Por: Esteban Carlos Mejía

Votar es jugar con plastilina

Mi amiga Isabel Barragán llega emparamada, provocativa y bonita como siempre.

“Se vinieron las elecciones”, dice, mientras se quita la chaqueta. “¿Por quién vas a votar?”. “Por la izquierda”, digo. Abre los ojos como si le fuera a echar gotas. “Que a Medellín se la lleve el diablo, pues. No jodás”. Alza un dedito y me da su opinión.

“Yo no sé si Luis Pérez sea bueno o malo, pero, no lo dudes, es un demagogo sin pudor. Busca el favor del pueblo con promesas fantasiosas. Una autopista de dos pisos sobre el río Medellín, o a los lados, desde Bello, al norte, hasta Sabaneta, al sur. Un centro de convenciones en la antigua Feria de Ganados, entre comuna y comuna. Cero fotomultas. Una granja para los que viven en la calle”. “El chamo de Caracas quiere ganar a toda costa”, digo. “¿Quién?”. “Jota Jota, el asesor”. “Mira, Estebitan, las elecciones las ganan o las pierden los candidatos, nunca sus asesores. Sólo los consejeros más ególatras o los más mañés creen en sus propias utopías”.

“¿Y Aníbal Gaviria?”, pregunto. “Todo un nerd”. “¿Hombre bueno tira a pendejo?”. “Tampoco. Es y parece honesto. No le fue mal como gobernador. Sacó puntajes sobresalientes”. “¿Tú crees en encuestas o qué?”. “En las de la Registraduría, sí”, dice con picardía. “Aníbal y Fajardo van juntos, uno por la Alcaldía de Medellín y el otro por la Gobernación de Antioquia”, digo. “Es una unión basada en los problemas de la región, no en sus posiciones políticas”, me replica. “O sea, la política es dinámica, como dicen por ahí”. “Babosadas. Es el arte de conciliar intereses. Ahora ellos dos coinciden. Mañana, ¿quién sabe?”. Indago por el candidato del Polo. “Muñoz, Luis Fernando”, dice. “Una santa paloma de la paz, un alma de Dios”. “Pues siquiera”.

Se pone a hablar de Antioquia: “Fajardo, como diría Norberto Bobbio, es ‘praxis sin doctrina’. Pretende estar más allá o por encima de las ideologías. ¿Te acordás cuando dijo ‘no soy uribista ni antiuribista’? Es un tecnoburócrata, caudillo sin partido. Promete que hará en Antioquia lo que ya hizo en Medellín”. “¿Será?”, me asombro. “¿Por qué no? Mejor malo conocido que pésimo por conocer”, dice, no sin marrulla. “¿Te refieres a Álvaro Vásquez?”. “Otro demagogo”, afirma. “Es el comodín de la anacrónica senadora Liliana Rendón, esa que dijo, palabra más, palabra menos, que a las mujeres las cascan por necias. Populachero. ‘Agua para todos. 250.000 empleos. Casas sin cuota inicial’. Godo regodo”. “¿Y el del Polo?”. “Rodrigo Saldarriaga, teatrero, controversial. Se declara ‘indignado’, como millones de personas en el mundo. Es marxista desde chiquito y, por tanto, ‘considera indigno ocultar sus ideas y propósitos’, según ordena el capítulo IV del Manifiesto comunista, de Marx & Engels. No gana pero hace oír su voz”. “¿Entonces quiénes van a ganar?”. “Ojalá fuera adivina”. Sonríe: “Te puedo decir, eso sí, quiénes se van a quemar... Los muchachitos del ubérrimo, Federico y Carlos Mario. ¡Qué achicharrada tan berraca!”. Me encojo de hombros: los votos son mera plastilina.

Rabito de paja: “La política conservadora de odios y de malos sentimientos busca seguir estratificando prejuicios que perdieron su base en la vida política del país”. Alfonso López Pumarejo, enero de 1941.

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