Por: William Ospina

La metamorfosis

Hace tres años era un monstruo. Un día Ronald Reagan bombardeó su palacio, y Gadafi cambió. Se convirtió en aliado de Occidente, factor de equilibrio frente a fuerzas más radicales del mundo árabe.

Proveía petróleo a los europeos, había amasado una fortuna, era más excéntrico y lujoso que el viejo shah de Irán, a quien tanto quisieron, aunque no tenía la elegancia ni la fidelidad de los príncipes saudíes. Era el amigo incómodo; su revolución y su larga permanencia en el poder no eran precisamente un modelo democrático. Los jefes de Estado que le permitían ostentar sus tiendas de campaña saharianas en el corazón de las ciudades, trataban de sacarle el máximo beneficio a su amistad, mientras durara. Sus inversiones en la banca y la industria europeas eran desmesuradas; el hombre creyó que la riqueza lo hacía respetable ante sus viejos enemigos, que su poder desanimaba cualquier tentación.

Al parecer los seis millones de libios no vivían mal, tenían buena infraestructura vial, provisión de bienes básicos, garantías sociales, educación. No era difícil: pocos países presentan tal contraste entre la riqueza de recursos y lo reducido de la población. El petróleo alcanzaba para ofrecer comodidad a los ciudadanos y desmesurada opulencia a la familia del dictador y sus aliados. Los medios de comunicación veían más a un personaje pintoresco que al peligro sulfúrico que antes fue. El dictador moderaba su ferocidad y aseguraba sus rendimientos. Pero sin duda hubo quien dijo: ¿Por qué esta enorme riqueza en manos de una familia, de un solo grupo? No era una preocupación por la vida del común de los ciudadanos, sino esa sensación tan frecuente de que la riqueza podría beneficiar a otros. Los grandes poderes de Occidente debieron decirse a media voz que habría aliados menos voraces, que concedieran a sus corporaciones y a sus gobiernos, tan necesitados de esos combustibles que yacen bajo las arenas, condiciones más ventajosas. Tenía que llegar la tentación de mejorar el negocio apartando al príncipe sombrío. Pero mientras tanto todos lo mimaban, presidentes, banqueros y medios de comunicación.

Y todo lo cambió la primavera. Esas manifestaciones pacíficas de Yemen y de Egipto fueron mostradas como el despertar ejemplar de procesos democráticos, su fuerza cívica fue respaldada por el mundo. Los regímenes caían. Mubarak abandonó el poder, y todos celebramos la transición, sin preguntarnos mucho cómo ni hacia dónde era el tránsito. El viento arreciaba, ya estaban llegando a Siria los soplos benéficos, y apareció la rebelión en Libia.

No fue una oleada de manifestaciones pacíficas, sino una insurrección armada; varios días los líderes del mundo callaron sobre lo que estaba ocurriendo. Imagino las reuniones secretas, los teléfonos, los enlaces de la red planetaria trabajando día y noche. Había llegado la hora de deshacerse del incómodo socio. Éste no esperaba el viraje: lo habían recibido tan bien hasta la víspera. Reaccionó con soberbia. Sus hijos, más feroces que el padre, desnudaron la esencia nepotista del régimen, desafiaron la insurrección, prometieron despiadado castigo. Y por primera vez en la primavera árabe los occidentales optaron por abandonar su prédica de manifestaciones pacíficas y embarcarse en la guerra. El momento era tenso: ni Rusia ni China ni Alemania apoyaron la intervención de la OTAN: prefirieron abstenerse. Nadie parecía dispuesto a incomodarse por el dictador.

El brusco cambio de opinión de los líderes de Occidente respecto a las virtudes de Gadafi nos arroja en la sospecha más fastidiosa de nuestra época. Pensamos que día y noche la televisión, la radio, los diarios, internet, las redes sociales, nos mantienen muy bien informados de lo que ocurre en el mundo. Pero a veces sentimos que nos manejan a su antojo. En pocos días la leyenda de Gadafi se oscureció otra vez al soplo de los disparos sobre Trípoli. El amigo pintoresco se fue tiñendo de malignidad y de brutalidad, aparecieron las fotografías convenientes, el esfuerzo de las potencias por salvar a un pobre pueblo tiranizado ocultó a los ojos del mundo que los occidentales, embarcados en una nueva guerra en tierras árabes, no estaban luchando tan claramente por la dignidad de un pueblo. No intervinieron en Siria, ni en los emiratos, no exigieron democracia a los monarcas saudíes: estaban saldando cuentas con un viejo rencor y arreglando confusos negocios. ¿Era la oportunidad de congelar las enormes inversiones de Gadafi en buena parte de la economía europea? Esas reservas cuantiosas condensadas en las cuentas de una familia no dejarían de brindar a los poderes políticos la ocasión de echar mano a recursos sin que ninguna instancia democrática respetable estuviera en condiciones de hacer reclamo alguno.

Sospecho que estamos ante una vieja historia: el sátrapa consentido por los imperios que saquea su país para que las potencias que apoyan su derrocamiento den el zarpazo final. Creo que todo estaba consumado cuando Sarkozy y Cameron, en nombre de los viejos saqueadores de África, desembarcaron en Libia y proclamaron el triunfo de la Libertad. Lo de esta semana ha sido sólo el epílogo, convenientemente salvaje y sangriento, y los medios lo han registrado con toda su furia escarlata. Para que caiga el telón, hay que mostrar al perro sanguinario, como diría algún personaje de Shakespeare.

Caerá el telón, y no veremos lo que ocurre allá, lejos de los reflectores. Por lo pronto, no creo que Libia haya ganado una batalla. Los caudillos de la rebelión no parecen portavoces de ningún proceso democrático. Y la alegría está hoy en los rostros que ayer eran obsequiosos contertulios del monstruo.

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