Por: Julián López de Mesa Samudio

De caños a pasarelas: el ascenso del grafiti

Recuerdo que hace un cuarto de siglo Bogotá era diferente.

Sobre la Autopista Norte, por ejemplo, sólo existían tres puentes. Se conocían coloquialmente por sus números ascendentes hacia el norte, siendo el puente sobre la 100 el Primer Puente, el de la 134 el Segundo, y el de la 170 el Tercer Puente. No había más. Recuerdo que en aquel entonces existían, como hoy, los caños de la Calle 127 y de la Avenida 19 separando los carriles vehiculares que corren en sentidos inversos. Uno de mis recuerdos más preciados quizás porque —ahora que escribo estas líneas me percato— moldeó mis primeras impresiones estéticas y musicales, es el de ir mirando, por la ventanilla del auto, los grafitis que adornaban cada placa de cemento de las paredes de dichos caños y que coloreaban el lento recorrido por las otrora estrechas calles. Recuerdo dos que en su momento me inquietaron tanto, que fueron los culpables de las dos primeras compras musicales que hice: uno con la iconografía propia de Iron Maiden y otro con la de Metallica. Cada placa tenía un grafiti y cada grafiti era una obra de arte. Una obra de arte, pintada clandestinamente, que alimentaba mi imaginación infantil con héroes oscuros, rebeldes y peligrosos, que camuflados en las sombras nocturnas pintaban tan maravillosos e inquietantes dibujos; una obra de arte a la vez que gesto de rebeldía política; una transgresión cultural radical en un tiempo en el cual la globalización apenas si se vislumbraba en el horizonte.

Desde entonces, la ciudad se ha ido haciendo más abigarrada y, aunque no lo parezca, más ordenada; aunque, por lo mismo, la modernización la ha hecho menos vital que hace 25 años. Los muros de los caños fueron destiñéndose, tornándose grises y sin vida. El triste gris se convirtió en el color prevalente en Bogotá por más de 20 años.

Sin embargo, en los últimos años, una explosión de vitalidad y color se ha ido tomando las calles y muros de buena parte de la ciudad. Coincidiendo con movimientos urbanos paralelos en otras grandes metrópolis, nuevos grafitis surgen aquí y allá. Unos, simples, con frases violentas y poco imaginativas; otros magníficamente elaborados por artistas, igualmente clandestinos, cuyos nombres empiezan a ser reconocidos allende las fronteras naturales de la calle, como Toxicómano, Yurica, Ecks Uno, Gris One...

El grafiti hace que las paredes sucias y aburridas retornen a la vida. El grafiti devuelve la gracia a los edificios en ruinas, maquillándoles sus miserias y haciéndolos hermosos. Muchos son figurativos, otros son abstractos y otros muchos son minimalistas, con frases que invitan a reflexionar y que nada tienen que envidiarles a aquellas célebres que salpicaban París y otras capitales en el 68.

Hoy el rumbo de la ciudad es cuestionable o, cuando menos, incierto. Empero, el resurgimiento del grafiti es algo para celebrar, ya que implica también una ciudad cuya mentalidad se ha rejuvenecido.

Pero allí no para todo. El auge del grafiti ha hecho que en los últimos tiempos, colectivos como Vértigo Grafiti hayan llevado este modo de expresión hacia nuevos territorios sin quitarle nada de su originalidad y su esencia revolucionaria. A través de su marca Doce9 y de un inquebrantable compromiso creativo, Vértigo ha incursionado exitosamente en la publicidad, el diseño de interiores y hasta de modas, penetrando de esta forma otras esferas sociales y económicas, insuflándoles una forma novedosa de hacer política desde la cotidianidad. Mediante la acción directa, creativa y políticamente responsable de este y otros colectivos similares, los otrora deleznables grafitis perduran en el rostro y memoria de la ciudad, a pesar de que, como normalmente ocurre, nuestros representantes aún no comprendan la importancia histórica y artística de este movimiento y se empeñen en perseguirlo.

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