Por: William Ospina

La fuerza contraria

Nada necesita tanto Colombia como una fuerza de oposición. Hasta al gobierno le conviene, porque todo unanimismo se convierte en inmovilismo.

En Colombia hay demasiadas cosas que cambiar, y hay cómo cambiarlas. Tenemos uno de los peores niveles de distribución del ingreso, los más deprimentes resultados en las pruebas evaluadoras de la educación, uno de los más altos índices de violencia de todo el planeta. Aquí la pobreza conmueve, la miseria estremece, la indigencia indigna. El que atraído por la publicidad oficial venga a ver el progreso de nuestras ciudades tal vez no lo logre por la cantidad de mendigos que le harán volver los ojos de los esplendores de la posmodernidad a las llagas de la Edad Media.

Todas esas cosas no se cambian por iluminación del poder. Al contrario: la costumbre del poder es enmascarar las fisuras, fingir para otros y para sí mismo que vivimos en el paraíso. Por eso la tendencia a reprimir a los descontentos, negar a los opositores y acallar a los críticos. Gastan neuronas y tecnología en triquiñuelas publicitarias como esa de reducir la pobreza no mejorando la situación de los pobres sino cambiando los parámetros de medición. Hace poco una excelente caricatura mostraba al presidente o a un ministro ante una pantalla explicando la estrategia: “Usted hace doble clic, y baja el índice de pobreza”.

Y por eso, porque los gobernantes (salvo si son estadistas a los que les duele su pueblo) prefieren tapar el sol con las manos y cantar victorias pírricas en cada alocución, es necesaria una oposición. Líderes, partidos, movimientos que no se dejen cerrar los ojos ni amordazar la conciencia, que nos recuerden a todos que el poder sólo entrega lo que el pueblo le exige; que incluso para que los líderes honestos puedan destrabar barreras burocráticas, sofismas del conformismo y trucos legales, se necesitan la elocuencia que argumenta, el criterio que no se deja confundir y la fiesta de la política callejera entusiasta y soberana.

Cuando el poder quiere mostrar su poder llama al pueblo a las calles, pero cuando el pueblo se vuelca a exigir cosas por fuera de la agenda oficial, salen a decirles a los ciudadanos, como el presidente Santos esta semana, que la política no es para las calles sino para los recintos parlamentarios.

Hay quien piensa que la economía colombiana podría despegar ahora, cuando las economías de Occidente sienten pasos de animal grande, con los Estados Unidos estancados en su prepotencia, con el poder de los republicanos poniendo palos en la rueda de Obama aunque hagan fracasar al país; con la Unión Europea viendo vacilar la moneda común y viendo su convivencia convertida en crisis por contagio; y con la China erigiéndose día a día en el polo magnético de la nueva geopolítica. Es posible incluso que la China nos necesite, como ya necesita a Brasil y a Argentina.

Y también es posible que esa prosperidad con que Santos nos tienta o nos amenaza sea liderada, como siempre, por el egoísmo suicida, e incremente en Colombia la desigualdad, la corrupción, la violencia y el caos. Sólo una oposición capaz de hacer contrapeso, de buscar un avance equilibrado, puede impedir que volvamos a vivir la cíclica maldición de la riqueza. Aquí cada bonanza, bendita o maldita: el oro y la plata de los siglos XVI y XVII, las esmeraldas, el caucho, el banano, el café, la marihuana, la cocaína, engendró una guerra, y siempre la riqueza de unos significó el sacrificio y la postración de millones.

El oro que se podía sacar artesanalmente ya nos cobró su cuota de sangre; ojalá no pase lo mismo con el que sigue escondido en la tierra y sólo puede ser extraído por la gran tecnología. Algo tiene que impedir que el oro y las riquezas mineras vuelen a los dedos oscuros del señor de los anillos y sólo nos quede el mercurio envenenando los ríos y amargando las últimas raíces.

Sólo una oposición y una política alternativa pueden impedirlo. Una fuerza generosa que no ande haciendo negocios sino defendiendo un tesoro que según la Constitución y la teoría democrática es de todos, aunque los poderes sonrían al escucharlo.

Desafortunadamente no somos una sociedad de ciudadanos sino una masa de individuos; todavía sólo creemos en lo individual o en lo familiar. Los partidos nunca se organizaron alrededor de ideas y programas, y sólo hemos logrado ser laureanistas, gaitanistas, lleristas, lopistas… peor aún, gaviristas, samperistas, uribistas. La izquierda no se salvó de esa desdicha, y al Polo Democrático lo deshizo la rivalidad entre sus líderes.

Existe un caso peor, el del Partido Verde, en el que tantos creímos cuando prometía ser el florecimiento de la iniciativa, de la creatividad colectiva, pero al que sus dirigentes no le dieron nunca un contenido real, de modo que de verde sólo le quedó el nombre. Quienes no se fueron a buscar otros aires, como Mockus, se lo obsequiaron en bandeja al poder. Hay que ver a Peñalosa y a Lucho Garzón haciendo campaña renovadora nada menos que con Álvaro Uribe, conocido enemigo de toda oposición, que ahora ha cambiado el poncho de los gamonales por el suéter morado de la clase media.

Necesitamos a alguien capaz de liderar un proyecto no en función de sus apetitos sino de las necesidades del país. Y cuando digo oposición no quiero decir solamente alguien que denuncie y condene, sino que proponga realidades nuevas, otros caminos para nuestra democracia. A lo mejor hoy domingo se aclara el horizonte para esa política alternativa que aquí todos necesitamos, hasta este gobierno que corre el riesgo de ser paralizado por el unanimismo.

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