Por: Salomón Kalmanovitz

Una filosofía de la educación superior

¿Qué tipo de sistema educativo debemos construir hacia el futuro? ¿Cuáles deben ser sus metas de formación?

Haber tenido el privilegio de recibir una educación liberal me obliga a querer compartirla con todos los jóvenes que se preparan para la vida. La primera gran meta del sistema es precisamente la de preparar a los estudiantes para la buena vida sin que el mercado defina necesariamente el destino de cada cual.

Un conocimiento adecuado de la cultura y de las ciencias, un manejo solvente del idioma propio y otro extranjero, incluyendo la apreciación de sus literaturas, conducirían a que los jóvenes tomen las mejores decisiones en sus vidas, que pensaran rigurosamente y se expresaran claramente por escrito. El desarrollo de habilidades lógicas y matemáticas es fundamental para apropiar el conocimiento y para expresarse con rigor (la gramática es una lógica). Podrían así descubrir sus vocaciones y definirse por las profesiones de acuerdo con ellas. Apreciarían las artes y la cultura, y podrían asomarse a las fronteras del conocimiento. Tenderían a ser buenos ciudadanos.

En un país escasamente liberal como Colombia se desarrolló una educación profesionalizante en la que los jóvenes se especializan tempranamente, no aprenden a leer ni escribir, desprecian las humanidades que confunden con “costuras” y revelan fallas en matemáticas elementales. Que el 50% de los estudiantes universitarios deserten puede ser reflejo de malas decisiones en la escogencia de sus profesiones, por fuera de razones económicas. Se trata de un despilfarro enorme de recursos de las familias y del mismo Estado. La educación que imparten las universidades privadas de garaje, así como algunas universidades públicas de provincia clientelizadas, es de pésima calidad y deben ser disciplinadas o cerradas por el Consejo Nacional de Acreditación.

La educación superior pública debe contar con más recursos, pero también hacer el mejor uso de ellos. Hay universidades públicas que priorizan su crecimiento y nuevas sedes en vez de mejorar la calidad de la educación que imparten. Frecuentemente despilfarran recursos en verdad escasos. No cuentan con un sistema de selección profesoral blindado de la politiquería y ningún docente, por abusivo que sea, puede ser despedido.

Un segundo tema es el del modelo de desarrollo. El éxito económico de las naciones surgió de haber podido adaptar la ciencia y la tecnología a sus condiciones de dotación de factores y a su geografía, sin resignarse a sus ventajas comparativas; se trató más bien de buscar aquellas que las llevaran al pleno empleo y a maximizar su riqueza. Esa es otra meta extraviada en la visión mercantilista de la universidad. Debiéramos contar con buenos químicos que desarrollen la industrialización del carbón, el coltán y del níquel, científicos y genetistas que diseñaran plantas y ganados adaptados al trópico e ingenieros que inventaran máquinas y procesos intensivos en trabajo.

Hay que pensar duro en cómo mejorar la calidad de la educación superior para que logre despertar la curiosidad y la pasión de los estudiantes por el conocimiento; en algunos casos, se podría aplazar la profesionalización para los postgrados. Se debe diseñar un currículo a la vez exigente y dinámico, introducir el ensayo como método de evaluación frecuente, organizar grupos de discusión e investigación y exigir lecturas en idioma extranjero.

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