Opinión |29 Ago 2011 - 9:54 pm

Eduardo Barajas Sandoval

Las batallas del buen gobierno

Por: Eduardo Barajas Sandoval

La tarea de gobernar es tan compleja y exigente que requiere tanta acción como reflexión. El enorme equipo de los administradores de lo público anda aveces tan disperso y ejecuta sus tareas de manera tan desordenada, aunque entusiasta, que el resultado es desastroso.

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Reunir su liderazgo no para discutir problemas pendientes sino para reflexionar sobre la forma en que se puede trabajar, en ánimo permanente de innovación, puede ser una costumbre más benéfica para cada país que la convención de cualquier otro gremio.

La identificación del gobierno con la figura del primer ministro, o del presidente, puede ser una de las más graves equivocaciones ciudadanas. Hace muchos siglos que el ejercicio de las tareas de gobierno no se ejercen por na sola persona, aún en los regímenes más autoritarios y personalistas. Siempre hay allí, para moderar los excesos y mejorar o empeorar las cosas, una red de personajes que ayudan a pensar las decisiones y que, en todos los casos, son los encargados de llevarlas a la práctica, o al menos de intentarlo. Sus aciertos, sus desatinos y sus abusos, tienen consecuencias para todos. Y por lo general son obra de personajes que pasan desapercibidos, al menos para quienes jamás tienen que ver directamente con su ejercicio.

Cada país, como parte de su cultura nacional, desarrolla uno u otro tipo de burocracia, es decir de  ejercicio de gobierno desde los escritorios, con todo lo que ello implica: escenarios de compromiso y de servicio, o campo abonado para la corrupción; actitudes de la más variada índole hacia los ciudadanos; un cierto ritmo de trabajo, aveces marcado por la procastinación; miles de opiniones distintas con pretensiones de autoridad en la interpretación de los problemas de interés público y la manera de resolverlos; plena conciencia sobre apenas fracciones de los grandes problemas, y frecuente frustración por el desconocimiento de los ciudadanos, que usan a los funcionarios cuando les conviene pero, por lo demás, les confunden en una masa informe de personas a las que fácilmente se puede culpar de todo.

Los canadienses tienen la buena costumbre de reunirse cada año a reflexionar sobre los retos y los avances de la administración pública. Académicos, funcionarios de todo nivel, expertos retirados de las lides del oficio, universitarios y líderes del sector privado, se dan cita en algún lugar para hacer las cuentas de la manera como se comporta al aparato administrativo del estado, y descubrir nuevos horizontes. El denominador común de las deliberaciones es el deseo de mejorar el servicio, mediante la mejor interpretación de la realidad nacional y con el ánimo de innovar tanto en la forma de pensar el servicio público como de servirse de los mejores méotodos para llevar a cabo las funciones más variadas.

A diferencia de tantos otros lugares, no les une ninguna tragedia, de esas que en otra partes es el factor más eficiente para poner juntos empleados locales, regionales y nacionales, todos con sus jefes, en esas explosiones de angustia y desencuentro que terminan en decisiones de corto plazo, para devolverse luego cada uno a su sitio como si las cosas hubieran tomado de verdad un nuevo rumbo. Sin que nadie les esté apremiando, deliberan sobre la mejor forma de merecer la confianza pública, de fortalecer la capacidad de análisis de todos los miembros de todo ese ejército civil que deba ganar las batallas del buen gobierno, de mejorar la capacidad de previsión, es decir de adelantarse al futuro para que no vengan sorpresas desagradables, de fortalecer el sentido del liderazgo que los ciudadanos esperan como cosa natural de los gobiernos, de superar las situaciones de riesgo que por todos lados amenazan en funcionamiento del aparato del estado, de enmendar los errores de los poíticos o sacar el mejor provecho de sus buenas propuestas, de hallar los aliados necesarios para que los anhelos ciudadanos se interpreten de la mejor manera posible, y de mantener las cosas andando sin perjuicio de los cambios de gobierno, con plena conciencia de ser el elemento más estable y continuo de la vida misma de los estados.

Bien valdría la pena hacer ejercicios parecidos en otras partes, donde se ignoran las potencialidades del sector público, visitado de vez en cuando por oportunistas que sacan el mejor provecho del conocimiento privilegiado de asuntos que luego salen a aprovechar desde el sector privado. Y donde seguimos eligiendo alcaldes, por decir lo menos, que jamás han tenido experiencia en la administración de los asuntos públicos, o que no tienen ni idea de con quiénes van a gobernar. Como si estuviéramos muchos siglos atrás, cuando todo dependía inevitablemente de un solo personaje.

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paisacoraje

Mar, 08/30/2011 - 12:57
Una columna bien interesante. Toca dos temas trascendentales dentro de la gestión pública, a saber: 1. Lo complejo que es administrar la cosa pública por vasta y difusa y el error en que se suele incurrir por identificar al gobierno con el jefe. 2. La necesidad de retroalimentar los procesos en aras a que todas las entidades tiren para el mismo lado, En lo referente al primer punto, gobernar implica también responder por las actuaciones de sus subalternos. ¿Acaso no es el gobernante quien libremente los escoge y tiene la potestad también para prescindir de ellos en cualquier momento? Es deplorable que en Colombia cada día haga más carrera la actitud desvergonzada de alcaldes, gobernadores y presidentes, bien enteflonados, haciéndose los locos cuando sus funcionarios delinquen, enviando mensajes de que todo fue a sus espaldas o, mas aún, en patéticas posiciones de respaldo o defensa de lo indefendible o azuzando exilios, conducta indigna desde todo punto de vista. 2. Qué bueno sería que le aprendiéramos a Canadá y que entidades locales, regionales y nacionales, a partir de procesos de integración en donde se compartan, se analicen y consensen y las políticas , dejaran de actuar como ruedas sueltas.
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suesse

Mar, 08/30/2011 - 11:56
Es usted muy, pero muy suave cuando habla que el sector público nuestro es "visitado de vez en cuando por oportunistas"...o que se elige a quien no es. Es que justamente muchos aun piensan que es cosa de "uno solo", de un "ungido", el gobernar....por eso, tantos extrañan y añoran al Gran Padre, bravucón, autoritario y obtuso....
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luispuyana

Mar, 08/30/2011 - 07:21
PERO LOS HECHOS GRITAN MUY ALTO, ES EL PROGRAMA DEL PRECANDIDATO A LA PRESIDENCIA EL QUE MANDA EN EL GOBIERNO y sus ministros, por muy buenas personas que sean deben ajustarse a tal programa. Y santos no sólo fue el ministro de defensa sino uno que prometió y lo sigue haciendo que le cuida los tres huevos neoliberales del uribe. POR OTRA PARTE, NO INTERESA TANTO SI HA SIDO O NO ADMINISTRADOR DE BIENES PÚBLICOS, PUES SI SE AJUSTA A SU PROGRAMAGOBIERNO, ES LO QUE VALE. LO DEMÁS ES RETÓRICA. HOY POR HOY, TODOS LOS CANDIDATOS DE LA UNIDAD NACIONAL SON NEOLIBERALES, esto es, adoran a los banqueros del FMI, que reclaman dos cosas espantosas: ENVILECER SALARIOS Y SIN PENSIÓN Y DE AÑADIDURA QUE NO SE IMPONGAN IMPUESTOS A LAS CORPORACIONES FINANCIERA. Y eso es lo que está haciendosantos y ministros

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