Opinión |21 Ago 2011 - 1:00 am
Un editorial, un artículo, una caricatura
Por: Mauricio Botero Caicedo
En días pasados he tenido oportunidad de leer un excelente editorial, un magnífico artículo y una brillante caricatura, todos ellos publicados en El Espectador y que considero provechoso comentar en esta columna.
El editorial de este diario del miércoles pasado (Ag. 17/11) reza: “…el máximo comandante de las Farc quiere una solución negociada y pacífica al conflicto. Pero, puestas sus declaraciones dentro del contexto político actual, más parecen cantos de sirena que el reflejo de su verdadera intención”. Puede ser oportuno repasar qué se pretende decir con la expresión ‘cantos de sirena’. Cuenta Homero que una misteriosa isla estaba habitada por mujeres que de la cintura para abajo tenían las escamas de un pez y de la cintura para arriba el aspecto de una mujer (de turbantes, Homero no dice nada). Las sirenas estaban dotadas de una labia extraordinaria y, a pesar de tener un aspecto inofensivo, eran crueles en extremo: su voz melodiosa y cautivante era una trampa mortal para los hombres que la escuchaban, ya que no podían resistir la tentación de acercarse a ellas. Una vez en tierra, las sirenas mataban a los hombres y los descuartizaban, amontonando las calaveras como si fueran trofeos. “Ulises”, siguiendo el consejo de Circe, “taponó con cera los oídos de sus hombres y pidió que lo ataran del mástil de la nave, frustrando con este hábil ardid los objetivos de las sirenas”.
Las sirenas de hoy son una serie de mujeres, capitaneadas por la del turbante, que incluyen a Rigoberta Menchú y Danielle Miterrand. (A este columnista no le consta que estas mujeres tengan escamas de la cintura para abajo, pero le recomienda —a todo aquel que prefiera vivir— abstenerse de averiguar). Estas mujeres, izquierdistas hasta la médula de sus huesos, lo que buscan es atraer incautos haciéndoles eco a las engañosas celadas de Cano buscando una salida negociada al conflicto armado.
Por otro lado, Pascual Gaviria en su soberbia columna del pasado miércoles afirma: “Así que podemos estar a unas cuantas liberaciones y varios comunicados con compromisos y membretes de las Farc-Ep, del inicio de un nuevo proceso de paz y su consiguiente avalancha política. Desconcentrar al país entero para entregarnos de nuevo a una supuesta voluntad de paz de las Farc sería el peor de los errores. Volveríamos a girar en torno a los dogmas guerrilleros y su fárrago de sociedad civil y poderes populares. La guerrilla no tiene ni seguidores ni discurso aplicable, sería un premio muy grande por su resistencia en los cambuches del sur y en los páramos andinos. El ejemplo de la farsa del Caguán es elocuente. Pero tal vez sea mejor apelar a las lecciones de Ralito. En el mejor de los casos se les encontraría un papel político a Cano y sus compañeros de mesa. De maestros de guerra a gestores de paz, por ejemplo. El grueso de los guerrilleros se filaría en el momento de la firma del tratado con Ban Ki-moon a bordo. En seis meses estaríamos hablando de las Facrim (amancebamiento de las Farc y las Bacrim) y su poder en algunas regiones del país. Y Santos pasaría a la historia… de las Farc”.
Por último, en una brillante caricatura le pregunta Lilín al maestro Osuna: “¿Por qué la izquierda se tomó el caso Garzón, si él nos hacía reír a los unos y a otros?”. El maestro responde “…y curioso: yo nunca he visto reír a un izquierdista”. Y es probable que ni Lilín ni Osuna jamás vean reír a un izquierdista, ya que la primera característica del humor es poder reírse de sí mismo. Para los izquierdistas, ingenieros sociales frustrados que se sienten depositarios de la verdad revelada, reírse de sí mismos es casi una imposibilidad metafísica. Quizá fue Winston Churchill quien mejor los definió: “El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y la prédica de la envidia”. Los fracasados, ignorantes y envidiosos tienen poco de qué reír.
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