Opinión |12 Ago 2011 - 11:00 pm
Fútbol y corrupción
Por: Elisabeth Ungar Bleier
El lamentable hecho de vio-lencia protagonizado por el Bolillo Gómez, director técnico de la selección Colombia de Mayores, en buena hora generó el rechazo de amplios sectores sociales, deportivos, ciudadanos y políticos, incluyendo el de la empresa patrocinadora del equipo.
Lo sucedido deja varias enseñanzas que trascienden el campo deportivo, y sin duda pueden servir de ejemplo para entender y hacerles frente a otros fenómenos, como por ejemplo los hechos de corrupción que se han destapado en los últimos meses.
Lo primero que vale la pena destacar es cómo la presión social frente a situaciones a todas luces repudiables, como por ejemplo las agresiones físicas, puede surtir efectos favorables. Sin duda esto no está exento de riesgos, y puede dar lugar a injusticias, pero si está bien encaminada, es una forma legítima y eficaz de ejercer control social. Seguramente un factor que contribuyó a que esto sucediera es que en el caso que nos ocupa, tanto el agresor como la víctima tienen rostro, son visibles, lo cual no siempre sucede con los hechos de corrupción. Esto hace más difícil combatirla y, sobre todo, generar rechazo social. Por eso, es importante ponerle rostro a los corruptos.
De otra parte, el protagonista de esta historia es un hombre con altos niveles de reconocimiento público, no sólo por ser el director de la selección nacional de fútbol, sino por estar inmerso en un campeonato mundial de este deporte. Además del rechazo ya mencionado, se tomaron medidas sancionatorias drásticas. Es decir, no obstante la popularidad del personaje, se actuó con celeridad. Y esto contribuye a generar en los ciudadanos confianza en los dirigentes, en este caso deportivos, lo que desafortunadamente no siempre sucede con los funcionarios públicos. La enseñanza, en este caso, es que quizás está quedando atrás la idea de que hay intocables.
En el mismo sentido, muchas de las personas a quienes se les pidió la opinión sobre lo sucedido, coincidieron en señalar que la posición y el rango del agresor es un agravante de los hechos. Es decir, que por ser quien es, y por injusto que pueda parecer, debe dar ejemplo y comportarse según estándares más estrictos que los de los “ciudadanos del común”. Esto es particularmente cierto cuando se manejan recursos públicos y cuando se actúa en representación del país.
Finalmente, es escandaloso que una senadora de la República como Liliana Rendón, del Partido Conservador, diga públicamente que “¡si mi esposo me pegó es porque me lo gané!”. Esto equivale a minimizar las actuaciones de un servidor público cuando es acusado de corrupción, con el argumento de que no se ha robado un solo peso, haciéndole creer a la ciudadanía que ésta es la única forma de incurrir en actos corruptos. Ambos hechos deben ser objeto de un rotundo rechazo político y social. Por ejemplo castigando electoralmente a quienes así piensan.
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