Por: Juan Gabriel Vásquez

Cómo leer novelas

A pesar de haberlo hecho sin parar durante treinta años, a pesar de vivir rodeado de gente que lo hace todo el tiempo, sigo pensando que hay pocas actividades tan intrigantes como la lectura de novelas.

Sigo preguntándome por qué lo hacemos: por qué una persona adulta puede dedicar su tiempo, sus energías mentales y su inteligencia moral a leer sobre cosas que nunca han sucedido a gente que nunca ha existido, y por qué esa actividad puede ser tan importante, o tan necesaria, que esta persona se retirará voluntariamente de la vida real para llevarla a cabo. Las respuestas las he encontrado con los años en conversaciones con otros lectores enviciados, pero sobre todo en libros desperdigados por ahí. Pues bien, el último de esos libros es una verdadera maravilla. El novelista ingenuo y el sentimental contiene seis ensayos en los que Orhan Pamuk intenta contestar a una pregunta cardinal: ¿qué nos ocurre cuando leemos (y escribimos) novelas? Es el libro más iluminador, estimulante y generoso que he leído en los últimos años sobre este asunto difícil, y no puedo menos que lanzar esta convocatoria de urgencia a los lectores.

“Mi propia experiencia me ha enseñado que hay muchas maneras de leer novelas”, dice Pamuk. “A veces leemos lógicamente, a veces con los ojos, a veces con la imaginación, a veces con una pequeña parte de la mente, a veces como queremos, a veces como quiere el libro y a veces con cada fibra de nuestro ser”. En otras palabras: no hay dos lectores iguales de la misma novela, pero ni siquiera dos lecturas. Esto, que parece tan evidente, es lo que explica los efectos, íntimos e impredecibles, que la novela tiene sobre nosotros. ¿Y en qué consisten esos efectos? Dice Pamuk que somos como alguien que maneja un carro y hunde pedales y mueve palancas mientras atiende a las señales, al tráfico y al paisaje que lo rodea: mil y un movimientos de nuestra inteligencia operan en todo momento. Con una parte de la mente hacemos lo más sencillo: seguir la historia. Pero los lectores de novelas “serias” hacen algo más: buscan constantemente el centro secreto de la novela, esa revelación que la novela trata de sacar a la luz y que no puede resumirse, sólo expresarse tal como lo hace la novela. Alguna vez le preguntaron a Sábato qué había querido decir con Sobre héroes y tumbas. Sábato respondió: “Si lo hubiera podido decir de otra manera, nunca habría escrito el libro”.

Leer una novela es salir de la comprensión cartesiana del mundo. Sabemos que esas cosas no ocurrieron, pero creemos en ellas como si hubieran ocurrido; sabemos que son producto de la imaginación ajena, pero las vivimos como si se tratara de la experiencia propia. “La habilidad de creer simultáneamente en ideas contradictorias”, dice Pamuk, es una característica esencial del lector de novelas; también lo es el afán de entender, no de juzgar, a los personajes. “En el corazón del oficio de novelista yace un optimismo”, dice Pamuk: “que el conocimiento que obtenemos de nuestra experiencia cotidiana puede, si se le da la forma correcta, convertirse en un valioso conocimiento sobre la realidad”. Como lectores, compartimos esa creencia: que una buena novela es una manera de dar un poco de orden al caos que reina allá fuera, y de lograr entender algo al respecto. Y eso no es poca cosa.

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