Por: Julio César Londoño

Carta a Camilo Jiménez

Camilo, he leído con atención la renuncia a su cátedra. Nos cuenta que tira la toalla porque sus estudiantes no fueron capaces de resumir en un párrafo cierta lectura propuesta. Se siente que le importa su trabajo y que le dolió renunciar. Se sienten su vergüenza y su honor.

Asegura que los estudiantes leen mal porque lo hacen en medio del ruido de la red; que les hace falta silencio y soledad, los ingredientes clásicos de la sopa del sabio, la atmósfera de las buenas preguntas y las buenas ideas. Tiene razón. El horror al vacío no nos suelta y el horror a la soledad nos arroja a la red, al matrimonio y a abismos peores. “No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”, como dijo el minotauro de Buenos Aires. Sin embargo, hay que reconocer que el ruido no es nuevo. Siempre hemos leído con “ventanas” abiertas, con café, música y conversaciones de fondo, licuadoras y secadores, y siguiendo “vínculos” a otras páginas. Atlas. Diccionarios. Periódicos.

No estoy muy seguro de que ahora los jóvenes lean menos; ni peor. Los intelectuales maduros dicen que antes se leía más, pero creo que toman la parte por el todo: se levantaron en círculos de jóvenes intelectuales y piensan que el mundo era como su círculo.

Decir que la mayoría de los estudiantes son estúpidos es tentador pero inexacto: la mayoría es normal, ni genio ni lerdo, como Gauss y su campana enseñan. Lo mismo vale para los profesores. La mayoría no son tan buenos como usted, pero tampoco son tontos.

La realidad es que hoy se sigue leyendo poco y mal, y escribiendo peor.

¿Como atacar este problema? Los expertos dicen que las campañas de lectura deben cubrir todos los escenarios: no sólo el colegio sino también la biblioteca, la casa y la calle (en las casas hay varios plasmas y ninguna biblioteca). Hay que resolver también, nadie sabe cómo, el problema del alto precio de los libros. ¿Será el iPad la solución? ¿Nuevas leyes? De las editoriales no hay que esperar mucho. Algunas instituciones, como la Universidad Autónoma de Bucaramanga, se han tomado en serio la capacitación de sus profesores con diplomados que incluyen la escritura creativa y la participación de escritores profesionales.

Yo creo que debemos quitar del pénsum del ciclo básico los clásicos de la antigüedad, lecturas difíciles que exigen del lector prerrequisitos mitológicos y sociopolíticos que los jóvenes no manejan, y reemplazarlos por textos contemporáneos: cuentos, novelas cortas, poemas, crónicas y ensayos de divulgación. Y rap. Y buenos audiovisuales.

Si es verdad que tenemos toneladas de información pero nos falta “gancho”, seducción, acudamos entonces a los expertos: los críticos, los autores de divulgación y los periodistas literarios. Quién mejor que un buen crítico para “venderles” una novela a los estudiantes. Quién mejor que un periodista literario para contar la historia del pasado y las crónicas del presente. Qué mejor que una buena colección de ensayos de divulgación para sensibilizar a los jóvenes (y a los viejos) en el estudio de las ciencias, las humanidades, las artes, la política, la sociología y las religiones.

Necesitamos también “críticos de red”. En la nube hay mil partes de basura por cada parte de información útil. Enseñarles a los estudiantes a filtrar la basura y buscar las pepitas de oro es una tarea clave.

Mil gracias por su carta, Camilo. Gracias por su estilo, por oxigenar con una mezcla exacta de ironía y dolor una vieja polémica. Derrotas como la suya le devuelven a uno la fe en el mundo, en el poder de la palabra y en las posibilidades de la educación. Leyéndolo recordé esta línea: “La derrota tiene una dignidad que no tiene la escandalosa victoria”: Chapeau.

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