inventa paso a paso a Dios a través de argumentos geométricos; ese dios exquisito renuncia a los atributos de la Ira y de la Justicia, y tiene la transparencia de los cristales.

En Manhattan, un periodista cordial es en realidad un demiurgo que vuelve a bautizar todas las cosas del mundo; en Boston, un hombre neurasténico que teme al amor se convierte en un inolvidable inventor de pesadillas; en el mar Amarillo las más temibles escuadras de piratas están gobernadas por una mujer rencorosa; en Buenos Aires, un hombre tiende una trampa mortal aprovechando la inteligencia de su víctima: sólo un hombre muy inteligente puede ser atrapado en esa red; en algún lugar de la Edad Media y del cielo, dos teólogos que se odiaban descubren que para Dios son la misma persona.

Hay un hombre que es todos los hombres, hay una biblioteca que contiene todos los libros, hay un libro que contiene todas las páginas, y si la mayor parte de los libros están llenos de “leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias”, ello sólo hace más valiosos los escasísimos libros que ofrecen la eufonía, la levedad y la coherencia.

Un delicado asombro, una incansable lucidez, una gracia incesante caracterizan el estilo de este hombre argentino por su nacimiento, inglés por su formación, judío portugués por su linaje, ginebrino por su educación, alemán por su pasión filosófica, japonés por su búsqueda espiritual, que quiso ser como su maestro Alfonso Reyes: “pasar de un país a otros países y estar íntegramente en cada uno”.

Nos ha dejado la imagen del poeta ciego que intenta en vano ver el color de una rosa; del traidor que acepta ser ejecutado mediante una vasta representación teatral que, al cabo, logra la libertad de su pueblo y lo convierte en héroe; del hombre que descubre un objeto que una vez visto no puede ser olvidado y se va apoderando de la mente: una moneda que produce la fiebre y la locura; de un legionario que ha bebido las aguas que dan la inmortalidad y dedica el resto de su vida a buscar unas aguas equivalentes que le ayuden a morir por fin.

Como éste, el universo de Borges es infinito. Nos cuenta que hay un palacio que lleva siglos intentando ingresar en el mundo: primero a través del sueño de un emperador chino, después a través de la pintura de un artista, después a través de los versos de un poeta inglés: quizás un día lo haga a través de la música de un compositor de Birmania o de Chile. Esa es otra metáfora de lo que hacemos los humanos. Hemos incorporado al universo dioses, ciencias, disciplinas, supersticiones y músicas.

 Cada siglo deja al mundo convertido en otra cosa. En el caso de Borges, un individuo se ha bastado para hacerlo.

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